Atender lo obvio
Hay vastos sectores que se desgastan de a poco. Las plazas y los espacios verdes son un ejemplo concreto y descarnado. Por Gustavo Martinelli - Redacción de LA GACETA.
30 Marzo 2008 Seguir en 
El inspector de aduanas estaba seguro de que el campesino que cruzaba todos los días la frontera de China traía algo de contrabando, pero no lograba probarlo. Una y otra vez lo detenía y hacía revisar sus mulas. Pero sus ayudantes le aseguraban hasta el hartazgo que los fardos sólo traían alfalfa. Así pasaron 20 años en los que, día tras día, el hombre cruzaba el paso fronterizo sonriente, con sus mulas cargadas de alfalfa sin que el funcionario pudiera detectar nada ilegal. Al final, el inspector terminó jubilándose. Un día, cuando ya era un anciano, encontró al campesino en la plaza del mercado. “Estoy seguro de que usted traía algo de contrabando. Ahora que ya nada tiene importancia, por favor, dígame si era verdad”, le dijo. “Por supuesto que era verdad. Contrabandeaba mulas”, le respondió el humilde obrero. Este cuento oriental ilustra a la perfección cómo, muchas veces, lo obvio es lo que menos se ve. Lo que no se tiene en cuenta. Lo que decididamente menos importa. En Tucumán, por ejemplo, todos los funcionarios asumen que la evolución de la sociedad está condicionada por los números. Sin embargo, nadie parece darse cuenta de que, mientras llega el mentado alivio económico, hay vastos sectores que se desgastan de a poco. Las plazas y los espacios verdes son un ejemplo concreto y descarnado.Bien entrado el siglo XXI, cuando los países del Primer Mundo ya tienen asumido que invertir en política ambiental es la única salida sustentable de un pueblo, en Tucumán aún se sigue destinando el grueso de los recursos a sueldos y a obras de infraestructura que apuntan juntamente en un sentido contrario. Es decir, a avanzar con el cemento sobre los pulmones de la ciudad. Hay algunos esfuerzos aislados, como la refacción de algunas plazas, la colocación de nuevos alumbrados o el rescate del casco histórico de la ciudad (eso sí, sin árboles). Sin embargo, estos intentos no alcanzan a ocultar lo obvio: el abandono de lugares emblemáticos para la ciudad y la provincia como los parques 9 de Julio y Guillermina, las plazas de los barrios o el dique El Cadillal. Y esta deserción puede costar muy caro. Días atrás, un editorial de LA GACETA advirtió acerca del lamentable estado de en el que se encuentra el principal pulmón verde de la ciudad, el parque 9 de Julio. El que fuera lugar de reunión de generaciones enteras, es hoy un pálido páramo en el que sólo habitan fuentes secas, baños derruidos y juegos herrumbrados. Ya no están la emblemática confitería ni el vistoso trencito, y el bucólico lago que tanto furor generó décadas atrás es hoy un sitio barroso que añora la gloria perdida. El autódromo se desmorona de a poco y el Palacio de los Deportes ya no es capaz de albergar ni siquiera los espectáculos más humildes. Pero el parque 9 de Julio es sólo una de las postales de esta desidia. Varios lugares turísticos como San Javier y Villa Nougués también sufren las consecuencias del olvido. Los caminos tapizados de baches, los merenderos escondidos entre la maleza y la basura acumulada al costado de la ruta, provocan el desconcierto de los turistas que no alcanzan a entender cómo una provincia tan rica en belleza puede tener semejante destino. El año pasado, durante el Congreso de Parques y Jardines, las autoridades municipales anunciaron una “escalada verde” (plantación masiva de árboles) que aún no terminó de concretarse. Va siendo tiempo entonces de cumplir con las promesas y atender lo obvio. Porque los espacios públicos cumplen -o deberían cumplir- un doble rol, social y ecológico. Abandonarlos significa también abandonar a la sociedad.







