12 Enero 2008 Seguir en 
El arte salió a su encuentro para curar todas sus heridas del alma. Lita Molina, de sonrisa cálida y mirada llena de luces, habla del teatro como si fuera el amor de su vida. Sucede que, desde que se subió por primera vez a un escenario en 1983, comprendió que su destino estaba enlazado al telón. O, mejor dicho, detrás del telón. Se entiende: Molina, que trabaja en el Teatro Estable de la Provincia, es una de las protagonistas invisibles de la escena tucumana.
"Mis comienzos como asistente de producción y dirección fueron en Teatro del Centro, un grupo independiente que formamos con Juan Carlos Di Lullo; Mara Norry, mi marido Carlos Olivera y yo. Era un grupo independiente, hacíamos todo a pulmón. Esa fue la experiencia que me llevó a ser una mujer de teatro", describió Lita, con voz de nostalgia, en una entrevista con LA GACETA. "Hacíamos desde la producción (conseguir dinero y materiales) hasta la escenografía de cada obra que encarábamos. Hasta altas horas de la noche nos quedábamos en la Biblioteca Alberdi a pintar, poner luces y preparar el sonido. Ahí aprendí casi todo lo que hoy sé sobre este oficio. Este grupo ha sido muy importante en mi vida, no sólo en los afectos -eran mi marido y mis amigos-, sino que además me enseñaron lo que es la ética, que en cualquier profesión es algo muy preciado", agregó.Al principio, Lita quiso ser actriz. Sin embargo, después de actuar en un gran número de obras teatrales para niños, comprendió que esa profesión no era para ella. "¡Era muy mala!", confesó, entre risas. "Fue Carlos, mi esposo, quien me guió en el camino de la producción y la asistencia de producción específicamente", recordó. "¡Qué sabio fue! Logré hacer de esto una profesión, lo cual dio sus frutos, aún cuando me he quedado sola", reconoció Molina, que perdió a su marido en 2005. Ese fue un golpe bajo. "Nosotros estábamos ensayando una obra, en la que él estaba de actor", evocó la artista. "Esa noche, el director dijo: ?No está la muerte en escena?, y realizó unos cambios. Entonces, Carlos hizo un ensayo impresionante, que nos emocionó a todos hasta las lágrimas. Cuentan algunos compañeros que al despedirse, él los abrazó de una manera distinta... realmente fue tremendo para mí", relató Lita, sumergida en el recuerdo de esa noche, en la que murió Olivera.
Pero pronto sería sanada por el cariño de sus pares y por su amor al teatro, que le trae, hasta el día de hoy, el recuerdo vivo de su marido y el de esa obra que él no pudo estrenar. "Yo soy una convencida de que el arte es sanador. El arte y mis compañeros, los artistas, que son como mis hijos, me ayudaron a salir adelante y les estoy eternamente agradecida", dijo. Ese cariño de sus colegas se cristalizó el año pasado con la entrega del Premio Artea a la trayectoria.
"Mis comienzos como asistente de producción y dirección fueron en Teatro del Centro, un grupo independiente que formamos con Juan Carlos Di Lullo; Mara Norry, mi marido Carlos Olivera y yo. Era un grupo independiente, hacíamos todo a pulmón. Esa fue la experiencia que me llevó a ser una mujer de teatro", describió Lita, con voz de nostalgia, en una entrevista con LA GACETA. "Hacíamos desde la producción (conseguir dinero y materiales) hasta la escenografía de cada obra que encarábamos. Hasta altas horas de la noche nos quedábamos en la Biblioteca Alberdi a pintar, poner luces y preparar el sonido. Ahí aprendí casi todo lo que hoy sé sobre este oficio. Este grupo ha sido muy importante en mi vida, no sólo en los afectos -eran mi marido y mis amigos-, sino que además me enseñaron lo que es la ética, que en cualquier profesión es algo muy preciado", agregó.Al principio, Lita quiso ser actriz. Sin embargo, después de actuar en un gran número de obras teatrales para niños, comprendió que esa profesión no era para ella. "¡Era muy mala!", confesó, entre risas. "Fue Carlos, mi esposo, quien me guió en el camino de la producción y la asistencia de producción específicamente", recordó. "¡Qué sabio fue! Logré hacer de esto una profesión, lo cual dio sus frutos, aún cuando me he quedado sola", reconoció Molina, que perdió a su marido en 2005. Ese fue un golpe bajo. "Nosotros estábamos ensayando una obra, en la que él estaba de actor", evocó la artista. "Esa noche, el director dijo: ?No está la muerte en escena?, y realizó unos cambios. Entonces, Carlos hizo un ensayo impresionante, que nos emocionó a todos hasta las lágrimas. Cuentan algunos compañeros que al despedirse, él los abrazó de una manera distinta... realmente fue tremendo para mí", relató Lita, sumergida en el recuerdo de esa noche, en la que murió Olivera.
Pero pronto sería sanada por el cariño de sus pares y por su amor al teatro, que le trae, hasta el día de hoy, el recuerdo vivo de su marido y el de esa obra que él no pudo estrenar. "Yo soy una convencida de que el arte es sanador. El arte y mis compañeros, los artistas, que son como mis hijos, me ayudaron a salir adelante y les estoy eternamente agradecida", dijo. Ese cariño de sus colegas se cristalizó el año pasado con la entrega del Premio Artea a la trayectoria.
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