29 Diciembre 2002 Seguir en 
Desde el punto de vista financiero el año termina mejor de lo esperado. En los últimos meses hubo recuperación de depósitos, fortalecimiento de reservas, tasas y cotización del dólar con tendencia bajista, mejora de la situación de liquidez de los bancos y levantamiento del llamado corralito. Resta aún un probable fallo de la Corte a favor de la redolarización que podría traer nuevas incertidumbres.
Así mirando el lado positivo de los indicadores financieros, podría inferirse que está volviendo la confianza y que por lo tanto pierde sentido seguir hablando de reestructurar o rediseñar el sistema bancario. Pero para llegar a tal conclusión, no se debe pasar por alto el orden de causalidad de los problemas de la economía argentina.
La causa de la crisis es la insolvencia del sector público, producto de políticas fiscales y financieras inconsistentes con la convertibilidad, por lo tanto la raíz de los problemas no se encuentra en el sistema financiero propiamente.
El detonante de la crisis fue la desconfianza que generaron las vulnerabilidades financieras domésticas y lo que pudo ser, retrospectivamente visto, una recesión transitoria, se convirtió durante los últimos años, en una crisis financiera de características virtualmente terminales.
Es que al ser el sistema altamente sensible a los shocks macroeconómicos, mientras hubo margen para emitir deuda y aumentar impuestos, es decir mientras hubo sostenibilidad el sistema bancario no atravesó por grandes dificultades.
La evidencia es que durante las crisis de Asia en 1997, de Rusia en 1998 y de Brasil en 1999, los depósitos no cayeron, sino que por el contrario mostraron una tendencia creciente y no hubo restricción crediticia. Esto se debe a que tanto los ahorristas como los bancos no advertían señales de ruptura de la estructura macroeconómica. Los problemas se agravan cuando la situación fiscal se debilita, al cerrarse el financiamiento externo y cuando el aumento de los impuestos no alcanza a cerrar la brecha creciente del presupuesto.
El proceso de gestación de la crisis económica argentina es el mismo que causó las últimas crisis financieras en todas partes del mundo, desde México al Sudeste asiático. En todos ellos quebró el sistema productivo de bienes transables como consecuencia de la antinomia entre la política cambiaria y la fiscal. Se olvidó que no se puede controlar el tipo de cambio nominal si no se controla el gasto público nominal.
En la medida en que el gasto se financia con deuda, aumenta la tasa de interés y se encarece el crédito y dada la suba de impuestos se encarece la producción nacional, se pierde competitividad y cae la rentabilidad de las empresas con la consiguiente caída de la recaudación tributaria y sobrevienen los fuertes desequilibrios fiscales. De esta forma que el que no pueda pagar la deuda es el gobierno. Así aumenta el riesgo ? país, crece la desconfianza y finalmente se produce el default, la devaluación, el resquebrajamiento institucional, la caída de la inversión y el empobrecimiento.
El origen de las corridas
Cuando los ahorristas perciben que tambalea el esquema, porque la situación fiscal es débil, se acaba el apoyo externo y caen las reservas, se crea un inevitable clima de corrida bancaria. En esta circunstancia ya no importan los buenos indicadores de solvencia de los bancos, ni la extranjerización del sistema, ni las leyes protectoras del ahorro. Se establecieron entonces las restricciones al retiro de efectivo que lo único que evitaron fue el colapso inmediato del sistema, quedando los bancos como los transgresores.
Más allá de probables casos de fraude, lo cierto es que los que se llevaron los depósitos, las ganancias de las empresas nacionales, el salario y el empleo fue el propio gobierno nacional en colaboración con varios gobiernos provinciales dada su voracidad fiscal traducida en un desmesurado aumento del gasto público durante la convertibilidad.
Así mirando el lado positivo de los indicadores financieros, podría inferirse que está volviendo la confianza y que por lo tanto pierde sentido seguir hablando de reestructurar o rediseñar el sistema bancario. Pero para llegar a tal conclusión, no se debe pasar por alto el orden de causalidad de los problemas de la economía argentina.
La causa de la crisis es la insolvencia del sector público, producto de políticas fiscales y financieras inconsistentes con la convertibilidad, por lo tanto la raíz de los problemas no se encuentra en el sistema financiero propiamente.
El detonante de la crisis fue la desconfianza que generaron las vulnerabilidades financieras domésticas y lo que pudo ser, retrospectivamente visto, una recesión transitoria, se convirtió durante los últimos años, en una crisis financiera de características virtualmente terminales.
Es que al ser el sistema altamente sensible a los shocks macroeconómicos, mientras hubo margen para emitir deuda y aumentar impuestos, es decir mientras hubo sostenibilidad el sistema bancario no atravesó por grandes dificultades.
La evidencia es que durante las crisis de Asia en 1997, de Rusia en 1998 y de Brasil en 1999, los depósitos no cayeron, sino que por el contrario mostraron una tendencia creciente y no hubo restricción crediticia. Esto se debe a que tanto los ahorristas como los bancos no advertían señales de ruptura de la estructura macroeconómica. Los problemas se agravan cuando la situación fiscal se debilita, al cerrarse el financiamiento externo y cuando el aumento de los impuestos no alcanza a cerrar la brecha creciente del presupuesto.
El proceso de gestación de la crisis económica argentina es el mismo que causó las últimas crisis financieras en todas partes del mundo, desde México al Sudeste asiático. En todos ellos quebró el sistema productivo de bienes transables como consecuencia de la antinomia entre la política cambiaria y la fiscal. Se olvidó que no se puede controlar el tipo de cambio nominal si no se controla el gasto público nominal.
En la medida en que el gasto se financia con deuda, aumenta la tasa de interés y se encarece el crédito y dada la suba de impuestos se encarece la producción nacional, se pierde competitividad y cae la rentabilidad de las empresas con la consiguiente caída de la recaudación tributaria y sobrevienen los fuertes desequilibrios fiscales. De esta forma que el que no pueda pagar la deuda es el gobierno. Así aumenta el riesgo ? país, crece la desconfianza y finalmente se produce el default, la devaluación, el resquebrajamiento institucional, la caída de la inversión y el empobrecimiento.
El origen de las corridas
Cuando los ahorristas perciben que tambalea el esquema, porque la situación fiscal es débil, se acaba el apoyo externo y caen las reservas, se crea un inevitable clima de corrida bancaria. En esta circunstancia ya no importan los buenos indicadores de solvencia de los bancos, ni la extranjerización del sistema, ni las leyes protectoras del ahorro. Se establecieron entonces las restricciones al retiro de efectivo que lo único que evitaron fue el colapso inmediato del sistema, quedando los bancos como los transgresores.
Más allá de probables casos de fraude, lo cierto es que los que se llevaron los depósitos, las ganancias de las empresas nacionales, el salario y el empleo fue el propio gobierno nacional en colaboración con varios gobiernos provinciales dada su voracidad fiscal traducida en un desmesurado aumento del gasto público durante la convertibilidad.
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