29 Diciembre 2002 Seguir en 
El año próximo será ardoroso en lo político y en lo económico. El futuro gobernador tendrá que gambetear con habilidad. No sólo deberá solucionar los desaguisados que heredará del mirandismo, sino que, si se desdoblan los comicios y se eligen primero gobernador y vice, enfrentará, apenas tres meses después de su asunción, en vez de esperar dos años, una elección parlamentaria, que será un examen más que peligroso.
Para que la gente vea al nuevo gobernante rubio y con ojos celestes a mediados de 2003 y no como un personaje detestable, envuelto en tropezones iniciales graves y en camino a un eventual fracaso, el que gane tendrá que poner ideas, coraje, liderazgo y habilidad política.
En dos o tres meses puede ganar o perder todo, según el resultado de la elección legislativa, en una provincia indomable, que tiene un electorado cambiante.
Si el flamante mandatario es derrotado en esa elección, quedará herido de muerte.
En Tucumán, la pobreza y sus terribles secuelas para niños y ancianos no se solucionarán con planes de asistencia social, si no hay una política económica de crecimiento y de redistribución de recursos.
Si la gente tiene comida y trabajo, no saldrá a robar.
El hambre no se supera con parches y dádivas o con medidas irracionales que no tengan en cuenta las exigencias de la economía, para alentar las inversiones (espantadas durante la gestión de Miranda, que terminó identificando inmerecidamente a Tucumán como la Etiopía de América) y la creación de empleo. Unos 30.000 jóvenes entran cada año al mercado laboral y no tienen qué hacer. Se suman a la legión de 170.000 desocupados tucumanos.
No será sencillo reencauzar el rumbo en una provincia que se quedó sin reglas de juego y en la que la crisis hasta quebró el principio de autoridad, los poderes del Estado confunden sus roles y los funcionarios no tienen muchas ideas sobre dónde está la salida y qué se debe hacer para superar el estancamiento.
La situación es parecida a la que había en los comienzos de los años 90, pero no es igual. En muchas facetas se advierte un franco retroceso, una vuelta a prácticas y pautas de consumo que parecen primitivas.
Los comerciantes se habitúan a remarcar y los consumidores saben que en Tucumán todo es más caro a causa de los Bocade.
El cambio de calendario, que forma parte del infructuoso esfuerzo del hombre para controlar lo único que no puede dominar: el tiempo, abre esperanzas sobre mejoras para 2003. Como se tocó fondo y la situación no puede empeorar más, se especula que habrá un suave crecimiento, lo que no significa que caerá con fuerza el desempleo.
Para que las empresas se animen a tomar gente pasará un tiempo largo y ese es el problema central.
La comunidad tiene la sensación de que la anarquía es imparable, que no hay gobernantes, que no se toman medidas de fondo y que los políticos no sirven para nada. La crisis sigue girando alrededor del hambre, mientras la rebeldía social busca nuevas formas de expresión, más allá de los partidos políticos, que no se renovaron.
A su vez, la rebeldía económica impulsa a los asalariados y a las empresas buscar urgentes mecanismos de adaptación, en los que las operaciones en negro tienen cada vez mayor importancia. Evadir vuelve a convertirse en un arte para sobrevivir.
El regalo de fin de año del gobierno nacional es el nuevo aumento de impuestos, para seguir cambiando las reglas de juego y poner en jaque a las posibles inversiones, por la desconfianza que produce un Estado que no baja sus gastos y que pretende continuar succionando recursos al sector privado.
Tanto en Tucumán como a nivel nacional, la inestabilidad política erosiona a la economía y penetra profundamente en las expectativas y en la credibilidad de la sociedad. Si está claro quiénes son los conductores y qué harán, todo será más fácil en 2003.
La sociedad votará en comicios más que importantes para elegir presidente y todo el elenco gubernamental tucumano. En los desafíos de la economía, no queda otra que seguir en la lucha.
Una vez más hay que apostar a la esperanza y no al fracaso.
Para que la gente vea al nuevo gobernante rubio y con ojos celestes a mediados de 2003 y no como un personaje detestable, envuelto en tropezones iniciales graves y en camino a un eventual fracaso, el que gane tendrá que poner ideas, coraje, liderazgo y habilidad política.
En dos o tres meses puede ganar o perder todo, según el resultado de la elección legislativa, en una provincia indomable, que tiene un electorado cambiante.
Si el flamante mandatario es derrotado en esa elección, quedará herido de muerte.
En Tucumán, la pobreza y sus terribles secuelas para niños y ancianos no se solucionarán con planes de asistencia social, si no hay una política económica de crecimiento y de redistribución de recursos.
Si la gente tiene comida y trabajo, no saldrá a robar.
El hambre no se supera con parches y dádivas o con medidas irracionales que no tengan en cuenta las exigencias de la economía, para alentar las inversiones (espantadas durante la gestión de Miranda, que terminó identificando inmerecidamente a Tucumán como la Etiopía de América) y la creación de empleo. Unos 30.000 jóvenes entran cada año al mercado laboral y no tienen qué hacer. Se suman a la legión de 170.000 desocupados tucumanos.
No será sencillo reencauzar el rumbo en una provincia que se quedó sin reglas de juego y en la que la crisis hasta quebró el principio de autoridad, los poderes del Estado confunden sus roles y los funcionarios no tienen muchas ideas sobre dónde está la salida y qué se debe hacer para superar el estancamiento.
La situación es parecida a la que había en los comienzos de los años 90, pero no es igual. En muchas facetas se advierte un franco retroceso, una vuelta a prácticas y pautas de consumo que parecen primitivas.
Los comerciantes se habitúan a remarcar y los consumidores saben que en Tucumán todo es más caro a causa de los Bocade.
El cambio de calendario, que forma parte del infructuoso esfuerzo del hombre para controlar lo único que no puede dominar: el tiempo, abre esperanzas sobre mejoras para 2003. Como se tocó fondo y la situación no puede empeorar más, se especula que habrá un suave crecimiento, lo que no significa que caerá con fuerza el desempleo.
Para que las empresas se animen a tomar gente pasará un tiempo largo y ese es el problema central.
La comunidad tiene la sensación de que la anarquía es imparable, que no hay gobernantes, que no se toman medidas de fondo y que los políticos no sirven para nada. La crisis sigue girando alrededor del hambre, mientras la rebeldía social busca nuevas formas de expresión, más allá de los partidos políticos, que no se renovaron.
A su vez, la rebeldía económica impulsa a los asalariados y a las empresas buscar urgentes mecanismos de adaptación, en los que las operaciones en negro tienen cada vez mayor importancia. Evadir vuelve a convertirse en un arte para sobrevivir.
El regalo de fin de año del gobierno nacional es el nuevo aumento de impuestos, para seguir cambiando las reglas de juego y poner en jaque a las posibles inversiones, por la desconfianza que produce un Estado que no baja sus gastos y que pretende continuar succionando recursos al sector privado.
Tanto en Tucumán como a nivel nacional, la inestabilidad política erosiona a la economía y penetra profundamente en las expectativas y en la credibilidad de la sociedad. Si está claro quiénes son los conductores y qué harán, todo será más fácil en 2003.
La sociedad votará en comicios más que importantes para elegir presidente y todo el elenco gubernamental tucumano. En los desafíos de la economía, no queda otra que seguir en la lucha.
Una vez más hay que apostar a la esperanza y no al fracaso.
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