El juego del gato y el ratón nunca se termina

Ahora los arrebatadores actúan en la cara de los policías, y aunque cada vez hay más detenciones, no se encuentra la forma de contener la marea delictiva. Las tendencias. Por Roberto Delgado -Prosecretario de Redacción

07 Junio 2008
El hecho de que los delincuentes cometan sus ataques en la cara de los policías está marcando un punto crítico de la estrategia de seguridad de la fuerza. Por segunda vez en pocos días, se comenta la circunstancia inquietante de que en zonas que están bajo vigilancia policial los vecinos de todos modos se sienten inseguros. Una de esas zonas es el barrio Independencia, donde un vecino fue atacado el domingo; otra es el barrio Norte, donde los arrebatadores tienen a mal traer no sólo a la gente, sino también a los guardianes del orden. En este caso, se aplica duramente la sentencia "cantidad no es calidad" y queda bajo un signo de interrogación la tarea que cumplen los agentes, que cae bajo críticas feroces, derivadas del enojo que causa la inseguridad.
Uno de los jefes policiales recomendó a los vecinos que sean más cuidadosos. "Están a la caza y a la pesca para lograr cualquier tipo de botín. Por eso la gente tiene que tomar recaudos para evitar que la sorprendan", dice. Este consejo, tan eficaz como tratar de parar una marea con las manos, suena tan difícil de llevar adelante como la propuesta de otro jefe policial, quien, a la vez que asegura que se van a intensificar los controles mediante la organización de puestos fijos sorpresivos en distintos puntos de la ciudad, se va a tratar de lograr que los delincuentes no ingresen al centro para cometer delitos.
Esta aseveración, que ciertamente calma la ansiedad del vecino asustado, es tan difícil de lograr como la zona cerrada que se intentó implementar hace un año, cuando el sector elegido por descuidistas y asaltantes era el de la Casa Histórica. También en esa época se prometió un corredor de seguridad para impedir que los delincuentes entraran al centro.
Las palabras, sin embargo, expresan la intención sincera del jefe policial de hacer prevención. Lo dice el subjefe, Nicolás Barrera, cuando explica que creció la presencia policial en la calle y que se llevan a cabo más operativos, y que toda esa campaña se intensificará con el trabajo con policías motorizados. Aplica una lógica: si los arrebatadores actúan en moto, tiene coherencia que los policías que deben perseguirlos estén motorizados. Si a esto se suma el informe de que se producen más detenciones que arrebatos, llegamos a una conclusión curiosa: hay más acción policial, pero esto no asegura una mejor calidad de vida, porque también parece aumentar la cantidad de ataques de descuidistas.

Lo viejo y lo nuevo
Mientras tanto, conviene pensar un poco en lo que está pasando. Los vecinos lo analizan. "Los delincuentes están viendo qué hace la Policía. Si ven un uniformado en 25 de Mayo y Santiago, atacan en 25 de Mayo al 700", dijo Laura de Jiménez. Y el jefe de la Patrulla Urbana, Luis Ibáñez, le dio la razón: "en los últimos tiempos los arrebatadores cambiaron de estrategia. Ahora se suben a la vereda en motocicletas para atacar a sus víctimas. O directamente se bajan corriendo, roban y huyen en las motocicletas", dijo.
Pero tanto la opinión de la vecina como el "ahora" del policía son una falacia. Creer que este tipo de ladrones ocasionales, descuidistas y aprovechadores arma una delicada estrategia delictiva es pecar de inocentes. Son marginales audaces, y punto. Pero no son demasiado inteligentes; por eso los detienen por cantidades. Por su parte, la afirmación del comisario es rebatible. Los motoarrebatadores siempre actuaron igual; y los policías nunca tuvieron ideas claras de cómo combatir este delito.
Desde hace años se sabe que los arrebatadores atacan a las señoras en barrio Norte, y que los chicos marginales tratan de abrir y robar lo que haya dentro de autos estacionados en el barrio Independencia. Y no se sabe desde que ocurrió el caso del "justiciero" Daluz, hace casi dos años, sino desde hace una década, cuando se detectaron "islas de marginalidad" en varios sectores de la ciudad, islas que requieren una tarea mucho más intensa que la tenue respuesta que puede dar la acción policial.
A estos problemas se agregan fenómenos nuevos, como el hecho de que los atacantes no sólo son marginales sino también, en algunos casos, chicos de clase media. Los policías, sin respuestas claras para los males endémicos, ahora piden ayuda a las familias. Con eso llegamos a un punto ciego.
Si ya no se trata de que falten policías, sino de que su acción no parece ser eficaz para evitar que los delincuentes ataquen, ¿qué hacer? No basta la presencia del personal policial; ni del que está en paradas fijas, ni del que circula en moto con celulares a la espera de que los llamen los vecinos asaltados.
La primera respuesta es el conocimiento del lugar, a partir de la experiencia del agente de calle, que debería saber cómo es el vecindario y cuya opinión debería importar más que el diseño que hace la cúpula desde un escritorio. Actuar solamente en función de los incidentes y movilizarse para dar la sensación de que se están ocupando de los problemas no es resolverlos. Es calmar la angustia.
De otro modo, continuará este juego del gato y el ratón al que el actual modelo policial parece ajustarse perfectamente: la idea parece ser que como aumentan las acciones de los delincuentes, harán falta más policías, más vehículos y más armas, hasta que la cantidad de agentes del orden supere la de los delincuentes. Así, supuestamente, se logrará detener la marea.

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