29 Diciembre 2002 Seguir en 
Cuando los economistas predican en favor de las bondades del mecanismo de mercado, apelan a argumentos que se apoyan en un trabajo que pretende ser científico. Esta perspectiva científica es lo que convierte al razonamiento económico en un razonamiento que pretende ser objetivo, sin ninguna relación con los valores ideológicos, éticos o morales. La apelación a las verdades científicas del razonamiento económico convierte al discurso de los economistas, que incluye los consejos que éstos dan a los que dirigen las decisiones políticas del más alto nivel, en un discurso objetivo y sabio.
Como el pensamiento económico con pretensiones científicas giró, en los últimos dos siglos, alrededor de un modelo de funcionamiento ideal de mercados competitivos, muchos economistas del mundo entero, y casi todos los economistas argentinos "influyentes", pregonan el funcionamiento libre de todos los mercados como remedio de todos los males económico modernos. Se dice que si se deja funcionar con toda libertad a los mercados de todo tipo, (mercado de trabajo hasta los mercados internacionales de capitales), y el Estado se limita a definir y preservar los derechos de propiedad que permiten que cada uno se apropie libremente de lo que consigue a través de su participación activa en mercados múltiples, el resultado global no puede ser otro que la eficiencia.
Como la eficiencia significa, a su vez, que la sociedad entera está en una situación económica óptima, utilizando todos los recursos de la mejor manera posible en aras de atender a las demandas de los consumidores, el funcionamiento libre de los mercados competitivos es todo lo que necesitamos para tener una economía sana y pujante. El pensamiento económico moderno dio muestras suficientes del valor científico que puede tener esta economía "ideal", cuando se lo utiliza como punto de referencia simplificado de una realidad social mucho más compleja.
Pero nadie puede dejar de advertir que en la economía "real", el funcionamiento de los mercados falla por todos lados. Con la complejidad de la realidad social en la que la economía está inmersa, y sin abandonar el razonamiento económico con pretensiones científicas, autores del renombre de J. Stiglitz, (premio Nobel en Economía), están acusando a los que creen a rajatabla en el funcionamiento ideal de todos los mercados, de pecar de "fundamentalismo de mercado". Lo más interesante de esta acusación es que, al provenir de la entraña misma de la economía como ciencia, quita toda legitimidad a los que pretenden erigirse en los guardianes del "saber" económico objetivo.
Como el pensamiento económico con pretensiones científicas giró, en los últimos dos siglos, alrededor de un modelo de funcionamiento ideal de mercados competitivos, muchos economistas del mundo entero, y casi todos los economistas argentinos "influyentes", pregonan el funcionamiento libre de todos los mercados como remedio de todos los males económico modernos. Se dice que si se deja funcionar con toda libertad a los mercados de todo tipo, (mercado de trabajo hasta los mercados internacionales de capitales), y el Estado se limita a definir y preservar los derechos de propiedad que permiten que cada uno se apropie libremente de lo que consigue a través de su participación activa en mercados múltiples, el resultado global no puede ser otro que la eficiencia.
Como la eficiencia significa, a su vez, que la sociedad entera está en una situación económica óptima, utilizando todos los recursos de la mejor manera posible en aras de atender a las demandas de los consumidores, el funcionamiento libre de los mercados competitivos es todo lo que necesitamos para tener una economía sana y pujante. El pensamiento económico moderno dio muestras suficientes del valor científico que puede tener esta economía "ideal", cuando se lo utiliza como punto de referencia simplificado de una realidad social mucho más compleja.
Pero nadie puede dejar de advertir que en la economía "real", el funcionamiento de los mercados falla por todos lados. Con la complejidad de la realidad social en la que la economía está inmersa, y sin abandonar el razonamiento económico con pretensiones científicas, autores del renombre de J. Stiglitz, (premio Nobel en Economía), están acusando a los que creen a rajatabla en el funcionamiento ideal de todos los mercados, de pecar de "fundamentalismo de mercado". Lo más interesante de esta acusación es que, al provenir de la entraña misma de la economía como ciencia, quita toda legitimidad a los que pretenden erigirse en los guardianes del "saber" económico objetivo.
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