Moda tóxica
Los funcionarios parecen tener claro qué es lo que hay que hacer con respecto al consumo de alcohol. Pero los resultados dicen que las medidas muestran un fracaso. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.
04 Diciembre 2007 Seguir en 
“No podemos tener una generación diferente con gente indiferente”, sentenció un lector de LA GACETA on line ante la información sobre el consumo de alcohol entre los jóvenes. La nota, que marca el problema cultural de las adicciones, generó un debate emotivo entre los lectores, que no coinciden. Lo mismo pasa en la sociedad: los responsables tampoco se ponen de acuerdo.Hoy los expertos describen ese problema cultural. Intoxicarse se ha convertido en una moda, en un hobby, explica Gustavo Marangoni, director de la Fundación Centro de Atención Interdisciplinaria. Lo mismo opina Alejandra Risso Patrón, titular del Instituto Provincial de Lucha contra el Alcoholismo. Ambos coinciden también en que hacen falta controles sobre la venta de alcohol a los chicos, y en la falta de atención de los padres. Pero uno observa las consecuencias de esa moda y analiza dónde fallan esos controles, y la otra trabaja precisamente en esos operativos. Risso Patrón sustenta su tarea en la cantidad de clausuras y en el aumento de las multas, y dice que la ley que prohíbe las fiestas a partir de las 4 de la mañana y los controles hicieron bajar la venta de alcohol a adolescentes.
Pero Marangoni habla de pre comas alcohólicos, que no se conocen porque no llegan a los hospitales. Y el presidente de la cámara que agrupa a los bolicheros, Rodolfo di Pinto (que tiene interés, por cierto, en que se derogue la ley de las 4 de la mañana), cuenta que los chicos ingieren verdaderas bombas en los boliches y se apuran para embriagarse.
Lo llamativo es que todos -hasta los chicos- están hablando del mismo fenómeno. Sólo que llegan a distintas conclusiones. Mientras Risso Patrón afirma que las cosas mejoran, Marangoni revela que la nueva modalidad adolescente es tomar con la intención de intoxicarse.
Algo se está haciendo mal. Todos reconocen que aumentaron las fiestas privadas o after. Marangoni dice que entre un 60% y un 70% de los jóvenes se alcoholiza cada fin de semana. Si lo trasladamos a la cantidad de chicos que salen a divertirse -estimada en más de 100.000 jóvenes por los mismos funcionarios-, tenemos que la venta de alcohol es brutal. Debe ser un negocio tan lucrativo que quienes se dedican a él tienen que estar ricos. Y acá cabe pensar en los beneficiarios. Hay que recordar que quienes estudian el fenómeno del crecimiento del consumo de alcohol revelan que hace 17 años, el litro de cerveza costaba el doble que un litro de leche. Hoy vale más o menos lo mismo. Y no se debaten las razones de este cambio. ¿No se puede pensar que por detrás de los intereses que generan ventas millonarias se ha contribuido al fomento del consumo desmedido?
En nuestro medio no están identificados cárteles de venta de sustancias adictivas (mafias de drogas o mafias de venta de licores clandestinos), a pesar de que hay una circulación intensa de esas sustancias ilegales. Ya sea drogas como marihuana -que se puede conseguir por delivery- y cocaína, o alcohol vendido a los menores. Que también se consigue por delivery.
“Es imposible controlar en todos los locales donde se vende alcohol”, dice Marangoni. “Es más importante la prevención, desde los nueve años, que es la edad de inicio”, destaca. Pero ahí se choca con el problema cultural, porque en la sociedad no se mira mal el consumo de alcohol. Lo que se mira mal es el exceso.
Funcionarios como el jefe de Policía, la titular del IPLA o el mismo secretario de Prevención de Adicciones, Alfredo Miroli, dicen que los padres deben hacerse cargo. Pero, a la vez, el mismo Miroli opina que esto es un juego en el que todos se tiran la pelota: “los jueces preguntan de quién es la responsabilidad, y culpan al PE; los padres afirman que es del juez; y el PE dice que es un problema de los padres... y en realidad es un problema de todos”, afirma.
Cada funcionario parece tener en claro lo que pasa. Pero mientras no coordinen criterios razonables, el resultado seguirá siendo un desastre: más consumo, más adictos y una moda tóxica donde hace años sólo había singularidades.







