10 Junio 2008 Seguir en 
Echarle la culpa al otro, deslindar responsabilidades, no hacerse cargo y lavarse las manos son características propias de nuestra idiosincrasia. Hay una expresión popular que grafica esta actitud: “¿yo?, argentino”. Esta posición descomprometida nos conduce con cierta frecuencia a no valorar ni conservar nuestros tesoros históricos. Ello sucede, por ejemplo, con templos como el de San Francisco.
Hace un año, dedicamos una página a presentar las crónicas vicisitudes de la Iglesia, que cumplió en papel relevante durante la lucha por la independencia nacional. El predio del convento funcionó en 1812 como cuartel general del Ejército del Norte comandando por el general Manuel Belgrano y en ese suelo recibieron sepultura los héroes caídos en la Batalla de Tucumán el 24 de setiembre de ese año. Durante el combate sirvió además como hospital de sangre para atención de los soldados heridos.
En esa oportunidad, el sacristán del templo contaba que hacía más de 30 años que la orden franciscana venía gestionando la restauración de la iglesia y que hasta ese momento no se había logrado una solución. Se hablaba también de conseguir un subsidio. En la década de 1990, durante la vigencia de la convertibilidad, se presupuestó la refacción entre 4 y 5 millones de pesos.
Ha transcurrido un año y todo sigue igual o peor. Algunas de las figuras que componen los frescos pintados por el artista italiano Aristene Pappi en 1925 están prácticamente borradas. El deterioro de los techos y el hundimiento de los cimientos se deben a que hay problemas de napas freáticas que humedecen las paredes. Hay grietas en la zona del altar mayor, en la cúpula y en la sacristía. La pintura en la nave central se está descascarando a raíz de las filtraciones que provocan las lluvias y la humedad. Si bien es cierto hace tres años se pintó y se iluminó la fachada, el resto de la iglesia quedó sin tocar. Muebles e imágenes han sido mudados y una tela de red en la bóveda sostiene desde hace 10 años los desprendimientos de revoque y protege a los fieles frente al altar mayor.
San Francisco, cuya construcción se inició en 1873, cuando se resolvió demoler el antiguo templo que daba preocupantes señales de deterioro, se inauguró el 26 de setiembre de 1891. Declarado monumento histórico nacional en 1963, el templo fue diseñado y construido por el arquitecto franciscano italiano, fray Luis Giorgi. Es uno de los más antiguos de la provincia y quizás único en el país por su valor histórico, cultural y artístico.
La Municipalidad de San Miguel de Tucumán le pidió a la Nación los fondos necesarios para llevar a cabo un proyecto de restauración. En nuestra edición del lunes, informamos que el 28 de marzo pasado la comunidad franciscana recibió una notificación de la Comisión Nacional de Monumentos en la que se informaba la aprobación de las obras y, se aclaraba que se había reiterado a la Dirección Nacional de Arquitectura el pedido de intervención.
Han pasado más de tres décadas desde que la comunidad franciscana solicitó la restauración del templo. Los argumentos provinciales y municipales para no intervenir en el salvataje fueron que la iglesia es un monumento nacional y, por lo tanto, la Nación es la que debe asumir la remodelación en su totalidad. De modo que a causa de este asunto jurisdiccional prevaleció la inacción y el templo se fue deteriorando cada vez más. Es de esperar que no haya más demora ni burocracia para emprender la anhelada restauración y que no ocurra lo mismo con la torre la Catedral, donde está instalado el reloj, cuyo piso corre riesgo de desplomarse.
Hace un año, dedicamos una página a presentar las crónicas vicisitudes de la Iglesia, que cumplió en papel relevante durante la lucha por la independencia nacional. El predio del convento funcionó en 1812 como cuartel general del Ejército del Norte comandando por el general Manuel Belgrano y en ese suelo recibieron sepultura los héroes caídos en la Batalla de Tucumán el 24 de setiembre de ese año. Durante el combate sirvió además como hospital de sangre para atención de los soldados heridos.
En esa oportunidad, el sacristán del templo contaba que hacía más de 30 años que la orden franciscana venía gestionando la restauración de la iglesia y que hasta ese momento no se había logrado una solución. Se hablaba también de conseguir un subsidio. En la década de 1990, durante la vigencia de la convertibilidad, se presupuestó la refacción entre 4 y 5 millones de pesos.
Ha transcurrido un año y todo sigue igual o peor. Algunas de las figuras que componen los frescos pintados por el artista italiano Aristene Pappi en 1925 están prácticamente borradas. El deterioro de los techos y el hundimiento de los cimientos se deben a que hay problemas de napas freáticas que humedecen las paredes. Hay grietas en la zona del altar mayor, en la cúpula y en la sacristía. La pintura en la nave central se está descascarando a raíz de las filtraciones que provocan las lluvias y la humedad. Si bien es cierto hace tres años se pintó y se iluminó la fachada, el resto de la iglesia quedó sin tocar. Muebles e imágenes han sido mudados y una tela de red en la bóveda sostiene desde hace 10 años los desprendimientos de revoque y protege a los fieles frente al altar mayor.
San Francisco, cuya construcción se inició en 1873, cuando se resolvió demoler el antiguo templo que daba preocupantes señales de deterioro, se inauguró el 26 de setiembre de 1891. Declarado monumento histórico nacional en 1963, el templo fue diseñado y construido por el arquitecto franciscano italiano, fray Luis Giorgi. Es uno de los más antiguos de la provincia y quizás único en el país por su valor histórico, cultural y artístico.
La Municipalidad de San Miguel de Tucumán le pidió a la Nación los fondos necesarios para llevar a cabo un proyecto de restauración. En nuestra edición del lunes, informamos que el 28 de marzo pasado la comunidad franciscana recibió una notificación de la Comisión Nacional de Monumentos en la que se informaba la aprobación de las obras y, se aclaraba que se había reiterado a la Dirección Nacional de Arquitectura el pedido de intervención.
Han pasado más de tres décadas desde que la comunidad franciscana solicitó la restauración del templo. Los argumentos provinciales y municipales para no intervenir en el salvataje fueron que la iglesia es un monumento nacional y, por lo tanto, la Nación es la que debe asumir la remodelación en su totalidad. De modo que a causa de este asunto jurisdiccional prevaleció la inacción y el templo se fue deteriorando cada vez más. Es de esperar que no haya más demora ni burocracia para emprender la anhelada restauración y que no ocurra lo mismo con la torre la Catedral, donde está instalado el reloj, cuyo piso corre riesgo de desplomarse.







