Alperovich elige cómo quedar en la historia
El gobernador dispone de un escenario inédito en lo político, económico y social. A diferencia de sus antecesores, no depende de otros para conseguir sus objetivos. Por Fabio Ladetto - Redacción LA GACETA.
30 Enero 2008 Seguir en 
El contexto favorable para la gestión del gobernador José Alperovich duplica su responsabilidad como principal conductor de los procesos políticos de la provincia. La realidad que enfrenta se diferencia de la que atravesaron sus antecesores, al punto que él puede darse el lujo de ignorar y hasta de ningunear a quienes no piensan como él sin riesgo para su gestión. Es oportuno un repaso de la historia reciente, desde el retorno de la democracia. El último caudillo provincial, Fernando Pedro Riera, debió lidiar con su propio deterioro físico, con los paros de estatales, con los acuartelamientos policiales y con un gobierno nacional de otro signo político (la UCR alfonsinista). Su sucesor, José Domato, nació con extrema debilidad, luego de la derrota en las urnas y de un pacto entre dos vertientes peronistas en el Colegio Electoral a espaldas del pueblo; estaba herido de muerte.
Desde Córdoba llegó el interventor federal Julio César Aráoz, con ganas de afincarse y de desplegarse como el elegido por el justicialismo para sacar adelante a Tucumán. No llegó a hacer pie políticamente.
Más extraño aún fue el arribo de Ramón Ortega, buscado desde el exilio en Miami para preservar el poder para un PJ que siempre le fue ajeno. Sus enfrentamientos con Julio César Díaz Lozano fueron de antología. Necesitó como ninguno a la Legislatura, y casi nunca la tuvo. Se fue como había venido: rápido.
Antonio Bussi juró como gobernador sobre la base de la división justicialista y bajo la mirada atenta de toda la sociedad democrática. Sin mayoría en la Legislatura y sospechando siempre de Raúl Topa, sabía que el menor paso en falso lo pondría al borde del abismo. Menemista obediente, fue el único gobernador que estuvo suspendido en sus funciones. Tuvo que ver cómo su hijo Ricardo se acostó gobernador y se levantó derrotado.
Julio Miranda gozó de la incondicionalidad de la Legislatura comandada por el fiel Sisto Terán, con mayoría propia y autonomía de acción. Pero en la Nación estaba la Alianza (con la que acordó sin problemas) y, además, él prefería las sombras de los despachos a la luz de los cargos para alcanzar acuerdos y consensos. Lo atravesaron la crisis política, social y económica de 2001 y los desnutridos de 2002. Aterrizó en el Senado el mismo día en que dejó el cargo, para volver a la oscuridad.
Llegó Alperovich, gozoso beneficiario de un superávit económico increíble para quien haya estado antes en el Gobierno. En su primer mandato todavía requirió de los otros, ya fuera para alcanzar sus objetivos o para diferenciarse tomándolos como enemigos, rivales o ejemplos indeseados, modelos a no imitar. En el camino, a medida que fue subordinando a los díscolos y a los rivales, le quedaron por superar sólo dos escollos con el mismo nombre: Fernando Juri, que logró dividir la Legislatura y al peronismo, y apareció silueteado como un potencial rival para el ejercicio del poder, encabezando un frente opositor. A un año, Juri quedó en el desierto y él en la cima del mundo.
Hace seis meses arrasó en las urnas y empezó un nuevo tiempo. Con la resistencia en la Cámara y la pelea por la conducción del PJ ya superadas, todo le parece infinito al gobernador. Sin oposición política seria y con puñados de ciudadanos protestando por el impuestazo o por la desprotección de los inmuebles históricos, se siente todopoderoso. Antes que él (y él mismo, relativamente, entre 2003/2007), todos dependieron de otros o estuvieron jaqueados por un entorno negativo o amenazante. En su presente soñado, ese escenario le parece lejano. Pero no debe descuidarse; nada es eterno.
El francés Pierre Rosanvallon, en su libro “La Contrademocracia”, advierte que uno de los principales problemas que enfrentan los gobernantes es la erosión de la confianza de la sociedad en ellos, más allá del resultado electoral y de su consecuencia representativa política (incluso es contemporánea a esa experiencia). Esa desconfianza se expresa con una comunidad fuertemente activa en las calles; atenta a las acciones y giros de sus dirigentes y que ejercitan prácticas de control cívico no formal, de obstrucción, de enjuiciamiento y/o de resistencia. Así, habla de que junto con el pueblo-elector están el pueblo-juez, el pueblo-vigilante y el pueblo-veto.
Esas maneras de ser del pueblo son el desafío que debe enfrentar Alperovich. De cómo lo maneje depende que se lo describa en los libros de historia provincial o bien como un mandatario embriagado de poder y empeñado en negar la existencia de quien piensa diferente, o como un estadista que trazó el rumbo de un Tucumán nuevo en el siglo XXI, que se animó a debatir con quien no lo seguía circunstancialmente en el plano de las ideas alternativas y a admitir sus opiniones cuando eran acertadas.
Bajo su apellido, en los manuales podrá quedar registrado que fue el primer mandatario reelecto en períodos sucesivos y una mera enumeración de obras públicas -probablemente deterioradas cuando lean sus nietos-, o que durante su mandato comenzó la construcción de la institucionalidad basada en el fortalecimiento de los poderes del Estado y en el respeto entre ellos; en el diálogo con los distintos representantes de la sociedad civil y en la apertura de nuevos canales de incidencia en las decisiones del Gobierno.







