15 Abril 2008 Seguir en 
A la mañana, se levantó con una sensación de desasosiego. Sabía que su traslado al penal de Villa Urquiza era cuestión de horas, pero creía que primero sería llevado a Tribunales para declarar. Sin embargo, a media mañana recibió la noticia que lo puso más nervioso aún. El secretario de la fiscalía VI, Juan Carlos Lionti, le comunicó al joven santiagueño Pablo Antonio Amín que debía preparar sus pertenencias porque su traslado a la cárcel era inminente.
Quienes estaban en la habitación del hospital Obarrio en ese momento vieron que, por toda respuesta, el joven bajó la vista.
Amín permanecía internado en el Obarrio desde el 28 de octubre de 2007. Aquel día, en una habitación del hotel Catalinas Park asesinó a su esposa María Marta Arias. Luego de una discusión, la golpeó, la estranguló hasta matarla y le arrancó los ojos. Después arrastró el cadáver mientras descendía cinco pisos por la escalera, hasta que empleados y policías lograron reducirlo.
Hasta el lunes se dudaba de la condición mental de Amín. Pero ese día a la fiscal Adriana Reinoso Cuello le comunicaron el dictamen que había emitido la junta médica que había sometido a pericias al homicida. Nueve profesionales diagnosticaron que Amín no había perdido la razón, por lo cual podía ser imputado y juzgado por el crimen. El único que dio una opinión distinta fue el médico contratado por los defensores Roberto Flores y Martín Zottoli.
La fiscal le pidió al juez Juan Francisco Pisa que el imputado fuera recluido en la cárcel en condiciones de máxima seguridad, ya que los médicos coincidieron en que se trata de un individuo peligroso para toda persona que permanezca cerca de él. Reinoso Cuello también solicitó que el joven siga el tratamiento médico a que era sometido en el hospital Obarrio. Flores y Zottoli confirmaron que actualmente se le suministran casi 20 medicamentos.
El magistrado que entiende en la causa aceptó los planteos realizados por la fiscal, por lo que al mediodía definió el traslado del joven al penal. Esta es la segunda vez que Amín ingresa en la cárcel. En la primera oportunidad, permaneció allí menos de 24 horas, ya que, a causa de un episodio violento, regresó al hospital.
Ayer, Amín almorzó en el Obarrio y luego durmió la siesta. Había sido sedado por los médicos. Cuando los miembros del grupo Lagarto del servicio penitenciario fueron a buscarlo, no podían despertarlo. Finalmente, lograron que se levantara. Tomó un bolso celeste y una bolsa de plástico en la que tenía sus pertenencias, y se abrigó con una campera, aunque no llevaba puestas medias. Levantó la Biblia y besó una imagen de Jesucristo que estaba colgada en la pared. Después, subió al furgón y en poco menos de 10 minutos llegó a la cárcel. Custodiado por varios guardias, ingresó en la Alcaidía y luego al consultorio de la psiquiatra Karina Cejas, quien habló con él durante algunos minutos para saber cómo estaba. Roberto Guyot, director de Institutos Penales, ordenó que Amín sea el primer interno del pabellón de máxima seguridad. Fue encerrado en la celda número 1. Allí, Amín permanecerá solo. El nuevo sector de la cárcel dispone de consultorios médicos, con lo cual se evitará el traslado del acusado. Además, hay un sistema de circuito cerrado que permite a los guardias observar los movimientos de los reclusos. Para hablar con sus abogados, Amín deberá usar un teléfono y sólo tendrá contacto visual a través de un vidrio. Allí, Amín esperará el juicio. Anoche, los únicos testigos de sus emociones fueron las cámaras de seguridad y los guardias que las controlaban. Uno de ellos le comentó a LA GACETA que vio llorar a Amín.
Quienes estaban en la habitación del hospital Obarrio en ese momento vieron que, por toda respuesta, el joven bajó la vista.
Amín permanecía internado en el Obarrio desde el 28 de octubre de 2007. Aquel día, en una habitación del hotel Catalinas Park asesinó a su esposa María Marta Arias. Luego de una discusión, la golpeó, la estranguló hasta matarla y le arrancó los ojos. Después arrastró el cadáver mientras descendía cinco pisos por la escalera, hasta que empleados y policías lograron reducirlo.
Hasta el lunes se dudaba de la condición mental de Amín. Pero ese día a la fiscal Adriana Reinoso Cuello le comunicaron el dictamen que había emitido la junta médica que había sometido a pericias al homicida. Nueve profesionales diagnosticaron que Amín no había perdido la razón, por lo cual podía ser imputado y juzgado por el crimen. El único que dio una opinión distinta fue el médico contratado por los defensores Roberto Flores y Martín Zottoli.
La fiscal le pidió al juez Juan Francisco Pisa que el imputado fuera recluido en la cárcel en condiciones de máxima seguridad, ya que los médicos coincidieron en que se trata de un individuo peligroso para toda persona que permanezca cerca de él. Reinoso Cuello también solicitó que el joven siga el tratamiento médico a que era sometido en el hospital Obarrio. Flores y Zottoli confirmaron que actualmente se le suministran casi 20 medicamentos.
El magistrado que entiende en la causa aceptó los planteos realizados por la fiscal, por lo que al mediodía definió el traslado del joven al penal. Esta es la segunda vez que Amín ingresa en la cárcel. En la primera oportunidad, permaneció allí menos de 24 horas, ya que, a causa de un episodio violento, regresó al hospital.
Ayer, Amín almorzó en el Obarrio y luego durmió la siesta. Había sido sedado por los médicos. Cuando los miembros del grupo Lagarto del servicio penitenciario fueron a buscarlo, no podían despertarlo. Finalmente, lograron que se levantara. Tomó un bolso celeste y una bolsa de plástico en la que tenía sus pertenencias, y se abrigó con una campera, aunque no llevaba puestas medias. Levantó la Biblia y besó una imagen de Jesucristo que estaba colgada en la pared. Después, subió al furgón y en poco menos de 10 minutos llegó a la cárcel. Custodiado por varios guardias, ingresó en la Alcaidía y luego al consultorio de la psiquiatra Karina Cejas, quien habló con él durante algunos minutos para saber cómo estaba. Roberto Guyot, director de Institutos Penales, ordenó que Amín sea el primer interno del pabellón de máxima seguridad. Fue encerrado en la celda número 1. Allí, Amín permanecerá solo. El nuevo sector de la cárcel dispone de consultorios médicos, con lo cual se evitará el traslado del acusado. Además, hay un sistema de circuito cerrado que permite a los guardias observar los movimientos de los reclusos. Para hablar con sus abogados, Amín deberá usar un teléfono y sólo tendrá contacto visual a través de un vidrio. Allí, Amín esperará el juicio. Anoche, los únicos testigos de sus emociones fueron las cámaras de seguridad y los guardias que las controlaban. Uno de ellos le comentó a LA GACETA que vio llorar a Amín.
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