Maquillaje transparente y doble discurso oficial
El Gobierno predica valores y dicta, para las comunas, normas que resultan encomiables, pero que no tienen correlato en el orden provincial y se oponen a su comportamiento. Por Alvaro José Aurane - Redacción LA GACETA.
15 Noviembre 2007 Seguir en 
En 2001, el columnista de "La Nación", Orlando Barone, reparó en que el mismo día en que la Justicia disponía la liberación del ex presidente Carlos Menem, procesado por el tráfico de armas a Ecuador, también confirmaba la prisión para Giselle Rímolo, la falsa médica que prescribía tratamientos y remedios. "Algo quedó claro -ironizó-: el contrabando de dietas es más grave que el contrabando bélico".En la Argentina convulsionada, lo único que es constante, y hasta consistente, es el doble discurso. Una conducta que, según el refrán, consiste en persignarse en la sacristía y escupir en el altar mayor. Tucumán no escapa a esa realidad. Por el contrario, durante este mes, el doble discurso ha sido, prácticamente, el único discurso del Gobierno. El ejemplo paradigmático es el de las comunas rurales.
Acertadamente, el gobernador, José Alperovich, decretó que los secretarios habilitados de las comunas no pueden ser parientes de los comisionados rurales. Pero no dictó nada parecido en el orden provincial. Quedó claro, entonces, que es más grave designar un familiar en un caserío del interior que ubicarlo en organismos provinciales o en el Congreso de la Nación.
Correctamente, se exigió que los habilitados tengan título secundario. Ya la Ley Orgánica de Comunas fija que los delegados rurales, cuanto menos, deben tener el primario completo. Sin embargo, a los convencionales constituyentes (esos que iban a buscar comida y órdenes en la casa de Alperovich) se les olvidó fijar condiciones similares para los legisladores. Queda claro que es más grave no saber leer ni escribir en un pueblito que ser un analfabeto con atribuciones para votar el Presupuesto provincial.
De manera encomiable, el mandatario provincial también pidió a los jefes comunales que no designen ñoquis. En contraste, el informe del Tribunal de Cuentas sobre la cuenta de inversión del año pasado, muestra que, entre 2001 y 2006, los recursos crecieron el 254% en Tucumán, pero los gastos crecieron el 266%. El ministro de Economía, Jorge Jiménez, reconoció, oportunamente, que el grueso del crecimiento del gasto se debe al rubro "personal". Queda claro que es más grave nombrar algunos punteros en la villa, que hacer la vista gorda a la empleomanía provincial y contribuir a mantener una planilla salarial enorme, que llevó a que la Provincia de los casi $ 100 millones de superávit, en 2004, deficitara $ 120 millones el año pasado.
Coherentemente, desde la Casa de Gobierno ahora exigen rendiciones de cuentas a las comunas, so pena de intervención. Queda claro: a esta gestión le encanta mentar la soga en la casa del ahorcado. El mismo informe sobre la cuenta de inversión de 2006 (al igual que el de 2005) reclama que el Gobierno cambie la forma en la que expone el Presupuesto para evitar que se viole el principio de claridad. Luego, es más grave adeudar un balance bimestral (en la mayoría de las comunas, son rendiciones inferiores a $ 1 millón), que no explicar cómo van a invertirse varios miles de millones de pesos que son del pueblo.
Por cierto, la oposición denunció desde el primer día de la anterior gestión que las comunas eran la "caja negra" de las finanzas del Gobierno. Este diario reveló que, en enero, 86 de las 93 comunas adeudaban rendiciones de cuentas. Cuando la Justicia pidió informes al Gobierno sobre el dinero que les coparticipaba en 2005, la Secretaría de Coordinación de Municipios y Comunas informó que el monto era de $ 65 millones. Al mismo tiempo, la Contaduría General de la Provincia respondió que la cifra superaba los $ 229 millones. Queda claro que es más grave emitir cheques sin fondos por $ 640.000 (Monte Bello) o por $ 330.000 (Medinas), que traspapelar (por así decirlo) $ 164 millones. Los comisionados serán intervenidos. Los secretarios de Estado recibirán fueros parlamentarios.
No es el único caso. Famaillá actualizó en 2005 una deuda de $ 750.000 y la llevó a $ 2 millones. Recibió del Gobierno, en 2006, el dinero para pagar, pero un año después había acreedores que no habían recibido un centavo. El Ejecutivo no censuró ese comportamiento. Y en los primeros 90 días de este año, remitió a esa municipalidad $ 7 millones: dinero suficiente para pagar dos años de sueldos. De ese dineral, $ 1,6 millón correspondía a un cheque de un banco que no es el oficial, que llegó 15 días antes de la interna peronista del 1 de abril. Cuando esto salió a la luz, Alperovich se trasladó a Famaillá a respaldar a sus administradores. Si hay problemas con cifras de seis dígitos, que venga la intervención. Si se trata de montos superiores, que venga ese abrazo.
Maquillaje transparente
En este contradictorio contexto, el objeto del doble discurso oficial pareciera ser una campaña alperovichista para maquillarse de transparencia frente a Cristina de Kirchner, lo único que tendrá de novedoso la próxima Presidencia. Porque, en el fondo, el oficialismo mantendrá sus prácticas menemistas. Para el caso, el vicegobernador Juan Manzur no descartó pagar a los legisladores "gastos especiales", pero aclaró que para asignarlos, cada legislador deberán exponerle "programas" y "objetivos" para que él evalúe cuánto darle a cada uno.
Para disfrazarse de legalistas, el alperovichismo no dudará en descabezar a propios y a extraños. En la lista de comunas pasibles de ser intervenidas, aseguran, siguen Los Sosa y Garmendia. Y continúa, por supuesto, el desgaste contra el hasta hace poco intocable Sergio Mansilla, el ex coordinador de Municipios y Comunas que, con su discurso anti-acoplados, tantas enemistades se ganó en la Cámara y en el Ejecutivo. No son pocos los que ya hablan de arrebatarle la presidencia subrogante de la Legislatura, frente a los escándalos de las comunas. Le toca, en carne propia, vivenciar una perversa enseñanza. Pareciera claro que, en este gobierno, más grave que ser un advenedizo, es ser un dirigente fiel que se ha quedado sin poder.
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