28 Marzo 2008 Seguir en 
BUENOS AIRES.- “Humildemente”, dijo la presidenta Kirchner a la hora de pedir que se levante el paro agropecuario "para poder dialogar", solicitud que había faltado en su alocución 48 horas antes, cuando hizo aquel duro discurso en el Salón Sur de la Casa de Gobierno, antesala de "una suerte de cacerolazo", minimizó, el primero contra su gestión.
Si entonces le faltó verbalizar con grandeza de estadista un pedido similar, la misma Cristina de encargó de trasladar en este otro discurso la culpa de aquella omisión hacia las entidades agrarias, las que habían decretado “un lock out patronal por tiempo indeterminado, tres horas antes de que hable la Presidenta”, dijo. “Dialogar con una pistola en la cabeza es muy difícil”, justificó desde su investidura. En cuanto a esta oportunidad sólo quedó como el desenlace natural de algo que ya se sabía de antemano que iba a ocurrir, la convocatoria al diálogo sin condicionamientos, para intentar volver sin desgaste visible de aquella presión que terminó desbordándola.
Este tramo fue apenas el final de un discurso de neto corte político hecho ante militantes (“lo que se presenta como un conflicto económico que se ha convertido en político”, sintetizó) que le sirvió para bajar líneas muy claras sobre el modelo de país que desea.
En el mensaje, bien construido y de tono didáctico, tal cual es su costumbre, se observó un refrescante cambio a medida que avanzaba, ya que comenzó por halagar a “compañeras/os, amigas/os y hermanas/os” y lentamente fue virando hacia el más abarcativo “argentinas y argentinos”, mucho más propio de un acto institucional que de un encuentro partidario de apoyo, tal como fue concebido por su esposo en un principio.
Por otra parte, la firmeza sobre las decisiones estratégicas que hay que tomar, especialmente para evitar la “sojización” del país, hace presumir que es poco lo que se concederá en una eventual negociación con el agro y que las medidas a tomar se centrarán en los pequeños y medianos productores rurales, ya que “no estamos en contra de ellos”, expresó. De algún modo, la Presidenta confirmó la equivocación técnica (y humana) de su ministro de Economía, de haber metido a todos los productores en la misma bolsa. Sin embargo, Cristina no le dedicó ni una línea más de su discurso a reconocer esa diferencia de envergadura entre los hombres de campo, al menos para seducir a quienes hoy son los responsables directos de los cortes, casi todos chacareros que se mueven bajo la lógica asambleística y que no responden a sus dirigentes. Por último, desde la ocupación del espacio público, la Presidenta le prestó muy poca atención a las demandas rurales que amenazan con el desabastecimiento, ya que toda la obsesión de su "relato" giró en caracterizar el cacerolazo capitalino como una reacción muy puntual contra la política de derechos humanos, emparentándola con Videla y los defensores de los genocidas, un tema que no está entre las prioridades de la gente, tal como lo marcan todas las encuestas. Probablemente, se trate de una mirada parcial de la Presidenta, quien no puede ignorar que entre los caceroleros porteños y entre quienes fueron a su casa en Olivos se incubaban otras broncas derivadas de la inflación y de la inseguridad, otras dos motivaciones ocultas de la protesta mucho más candentes. (DyN)
Si entonces le faltó verbalizar con grandeza de estadista un pedido similar, la misma Cristina de encargó de trasladar en este otro discurso la culpa de aquella omisión hacia las entidades agrarias, las que habían decretado “un lock out patronal por tiempo indeterminado, tres horas antes de que hable la Presidenta”, dijo. “Dialogar con una pistola en la cabeza es muy difícil”, justificó desde su investidura. En cuanto a esta oportunidad sólo quedó como el desenlace natural de algo que ya se sabía de antemano que iba a ocurrir, la convocatoria al diálogo sin condicionamientos, para intentar volver sin desgaste visible de aquella presión que terminó desbordándola.
Este tramo fue apenas el final de un discurso de neto corte político hecho ante militantes (“lo que se presenta como un conflicto económico que se ha convertido en político”, sintetizó) que le sirvió para bajar líneas muy claras sobre el modelo de país que desea.
En el mensaje, bien construido y de tono didáctico, tal cual es su costumbre, se observó un refrescante cambio a medida que avanzaba, ya que comenzó por halagar a “compañeras/os, amigas/os y hermanas/os” y lentamente fue virando hacia el más abarcativo “argentinas y argentinos”, mucho más propio de un acto institucional que de un encuentro partidario de apoyo, tal como fue concebido por su esposo en un principio.
Por otra parte, la firmeza sobre las decisiones estratégicas que hay que tomar, especialmente para evitar la “sojización” del país, hace presumir que es poco lo que se concederá en una eventual negociación con el agro y que las medidas a tomar se centrarán en los pequeños y medianos productores rurales, ya que “no estamos en contra de ellos”, expresó. De algún modo, la Presidenta confirmó la equivocación técnica (y humana) de su ministro de Economía, de haber metido a todos los productores en la misma bolsa. Sin embargo, Cristina no le dedicó ni una línea más de su discurso a reconocer esa diferencia de envergadura entre los hombres de campo, al menos para seducir a quienes hoy son los responsables directos de los cortes, casi todos chacareros que se mueven bajo la lógica asambleística y que no responden a sus dirigentes. Por último, desde la ocupación del espacio público, la Presidenta le prestó muy poca atención a las demandas rurales que amenazan con el desabastecimiento, ya que toda la obsesión de su "relato" giró en caracterizar el cacerolazo capitalino como una reacción muy puntual contra la política de derechos humanos, emparentándola con Videla y los defensores de los genocidas, un tema que no está entre las prioridades de la gente, tal como lo marcan todas las encuestas. Probablemente, se trate de una mirada parcial de la Presidenta, quien no puede ignorar que entre los caceroleros porteños y entre quienes fueron a su casa en Olivos se incubaban otras broncas derivadas de la inflación y de la inseguridad, otras dos motivaciones ocultas de la protesta mucho más candentes. (DyN)







