Por un mundo mejor
Nadie es perfecto. Santificar la vida tal vez sea ir en la búsqueda del horizonte más próximo para poder sonreír sin reparos. Por Luis Mario Sueldo - Redacción de LA GACETA.
28 Octubre 2007 Seguir en 
La educación es una matriz que entrega las herramientas para acceder a niveles de capacidad y de aproximación a cierta plenitud. El ingreso a las fuentes de conocimiento debería garantizar una visión de la vida donde la fase humanística disponga de un protagonismo esencial. Sin embargo, el hombre suele dejar que prevalezcan en sus acciones los ángulos negativos de diversos factores culturales y/o de influencias de contextos familiares y sociales. De ahí que le resulta complicado desprenderse de muchas cargas. Como consecuencia, tiende a envolverse e un combo de ego, indiferencia y necedad, y utiliza los recursos adquiridos para manejar las circunstancias sólo en beneficio propio (o de la “tribu”). Así soslaya el perjuicio que pudiera ocasionar a terceros desconocidos o, incluso, a sus prójimos más cercanos; no tamiza el pensamiento y manda mensajes trastocados.Velar por los intereses particulares está fuera de toda discusión (“la caridad bien entendida empieza por casa”), pero cuando abandonamos la búsqueda de amalgamarlos con el bien común ingresamos peligrosamente en el terreno de la desidia ética.
“La sabiduría es una de las cosas más bellas; y como Eros ama lo que es bello, es amante de la sabiduría”, enseñaron los griegos. Y sí, sólo con nuestra capacidad de amar podemos darle significado al universo, a veces tan indiferente.
“Ni el mundo nace bueno, ni el hombre es justo de por sí”, escribió el jujeño Héctor Tizón. Ser buenos -o al menos, mejores- y combatir las injusticias es el deber de todos, aunque sepamos o creamos que el cometido nos supera. Renunciar fácilmente a la cordura, a las ideas y al respeto a las formas significa, inevitablemente, instalarse en un estado regresivo y, quiera que no, nos fagocita ese “country” de tristezas que todos tenemos en algún lugar del alma.
Ahora bien, la cuestión no pasa por instalarse sobre una tarima para pontificar sobre el bien y el mal. Lo ideal sería comenzar primero con uno mismo en ese afán revisionista y redencionista. Hacernos cargos de nuestras culpas. ¡Qué atrevimiento y qué soberbia dejan ver algunos sermones de profesionales, de políticos, de amigos...! Por ahí impresionan como si estuvieran convencidos de interpretar a Dios, y lo presentan casi como un ogro que sonríe cuando uno hace sólo lo que está correcto o permitido por el statu quo.
Santificar la existencia no significa ser extraordinarios y únicos. Eso es privilegio sólo de algunos. “Si sólo hubiese criaturas de excepción, es muy probable que no hubiese instituciones ni pedagógicas ni de poder público” (Ortega y Gasset).
Nadie es perfecto, pero siempre habrá mucha gente que intentará acercarse a los parámetros de la lucha por un mundo mejor en la medida de sus posibilidades, de sus limitaciones, de su pobre o rica trayectoria... Santificar la vida tal vez sea soñar que uno puede ser feliz; tal vez sea buscar el horizonte más próximo para poder sonreír sin reparos; tal vez sea mirar al otro con absoluta confianza y poder tocarlo sin que nos dé temor, y creyendo que es igual o mejor que uno; tal vez sea asumir que hay una misión por cumplir en un camino que de pronto se hace demasiado corto... Un transgresor, en el sentido puro del término, se mueve por grandes sentimientos de amor, aun a riesgo de parecer ridículo. Oscar Wilde sintetizó con maestría estos aconteceres: “es absurdo dividir la gente en buena o mala; la gente es encantadora o aburrida”.







