02 Diciembre 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Una encuesta reciente de Gallup y la UCA marca como un hecho bastante extraño que hayan vuelto a caer las expectativas económicas, justo en el momento en que se inicia un nuevo período presidencial, tras una elección que tuvo a Cristina Fernández de Kirchner como clarísima vencedora. Sólo había ocurrido lo mismo en oportunidad del segundo mandato de Carlos Menem.
Ante la paradoja, los expertos que interpretaron el relevamiento han dicho que prefieren esperar un tiempo para explicar por qué no se produjo, ante la evidencia de una elección tan contundente, el esperado shock de expectativas favorables. Los especialistas arriesgaron un dilema: “¿los ciudadanos asocian (a la futura presidenta) con una nueva gestión o la ven como una continuidad de la actual?”.
Para teorizar, y en la búsqueda de elementos que permitan aproximar una conclusión, hay que tener en cuenta que la actual es una circunstancia inédita en la historia de la política argentina, con pocos antecedentes en el mundo. Que los integrantes de un matrimonio ampliamente consustanciado en ideología y ejecución se suceda el uno al otro, casi como en una reelección encubierta, es, de algún modo, el pecado original de toda esta historia de especulaciones y le agrega más desafíos a la complicada construcción política que deberá encarar Cristina de ahora en más. Si se diera el primer escenario (nueva gestión) es más que probable que la gente recupere el optimismo y que la baja de expectativas se supere, mientras que, en paralelo, se fortalecerá la figura presidencial; si se ratificara la segunda opción (continuidad), la actual primera dama podría quedar presa en el peor de los mundos, porque ya se habría consumido la luna de miel y comenzaría su mandato con el desgaste que supo conseguir... su propio esposo. Hasta ahora, hubo una serie de hechos objetivos que produjo la casi presidenta, tras aquel primer discurso de acercamiento que pronunciara durante la misma noche del triunfo, que permiten arrimar pistas para el análisis. Son todos episodios y gestos de evidente continuidad, alineados con el núcleo duro que sustentó la política económica de estos años que, está más que claro, no variará bajo ningún concepto (tipo de cambio alto, mantenimiento de los superávits, inversión pública y presencia cada vez más acentuada del Estado):
a) El nombramiento de un gabinete muy similar al actual, con la ratificación de algunas figuras al menos controvertidas.
b) La insistencia en mantener a rajatabla la Emergencia Económica, pese a que el marketing de los discursos (y las cifras) promocionan la “salida del infierno”.
c) La subestimación de los números del Presupuesto, un método que no engaña más a nadie, ya que está diseñado para permitir la distribución de los excedentes de caja.
d) La ponderación permanente de la política energética, el punto más débil de la gestión, tal como si no pasara nada.
e) La convalidación de la metodología que destruyó la credibilidad del INDEC y también de los cambios cosméticos en el cálculo futuro de la inflación, para que refleje únicamente números bajos.
f) La continuidad del método de lucha anti-inflacionaria con controles, listas de precios y convenios con los sectores productivos (canasta navideña incluida), y la presencia estelar de Guillermo Moreno.
g) La ratificación de la política industrial y la dureza manifiesta en la relación con el campo (retenciones, precios fijos a productores de leche y cierre de exportaciones de granos).
h) Una casi idéntica política comunicacional.
Pero, además, todos estos ítems de persistencia tienen por detrás un marco más subjetivo, a partir de una frase que se escucha cada vez más seguido en la boca de los habitantes de la Casa Rosada que seguirán en sus despachos, tras el 10 de diciembre: “Si así nos fue tan bien, ¿para qué cambiar?”.
También se han registrado señales, menores en cantidad, aunque todas de mucho peso por la envergadura que conllevan, cuya misión fue mostrar que se intentará encarar una gestión diferente:
a) Búsqueda de inversiones, mejor onda con el mundo (Club de París), acercamiento a Brasil y algo más de frialdad con Venezuela.
b) Cambio en la cúpula del ministerio de Economía.
c) Disposición de avanzar hacia un acuerdo social.
No obstante, los deseos en cada uno de estos temas ya han empezado a ser condicionados por la realidad. En el primer rubro, la presencia en la Argentina del número uno del FMI en la asunción de Cristina no asegura que habrá cambios de reglas de juego para que avance la negociación con el Club de París, aunque probablemente sí un atajo, donde la Argentina igual deberá tomar la dura medicina de sentarse a negociar alguna injerencia del Fondo. En el caso de las inversiones, no cayó nada bien en el exterior el avance de la llamada ley de tickets, no tanto porque busca desplazar un sistema que manejan varias empresas internacionales y que podría haber sido de discusión más abierta (más allá del ominoso intento de coima, puesto al desnudo por el autor del proyecto), sino porque se trata de un avance más de la cúpula sindical, siempre deseosa de conseguir mayor caja para sus obras sociales, algo que los inversores consideran peligroso.
Desde ya que en materia legislativa, la forma en que se avanzó con el Presupuesto y para imponer la prórroga de la Ley de Emergencia Económica han sumado interrogantes, como así también el mandato de la Corte para buscar un método de movilidad para los jubilados, con un costo fiscal anual de $ 8.000 millones o más, un rubro en que el gobierno saliente trabajó mucho, aún desde lo ideológico, pero al que la caben las generales de la ley de todos los sistemas de reparto del mundo: no se autofinancia en la relación trabajadores activos/pasivos.
Y, por supuesto también, las exigencias de atril del presidente Kirchner para con las petroleras Repsol y Petrobras, un par de días después de que el titular de la empresa española se despachara contra los países que “exacerban la demanda y no promueven la oferta”.
Aunque la boca vaya para otro lado, al menos, en cuestiones fiscales y tarifarias, el gobierno saliente se ha empeñado en hacer algunos reacomodamientos para mejorarle el horizonte a Cristina, sobre todo en materia de gasto y de recursos, con la imposición de mayores retenciones al agro. También se ha notado cierta tolerancia para con algunos deslizamientos de los precios de los combustibles: hoy, las naftas más aditivadas se acercan a $ 3 el litro en muchos surtidores.
En el caso de Martín Lousteau, pese al rol de moderador que muchos le asignan, su llegada al Palacio de Hacienda ya ha sufrido una serie de recortes que lo condicionan gravemente, desde el armado de su propio equipo. No ha podido llevar su gente al área de Industria y al menos tres secretarios más le han sido impuestos: uno de ellos, Juan Carlos Pezoa, le manejará la Caja con la misión de reportar directamente a Néstor Kirchner; otro, la política de precios (el inefable Moreno, hombre de Julio de Vido), mientras que la relación más que dificultosa con el campo seguirá en manos del también devidista Javier de Urquiza.
Sin embargo, parece que, como escoba nueva, el futuro ministro ha logrado meter baza para desactivar la ofensiva contra el primer eslabón de la cadena láctea, hoy jaqueado por la probable imposición de precios máximos a la materia prima, una intromisión en apariencia de Moreno que atenta contra los productores de toda condición y que beneficia nítidamente a elaboradoras y a exportadores. La protesta más terrible de aquellos fue el envío de vacas holando-argentina de los tambos al matadero, la mayor parte de ellas preñadas, como una manera de llamar la atención sobre un sector que se muere. La acción de Lousteau podría hacer retrotraer la medida y darle un horizonte al sector, ya que sin leche no hay industria ni ventas al exterior.
De modo similar, la política de cerrazón exportadora para aquellos que pretenden alinear los precios internos a los valores internacionales, ha sido más que complicada antes para la industria cárnica y ahora para quienes siembran trigo, con tres resultados negativos comprobables: la pérdida de mercados externos, la desincentivación de los productores y la concentración de las industrias, con el ingreso de jugadores extranjeros con espaldas más anchas. Así, este año se han liquidado vientres en exceso (fue récord, con 40% de la oferta centrada en vacas, terneras y vaquillonas) y en materia triguera se promete para 2008 una menor intención de siembra del cereal, que este último año ha cuadriplicado su valor internacional, sobre todo para la calidad de las espigas argentinas. Por último, está el acuerdo social en ciernes sobre el que Cristina ya ha bajado expectativas, sobre todo, para desactivar lobbies; entre ellos, el más potente: el de la CGT, que por boca de Hugo Moyano ya ha avisado que no retrocederá “ni un centímetro” en las demandas salariales.
Al respecto, ella misma acaba de pinchar algunos globos: “alguien cree que el acuerdo social es una gran ceremonia pomposa donde nos juntamos, se acuerdan cuatro o cinco medidas, discursos y luego todo fluye y esto no es así”, ha dicho el viernes.
¿Cómo será entonces? “Acordar es gobernar y gobernar es todos los días, por sector, por actividad”, es ahora la base del nuevo acuerdo, algo mucho más micro que la presidenta electa definió como la dinámica cotidiana de la gestión. Y en este punto, Cristina también se aparta de la política de mayor horizonte que parecía encarnar la idea original y automáticamente queda alineada con el modo de operar de cortísimo plazo que tanto le apasiona a Néstor Kirchner. “Si así nos fue tan bien, ¿para qué cambiar?” Otro dato de la continuidad.
Ante la paradoja, los expertos que interpretaron el relevamiento han dicho que prefieren esperar un tiempo para explicar por qué no se produjo, ante la evidencia de una elección tan contundente, el esperado shock de expectativas favorables. Los especialistas arriesgaron un dilema: “¿los ciudadanos asocian (a la futura presidenta) con una nueva gestión o la ven como una continuidad de la actual?”.
Para teorizar, y en la búsqueda de elementos que permitan aproximar una conclusión, hay que tener en cuenta que la actual es una circunstancia inédita en la historia de la política argentina, con pocos antecedentes en el mundo. Que los integrantes de un matrimonio ampliamente consustanciado en ideología y ejecución se suceda el uno al otro, casi como en una reelección encubierta, es, de algún modo, el pecado original de toda esta historia de especulaciones y le agrega más desafíos a la complicada construcción política que deberá encarar Cristina de ahora en más. Si se diera el primer escenario (nueva gestión) es más que probable que la gente recupere el optimismo y que la baja de expectativas se supere, mientras que, en paralelo, se fortalecerá la figura presidencial; si se ratificara la segunda opción (continuidad), la actual primera dama podría quedar presa en el peor de los mundos, porque ya se habría consumido la luna de miel y comenzaría su mandato con el desgaste que supo conseguir... su propio esposo. Hasta ahora, hubo una serie de hechos objetivos que produjo la casi presidenta, tras aquel primer discurso de acercamiento que pronunciara durante la misma noche del triunfo, que permiten arrimar pistas para el análisis. Son todos episodios y gestos de evidente continuidad, alineados con el núcleo duro que sustentó la política económica de estos años que, está más que claro, no variará bajo ningún concepto (tipo de cambio alto, mantenimiento de los superávits, inversión pública y presencia cada vez más acentuada del Estado):
a) El nombramiento de un gabinete muy similar al actual, con la ratificación de algunas figuras al menos controvertidas.
b) La insistencia en mantener a rajatabla la Emergencia Económica, pese a que el marketing de los discursos (y las cifras) promocionan la “salida del infierno”.
c) La subestimación de los números del Presupuesto, un método que no engaña más a nadie, ya que está diseñado para permitir la distribución de los excedentes de caja.
d) La ponderación permanente de la política energética, el punto más débil de la gestión, tal como si no pasara nada.
e) La convalidación de la metodología que destruyó la credibilidad del INDEC y también de los cambios cosméticos en el cálculo futuro de la inflación, para que refleje únicamente números bajos.
f) La continuidad del método de lucha anti-inflacionaria con controles, listas de precios y convenios con los sectores productivos (canasta navideña incluida), y la presencia estelar de Guillermo Moreno.
g) La ratificación de la política industrial y la dureza manifiesta en la relación con el campo (retenciones, precios fijos a productores de leche y cierre de exportaciones de granos).
h) Una casi idéntica política comunicacional.
Pero, además, todos estos ítems de persistencia tienen por detrás un marco más subjetivo, a partir de una frase que se escucha cada vez más seguido en la boca de los habitantes de la Casa Rosada que seguirán en sus despachos, tras el 10 de diciembre: “Si así nos fue tan bien, ¿para qué cambiar?”.
También se han registrado señales, menores en cantidad, aunque todas de mucho peso por la envergadura que conllevan, cuya misión fue mostrar que se intentará encarar una gestión diferente:
a) Búsqueda de inversiones, mejor onda con el mundo (Club de París), acercamiento a Brasil y algo más de frialdad con Venezuela.
b) Cambio en la cúpula del ministerio de Economía.
c) Disposición de avanzar hacia un acuerdo social.
No obstante, los deseos en cada uno de estos temas ya han empezado a ser condicionados por la realidad. En el primer rubro, la presencia en la Argentina del número uno del FMI en la asunción de Cristina no asegura que habrá cambios de reglas de juego para que avance la negociación con el Club de París, aunque probablemente sí un atajo, donde la Argentina igual deberá tomar la dura medicina de sentarse a negociar alguna injerencia del Fondo. En el caso de las inversiones, no cayó nada bien en el exterior el avance de la llamada ley de tickets, no tanto porque busca desplazar un sistema que manejan varias empresas internacionales y que podría haber sido de discusión más abierta (más allá del ominoso intento de coima, puesto al desnudo por el autor del proyecto), sino porque se trata de un avance más de la cúpula sindical, siempre deseosa de conseguir mayor caja para sus obras sociales, algo que los inversores consideran peligroso.
Desde ya que en materia legislativa, la forma en que se avanzó con el Presupuesto y para imponer la prórroga de la Ley de Emergencia Económica han sumado interrogantes, como así también el mandato de la Corte para buscar un método de movilidad para los jubilados, con un costo fiscal anual de $ 8.000 millones o más, un rubro en que el gobierno saliente trabajó mucho, aún desde lo ideológico, pero al que la caben las generales de la ley de todos los sistemas de reparto del mundo: no se autofinancia en la relación trabajadores activos/pasivos.
Y, por supuesto también, las exigencias de atril del presidente Kirchner para con las petroleras Repsol y Petrobras, un par de días después de que el titular de la empresa española se despachara contra los países que “exacerban la demanda y no promueven la oferta”.
Aunque la boca vaya para otro lado, al menos, en cuestiones fiscales y tarifarias, el gobierno saliente se ha empeñado en hacer algunos reacomodamientos para mejorarle el horizonte a Cristina, sobre todo en materia de gasto y de recursos, con la imposición de mayores retenciones al agro. También se ha notado cierta tolerancia para con algunos deslizamientos de los precios de los combustibles: hoy, las naftas más aditivadas se acercan a $ 3 el litro en muchos surtidores.
En el caso de Martín Lousteau, pese al rol de moderador que muchos le asignan, su llegada al Palacio de Hacienda ya ha sufrido una serie de recortes que lo condicionan gravemente, desde el armado de su propio equipo. No ha podido llevar su gente al área de Industria y al menos tres secretarios más le han sido impuestos: uno de ellos, Juan Carlos Pezoa, le manejará la Caja con la misión de reportar directamente a Néstor Kirchner; otro, la política de precios (el inefable Moreno, hombre de Julio de Vido), mientras que la relación más que dificultosa con el campo seguirá en manos del también devidista Javier de Urquiza.
Sin embargo, parece que, como escoba nueva, el futuro ministro ha logrado meter baza para desactivar la ofensiva contra el primer eslabón de la cadena láctea, hoy jaqueado por la probable imposición de precios máximos a la materia prima, una intromisión en apariencia de Moreno que atenta contra los productores de toda condición y que beneficia nítidamente a elaboradoras y a exportadores. La protesta más terrible de aquellos fue el envío de vacas holando-argentina de los tambos al matadero, la mayor parte de ellas preñadas, como una manera de llamar la atención sobre un sector que se muere. La acción de Lousteau podría hacer retrotraer la medida y darle un horizonte al sector, ya que sin leche no hay industria ni ventas al exterior.
De modo similar, la política de cerrazón exportadora para aquellos que pretenden alinear los precios internos a los valores internacionales, ha sido más que complicada antes para la industria cárnica y ahora para quienes siembran trigo, con tres resultados negativos comprobables: la pérdida de mercados externos, la desincentivación de los productores y la concentración de las industrias, con el ingreso de jugadores extranjeros con espaldas más anchas. Así, este año se han liquidado vientres en exceso (fue récord, con 40% de la oferta centrada en vacas, terneras y vaquillonas) y en materia triguera se promete para 2008 una menor intención de siembra del cereal, que este último año ha cuadriplicado su valor internacional, sobre todo para la calidad de las espigas argentinas. Por último, está el acuerdo social en ciernes sobre el que Cristina ya ha bajado expectativas, sobre todo, para desactivar lobbies; entre ellos, el más potente: el de la CGT, que por boca de Hugo Moyano ya ha avisado que no retrocederá “ni un centímetro” en las demandas salariales.
Al respecto, ella misma acaba de pinchar algunos globos: “alguien cree que el acuerdo social es una gran ceremonia pomposa donde nos juntamos, se acuerdan cuatro o cinco medidas, discursos y luego todo fluye y esto no es así”, ha dicho el viernes.
¿Cómo será entonces? “Acordar es gobernar y gobernar es todos los días, por sector, por actividad”, es ahora la base del nuevo acuerdo, algo mucho más micro que la presidenta electa definió como la dinámica cotidiana de la gestión. Y en este punto, Cristina también se aparta de la política de mayor horizonte que parecía encarnar la idea original y automáticamente queda alineada con el modo de operar de cortísimo plazo que tanto le apasiona a Néstor Kirchner. “Si así nos fue tan bien, ¿para qué cambiar?” Otro dato de la continuidad.







