Aleccionadora experiencia venezolana

05 Diciembre 2007
Quien pretenda acceder a la revolución mediante las urnas, lo menos que debe hacer es aceptar sus resultados, ha sido la conclusión que salvó a Hugo Chávez del destino de los dictadores. Nunca en la historia de Latinoamérica una experiencia como la que acaba de exhibir Venezuela ha tenido un eco reflexivo tan profundo en la comunidad regional, al poner de relieve los sentimientos democráticos que subyacen en sus sociedades, afectadas con muy raras excepciones por el deterioro de sus partidos políticos. Tras la demostración venezolana, sin duda, habrá un antes y un después por tratarse de la comunidad nacional donde subsiste la democracia y las organizaciones partidarias demostraron su incapacidad mayor para hacerse presentes en las urnas dejando el poder en manos de un falso mito bolivariano. El resultado de la experiencia ha sido el reconocimiento de que el adversario es parte de la realidad y tiene la responsabilidad de asumir la obligación de compartir la vida pública. Esa es la visión que se ha tenido en toda la región y especialmente en nuestro país, donde el avance desmedido del presidencialismo ha tenido la reciente réplica electoral de una oposición desconcertada por las persistentes crisis partidarias.
El poder de Chávez sigue siendo desmedido, a pesar de no haber logrado las 69 reformas de la Constitución que él mismo hizo sancionar, pero la experiencia lo obligará a optar por el sendero democrático, en la certeza de que en el pueblo, aun sin representantes eficientes, reside el genuino poder revolucionario. La punta de lanza fue en esta ocasión el estudiantado, cuyos ocasionales líderes convocaron a la anémica dirigencia política a no abandonar su protagonismo favoreciendo una dictadura en ciernes. Desaparecido el viejo sistema del golpe de Estado -del que Chávez fue también protagonista- por la fuerte oposición internacional, el presidente de Venezuela no ha tenido otra alternativa que aceptar la solución democrática, mereciendo por ello un juicio internacional moderado y hasta satisfactorio. A partir de la experiencia, su promesa de que persistirá en el rumbo que lo llevó a la derrota, no podrá dejar de contar con la realidad opositora, evitando que su país se divida dramáticamente en dos grandes facciones. Más cerca de que ello ocurra, nuestra vecina Bolivia, con un poder político falsamente indigenista e influido por la osadía chavista, afronta una división que la acerca a la tragedia civil.
Los argentinos tenemos una vasta experiencia que seguramente nos aleja de la crisis venezolana, pero en nuestra realidad política e institucional sigue gravitando la crisis del milenio, productora de las grandes dispersiones partidarias. Sus efectos inmediatos han sido el deterioro del sistema republicano de separación de poderes y el extremado presidencialismo asegurado por la transmisión familiar del poder supremo. Transferencia electoral aunque mediante una primera minoría sobre la dispersa oposición y un ausentismo ciudadano histórico. En la crisis institucional formalmente determinada por el estado de emergencia, no se vislumbra otra alternativa que la voluntad del poder político de promover la reforma partidaria y del régimen electoral, a la vez que abrir el diálogo con todos los sectores políticos y sociales, aceptando que el gran proyecto nacional es el que define nuestra Constitución.
El ejemplo de Venezuela ha sido en ese orden una señal de alerta que no debe pasar inadvertida a quienes asumen la responsabilidad de ser realistas.

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