Tanto poder, ¿para qué?

En 2008 se sabrá si la desmesurada acumulación de poder sirve para dar respuestas a las demandas sociales o si sólo fue gestada para eliminar a los enemigos. Por Juan Manuel Asís - Redacción LA GACETA.

05 Diciembre 2007
Desde que se acercó a Julio Miranda, a mediados de 1999, José Alperovich comenzó una lenta carrera de acumulación de poder político e institucional. Así, siendo radical llegó a ocupar el Ministerio de Economía de un gobernador justicialista, compitiendo por espacios internos con otros ministros estrella del gabinete de Miranda. Anduvo a los codazos en los primeros meses, pero a los dos años pudo mostrar que había hecho mejor las cosas y ganó su primera batalla: fue el candidato a senador del oficialismo, hecho para lo cual el PJ debió modificar su carta orgánica y permitir “por única vez” (fórmula que luego repetiría) la postulación de un extrapartidario. Desde el Senado no dejó de manejar los hilos del área económica con gente que le era afín, especialmente de la caja única que le generó amigos y enemigos políticos, dentro y fuera del peronismo. Después obtuvo el premio mayor: ser bendecido por Miranda  -“porque las encuestas favorecen al ‘ruso’, debe ser él”, decía en el gabinete- como el candidato del  Frente Fundacional para la gobernación. De esta forma llegó a ser parte de una sociedad que lo incomodó hasta abril de este año, cuando ganó la interna del PJ y pudo desprenderse de Fernando Juri.
En octubre de 2003, dio el primer gran paso: se convirtió en gobernador, siendo parte de un trípode de poder, junto con Miranda y con Juri. En pocos años, la oveja se convirtió en lobo; primero se deshizo del senador -quien realmente no quiso pelear: si hasta dejó la presidencia del PJ-, y luego doblegó en las urnas peronistas al vicegobernador. Ahora son sólo dos amigos. Días antes de asumir, Alperovich resumió lo que quería de sus colaboradores en una frase: “la estrella es el equipo”. En realidad, lo que quiso decir fue que en su gabinete la única estrella sería él y que no permitiría competencias políticas entre sus funcionarios. Dos años después terminó de delinear su pensamiento: “el único que hace política soy yo”. El que no lo entendiera debía abandonar sus filas, pero, por el contrario, su ejército se hizo mayor. Una batalla importante para que no se minara su poder fue la reforma constitucional. Al lograr imponer la reelección pasó a convertirse en el único candidato a la gobernación y en el gran elector, aunque le faltaba un triunfo más: obtener el PJ.
Hasta el 29 de octubre, el mandatario fue acumulando poder a la sombra del “vamos por más” que deslizó su esposa, la diputada nacional Beatriz Rojkés. Así es como se convirtió en un caudillo comarcano: se sacó de encima a sus socios originales, se hizo peronista, reformó la Carta Magna -en lo que fracasaron Ramón Ortega, Domingo Bussi y Miranda-, obtuvo la reelección, ganó el PJ, se amigó con los Kirchner, consiguió 43 de las 49 bancas de la Legislatura, sacó a un miembro de la Corte y puso a un amigo suyo -Antonio Estofán-, logró ocho de las nueve bancas de diputados nacionales en juego en dos años y casi no tiene oposición. Acumuló poder, tanto como el que hubiesen querido poseer sus antecesores, o los mismos opositores que reniegan y que lo acusan de hegemónico. El que siente el poder se enamora, y más lo desea, es una debilidad humana, natural y lógica.
Ahora bien, tanta acumulación de poder -que seguramente no cesará hasta que consiga los tres senadores en 2009, los dos de la mayoría y el tercero de la minoría- acarrea peligros, como el de creer que siempre se tiene la razón, especialmente cuando nadie se atreve a contradecirlo. “El manda”, se suele escuchar entre sus colaboradores, una frase que no habla de límites puestos o autoimpuestos. Durante 2008 no habrá comicios, por lo que no se plebiscitará su gestión, o bien el ciudadano no podrá opinar con su voto sobre la administración de Alperovich. Pero la sociedad le va a exigir más al Gobierno; todo lo que se hizo ya no sirve; el contexto nacional y provincial hará que el ciudadano exija más bienestar, mejor calidad de vida, y hasta mejor calidad institucional. La pregunta que cabe es si Alperovich acumuló tanto poder para satisfacer las demandas que se vienen o si sólo lo hizo para eliminar enemigos. Y si hay o no un plan de gobierno serio también se sabrá en 2008. El peligro para Alperovich es que sin urnas, el descontento social se canalice por la única vía que conoce: la movilización callejera.

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