El abismo entre Fleco y Male y Los Simpson

El Estado es contradictorio con respecto al problema de la droga. Todos reconocen que el consumo estalló, pero plantean medidas diferentes. La falta de sentido común. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

27 Noviembre 2007
¿Quién tiene la verdad sobre el drama de la droga entre los jóvenes? La respuesta puede ser tan amplia como el abismo que separa el impacto que puede generar el dibujo animado de Fleco y Male (dos personajes que se negaban a probar drogas) y el de Homero Simpson (un personaje adicto que se fumó un porro en más de una ocasión). Ambos dibujitos tienen en común el tratamiento de un problema que preocupa a la sociedad y que en Tucumán -como en muchas partes del mundo- se ha vuelto incontrolable. La diferencia está en el enfoque. Un dibujo plantea una lucha frontal contra el flagelo. El otro presenta una visión irónica sobre las hipocresías de la sociedad.  
El secretario provincial de Prevención y Asistencia de las Adicciones, Alfredo Miroli, es un protagonista de esta problemática. Da charlas en los colegios y organizó el programa antidrogas en Tucumán. Y fue el autor de los cortos televisivos de Fleco y Male hace una década, cuando, en los tiempos de Carlos Menem, era el secretario nacional del área. Sus cortos -que invariablemente terminaban con la frase “drogas... ¿para qué?”- fueron vistos por buena parte de los jóvenes que durante todos estos años consumieron también la serie “Los Simpson”. O sea que tuvieron la oportunidad de decidir con cuál mensaje quedarse.
Hay que decir, eso sí, que entre 1997 y 2007 hay una diferencia sustancial: en esa época se temía la llegada del flagelo y se consideraba Tucumán zona de paso de la droga. Ahora se habla de un problema cultural, y el mismo Miroli opina que esta es una sociedad vencida, que ha perdido todos los anticuerpos. “Se perdió el eje; por eso el consumo estalló”, dice. De lo cual hay que inferir que ni la condena construida sobre las historias de Fleco y Male, ni las ironías elaboradas alrededor de la figura de Homero han tenido efecto. El problema de la droga en la sociedad abarca mucho más, y las respuestas han sido demasiado escuetas y han estado impregnadas de prejuicios.
 
Distintas visiones
Si no, veamos las acciones del Estado, que en este caso, encarnan tanto la Secretaría de Prevención de Adicciones como el Programa PUNA, de la UNT y el Servicio de Prevención de Adicciones del Hospital Avellaneda, por citar sólo tres organismos. Mientras el titular del primero -Miroli- afirma que no hay que encerrar a los jóvenes adictos porque eso va contra la ley y no es adecuado terapéuticamente, la jefa del servicio del Avellaneda, María Eugenia Almaraz, dice que cada vez aparecen casos más serios que necesitan internación. Mientras Miroli explica que hay que trabajar con las familias de los chicos, porque -dice- no se trata sólo de curar sino de nutrir con afecto, los padres piden que haya lugares que contengan a sus hijos adictos, a los que no pueden manejar. Además -como reclamaron hace pocos días en Concepción-, no tienen quién los atienda, ni siquiera en centros de día o en los hospitales. “Había turnos para después de un mes”, dijo la madre de uno de ellos.
¿Quién tiene razón? Aún cuando no se responda esto, está claro que el Estado está en falta. Construye desde hace dos años un centro de tratamiento para mayores de 18 años, mientras los expertos y los padres piden con urgencia un lugar para tratar a los menores. Dicen que se llega a la consulta y al tratamiento tarde. El mismo Estado demora en definir esta situación hace poco más de un año aplicó una curiosa terapia con drogas para pacificar a los menores adictos internados en el Instituto Roca. Terapia cuestionada por muchos expertos, algunos integrantes del staff del mismo Estado.
No se puede decir que no se haya hecho nada. Desde los cortos de Fleco y Male, Miroli se ha movido para difundir su prédica y para señalar la responsabilidad de los padres. Hizo convenios con ONG para que los chicos adictos recibieran asistencia ambulatoria; habla de tareas de prevención; dice que no hay que perseguir al adicto, sino al narco, y afirma que los padres deben involucrarse, perder el miedo y denunciar a los que venden drogas. Defiende también la ley de las 4 de la mañana. “El Gobierno no puede salir a cerrar veredas y plazas para que los chicos dejen de drogarse y vuelvan a su casa cuando los boliches cierran... Ese es el rol del padre, que es el único que puede decir ‘no’ sin dar explicaciones”, afirma.
La pregunta es: ¿ese es el camino? ¿Tiene conciencia el secretario de que el Estado echa sobre el tema distintas miradas, y que estas a menudo son contradictorias? ¿Las críticas que hacen los expertos que forman parte de ese mismo Estado no son válidas? ¿No valdría la pena aunar criterios, aprovechando que en esta época no sólo se han perdido los anticuerpos (como dice Miroli) sino también los efectos dañinos de la moral pacata?
Quizá no haga falta que se mida el abismo entre Fleco y Male y Homero Simpson. Acaso haya que tener los ojos abiertos para tratar de aplicar el sentido común, tan mentado últimamente por nuestras autoridades.

 

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios