Apariencias e intolerancias

Todos somos discriminadores. Lo distinto suele juzgarse como peligroso por algunos sectores. ¿La única verdad es la realidad? Por Luis Mario Sueldo - Redacción LA GACETA.

08 Junio 2008
Una pintada en un barrio de clase media en la ciudad boliviana de Santa Cruz rezaba: "Autonomía sin collas, carajo". Hace algún tiempo le preguntaron a Henry Kissinger qué pasaría si América Latina desapareciera en el océano, y el ex secretario de Estado norteamericano respondió: "nada". Precisamente, América Latina está considerada en el mundo la región más injusta debido a la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza entre sus pobladores (Africa y su pobreza infinita no ingresa en esta estadística).
La discriminación, la indiferencia, la insensibilidad, el fanatismo y el racismo tuvieron siempre articulaciones intensas. Jesús fue señalado por el poder: "¿cómo puede caminar junto a personajes marginales el que se hace llamar hijo de Dios?". Tal vez la naturaleza humana discrimine por un asunto de supervivencia. Por eso, lo distinto suele resultar peligroso para ciertos sectores. Y, por eso, de alguna manera, todos somos discriminadores. Así como todos queremos ser inteligentes, influyentes, ricos... O, al menos, parecerlo.
En los terrenos llamados triviales es cuando, a veces, determinadas tendencias quedan marcadas con más fuerza. Tomemos, por caso, el programa "Patito Feo". ¿Cuál es la favorita?: la antagonista mala. Una revista analizó que por más que la corrección política indique que la admiración debe reservarse para la protagonista de anteojos telescópicos, las chicas opinan otra cosa. Y es ahí que en la novela más vista por teleespectadoras en plena edad de los granitos, de las pilosidades incómodas, de los pechos a medio leudar y de complejos por el estilo, la discriminación -por peso, por look, por fama- se vuelve más evidente. Una reflexión callejera asegura que los que no son agraciados en esta sociedad con tanta carga fashion no les queda otra opción que ser voluntariosos. Así debe ser, nomás. Otro tema es el de las apariencias. Estas forman parte indivisible de la historia de los seres vivos y los motivos que fuerzan a adoptarlas tienen tónicas muy variadas. Entre ellas, la búsqueda de aceptación por el otro. Una concepción budista observa: "no te sientas superior, ni inferior, ni siquiera igual. Sé tú mismo y, entonces, podrás entrar en una comunión perfecta con tu congénere". Hoy, si existe un lugar donde la variedad de disfraces se está llevando al límite es internet. Al yo público y al yo privado se le podría agregar ahora el del ciberyo. Es obvio que la pérdida de identidad es cosa seria para las relaciones humanas. ("La mayoría de las personas son otras: sus pensamientos, las opiniones de otros; su vida, una imitación; sus pasiones, una cita", Oscar Wilde)). En la falta de tolerancia, en tanto, habría que ver cuáles son los cristales que se usan para juzgar, porque no es sólo el hecho de escuchar al otro aunque se esté en la vereda de enfrente de su postura, sino de conocer lo que se discute. La única verdad es la realidad, pero, ¿cuál realidad? ¿la que interpreta cada uno según sus intereses? Otra: ¿los conflictos por intereses son más fáciles de resolver que los étnicos, que los culturales o que los ideológicos? El deseo de que en el mundo se acaben la miseria, la injusticia y la discriminación es, en la filosofía, lo que se denomina un pensamiento utópico. El sentido común indica que en nuestro breve tránsito por el planeta habría que dejarlo a este un poco mejor de como lo encontramos. Y en esa idea, va de suyo que el "tanto tienes, tanto vales" transita por una línea diametralmente opuesta. Hay ambiciones en las que siempre sobrevuela algo indecoroso.

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