Se acabó la época en la que el jefe decidía todo en soledad

Para manejar con éxito una compañía es necesario saber delegar y compartir conocimientos, valores e información. Las limitaciones de la obstinación.

22 Diciembre 2002
La experiencia indica que los problemas de las empresas de familia, por lo general, son los mismos. Y no asumirlo así es como mantener en secreto una enfermedad y pensar que esta resolverá con no decir nada. Entonces, la discreción continúa y porque sigue nadie sabrá lo suficiente como para cuestionar los juicios del empresario ni sus decisiones. Esa falta de revisión era posible en los comienzos, cuando la empresa se construyó en base a genio y a sudor.
La ahora triunfante compañía, en cambio, necesita bastante más que talento y arduo trabajo: requiere manejo. Y algo debe quedar claro: la discreción, (el secretismo) es al manejo empresario lo que el hielo y el granizo son a los frutos maduros. Esta supuesta discreción es la causa por la que tantos triunfadores, dueños de empresas, destruyen sus carreras y obras, presionados entre la divinidad del triunfo y los temores de la soledad y la duda.

Más temprano que tarde
Tarde o temprano todo dueño de empresa necesita ayuda. Cuando antes se dé cuenta de esto y haga algo al respecto antes podrá concretar su capacidad para hacer crecer la firma.
Basta para esto un breve ejemplo. La empresa de familia se funda teniendo como insumo de capital el talento empresario y su tiempo. El resto, lo necesario, escasea. Pero ese tiempo es un elemento finito. Cuando el empresario agota el uso de sus horas, intuye que ha llegado la hora de delegar. Esto supone tomar personal y entrenarlo como reaseguro de trascendencia.
A primera vista, se puede presumir que cuanto más exitoso es el empresario, más deseará ocultar sus debilidades a la sombra de sus fuerzas y, por ende, abrirse. Pero cuanto mayor es su edad, más duro parece que se hace el admitir las flaquezas y, más duro aún, pedir ayuda.
En demasiadas compañías, la ayuda nunca es buscada. La leyenda top secret (ultra secreto) es colocada en todas partes y todo queda guardado en la cabeza del empresario. Este se convierte en rehén de su hermetismo, que lo lleva a tratar de hacer todo solo y por sí mismo. Una empresa en crecimiento y segura es demasiado para cualquier persona sola, no importa cuán capaz él o ella sean. Inevitablemente, el genio (el empresario) no puede manejar solo la creciente carga de trabajo.
Los exitosos reconocen este problema lo suficientemente temprano como para hacer algo al respecto. Los otros dejan para que sea la familia la que pondere, nostálgicamente, lo que pudo haber sido la empresa.

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