27 Noviembre 2007 Seguir en 
Es una de las profesiones más estresantes y, al mismo tiempo, con menos reconocimiento social; los policías en todo el mundo - y Tucumán está lejos de ser una excepción- se ven sometidos a una presión constante y, en muchos casos, terminan en el centro de situaciones polémicas que frecuentemente derivan en denuncias en su contra. Hay elementos que explican claramente por qué se trata de un trabajo fuera de lo común: la necesidad de portar permanentemente un arma -e incluso de llevarla a la propia casa durante los períodos de descanso, con los riesgos que esto conlleva-; las situaciones de violencia que deben resolver a diario; la necesidad de cumplir con servicios adicionales de vigilancia para engrosar sus remuneraciones y la imposibilidad de completar los períodos de descanso dispuestos en su régimen de trabajo hacen que los miembros de la fuerza policial soporten presiones muy diferentes de las que se experimentan en otros trabajos.
Sin embargo, los policías no se someten a un examen periódico para determinar su estado psicológico. Como todo empleado público, deberían ser examinados por lo menos una vez a año por parte de la correspondiente ART, pero esto no sucede. Los estudios psicofísicos se realizan a pedido de los jefes, cuando estos saben que los agentes han estado expuestos a una situación particularmente estresante. Y las consultas a los profesionales del área, que últimamente se han incrementado más de un 5%, se producen generalmente a pedido de los propios agentes afectados.
Existen actualmente más de 8.000 personas, entre hombres y mujeres, en las filas de la Policía, pero son pocos los que reciben ayuda psicológica. Desde luego, la primera precaución que se debe tomar para evitar futuros problemas son los controles y las evaluaciones que debe superar quienes aspiran a ingresar en la Policía. En ese sentido, es elemental el examen destinado a detectar una estructura psicótica o perversa, pero de ninguna manera esta precaución asegura que el agente no vaya a experimentar posteriormente alguna situación ajena o perteneciente a su ambiente de trabajo que lo lleve a un desequilibrio emocional. Por eso se hacen indispensables los controles permanentes y debe asegurarse el fácil acceso del agente a la consulta psicológica cuando aparece algún conflicto, sin que este episodio se convierta en una página negra dentro de sus antecedentes profesionales.
Los especialistas advierten también que el desarrollo de una vida familiar y social satisfactoria es de fundamental importancia para evitar desbordes emocionales. Por este motivo, los descansos y las vacaciones de quienes tienen puestos de trabajo de tan alto riesgo deberían estar garantizados y cumplirse sin retaceos.
Es enorme la responsabilidad de aquellos a quienes la sociedad entrega sus armas para que la protejan; pesa sobre ellos la ímproba tarea de imponerse con autoridad sobre quienes se apartan del marco legal que la comunidad se ha dado para vivir en paz y en armonía. Son necesarios, para hacerlo sin caer en el abuso de la fuerza, un enorme equilibrio psíquico y una formación específica fundada en los valores democráticos y en la absoluta observación de las normas vigentes; al mismo tiempo, resultan imprescindibles la contención y la orientación de los agentes y la permanente evaluación de su conducta por parte de profesionales para advertir los síntomas de cualquier desborde.
Sólo así la comunidad podrá volver a confiar en su fuerza policial y se habrá logrado un sustancial aporte a la paz social.
Sin embargo, los policías no se someten a un examen periódico para determinar su estado psicológico. Como todo empleado público, deberían ser examinados por lo menos una vez a año por parte de la correspondiente ART, pero esto no sucede. Los estudios psicofísicos se realizan a pedido de los jefes, cuando estos saben que los agentes han estado expuestos a una situación particularmente estresante. Y las consultas a los profesionales del área, que últimamente se han incrementado más de un 5%, se producen generalmente a pedido de los propios agentes afectados.
Existen actualmente más de 8.000 personas, entre hombres y mujeres, en las filas de la Policía, pero son pocos los que reciben ayuda psicológica. Desde luego, la primera precaución que se debe tomar para evitar futuros problemas son los controles y las evaluaciones que debe superar quienes aspiran a ingresar en la Policía. En ese sentido, es elemental el examen destinado a detectar una estructura psicótica o perversa, pero de ninguna manera esta precaución asegura que el agente no vaya a experimentar posteriormente alguna situación ajena o perteneciente a su ambiente de trabajo que lo lleve a un desequilibrio emocional. Por eso se hacen indispensables los controles permanentes y debe asegurarse el fácil acceso del agente a la consulta psicológica cuando aparece algún conflicto, sin que este episodio se convierta en una página negra dentro de sus antecedentes profesionales.
Los especialistas advierten también que el desarrollo de una vida familiar y social satisfactoria es de fundamental importancia para evitar desbordes emocionales. Por este motivo, los descansos y las vacaciones de quienes tienen puestos de trabajo de tan alto riesgo deberían estar garantizados y cumplirse sin retaceos.
Es enorme la responsabilidad de aquellos a quienes la sociedad entrega sus armas para que la protejan; pesa sobre ellos la ímproba tarea de imponerse con autoridad sobre quienes se apartan del marco legal que la comunidad se ha dado para vivir en paz y en armonía. Son necesarios, para hacerlo sin caer en el abuso de la fuerza, un enorme equilibrio psíquico y una formación específica fundada en los valores democráticos y en la absoluta observación de las normas vigentes; al mismo tiempo, resultan imprescindibles la contención y la orientación de los agentes y la permanente evaluación de su conducta por parte de profesionales para advertir los síntomas de cualquier desborde.
Sólo así la comunidad podrá volver a confiar en su fuerza policial y se habrá logrado un sustancial aporte a la paz social.







