La supremacía de la imagen

En la televisión argentina no existe un incentivo más dinámico desde otras áreas que pueda contrarrestar los efectos nocivos. Por Gustavo Martinelli - Redacción de LA GACETA.

02 Diciembre 2007
La fama es hoy lo que para los antiguos griegos fue la filosofía: un anhelo supremo. El destacado escritor y semiólogo italiano Umberto Eco asegura que el hombre de este nuevo siglo persigue, sobre todo, la notoriedad. Necesita ser admirado para sentirse vivo. Y cuenta la anécdota del escritor Hall Caine, que se volvió importante y famoso porque de joven supo conquistar la amistad del legendario Dante Gabriel Rossetti. Hoy, para lograr notoriedad, los jóvenes no buscan la compañía de filósofos o de escritores: prefieren la televisión. O, últimamente, internet. Tal vez por eso, los “reality shows” y los numerosos programas de concursos son tan exitosos como los blogs y los sitios para subir fotos y videos al estilo YouTube. Y no hay que recurrir a complejos estudios sociológicos para comprobar la veracidad de las palabras del autor de “El nombre de la rosa”. Sólo basta con observar el efecto que provoca en la sociedad el ciclo “Gran Hermano” o los concursos “Bailando, cantando o patinando por un sueño”. En las escuelas, las maestras deben organizar debates porque los alumnos no paran de hablar de estos programas; las academias de canto vernáculas están llenas de chicos que quieren prepararse para poder tener una oportunidad de mostrar su arte en la TV y hasta se organizan juegos de competencia de talentos al estilo de “Bailando por un sueño” (con jurado incluido) en la fiestas de cumpleaños de los más chicos. La gente que se concentró en la peatonal, frente a LA GACETA semanas atrás para ver y fotografiar a la tucumana Marianela Mirra, ganadora de la cuarta edición de “Gran Hermano”, en el balcón de la redacción demostró el intenso poder de sugestión que tiene la televisión. Hoy todos quieren ser como los concursantes del programa, que claramente participan con la esperanza de ganar fama y fortuna. No está mal, claro está. Aspirar a un futuro mejor forma parte de la esencia del ser humano. Ahora bien, mientras Eco considera malsano “el sistema de valores de los que, con tal de conseguir notoriedad, incendian el Templo de Diana en Efeso”, también asegura que moralizar sobre los que se hacen famosos a través de un reality show es un despropósito. “Es más moral intentar la visibilidad de esta forma que atormentar a los semejantes escribiendo poesías pésimas”, concluye Eco. Y tiene razón. El problema es otro. La cuestión tiene que ver más bien con el hecho de que no existe un incentivo más dinámico desde otras áreas que pueda contrarrestar este efecto. El viernes, en una visita que realizó a LA GACETA, el director del filme “Iluminados por el fuego” y responsable del canal cultural “Encuentro”, Tristán Bauer, fue aún más allá al afirmar que la televisión ni es basura ni es mediocre. “Cumple a rajatabla su función. Está hecha para satisfacer el consumo”, dijo. En décadas pasadas, los chicos soñaban con ser los protagonistas de alguna novela de Emilio Salgari o de Mark Twain. Copiaban los modismos de Lewis Carrol y atesoraban los valores transmitidos por el “Martín Fierro” o “El Quijote”. Más adelante, el cine introdujo su magia y llegó la fascinación por “Los diez mandamientos” o “Lo que el viento se llevó”. Hoy, todo pasa por la televisión y por internet. Y lo que no está en la pantalla chica o en la red no existe. Tal vez por eso la gente lee cada vez menos y se evade cada vez más. O se hace modelo, inicia una relación de pareja, se casa o se pelea frente a las cámaras de televisión. Todo un signo de los tiempos en los que la imagen intenta, de a poco, suplir a la palabra escrita.

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