Una elección para decir qué cosas hacer y cuáles cambiar

Entre la evaluación del pasado y la visualización del futuro, una vez más los argentinos dirán presente en el cuarto oscuro. ¿Un 30% no irá a votar? Por Hugo E. Grimaldi, columnista de DyN.

28 Octubre 2007
BUENOS AIRES.- Las urnas y no las encuestas están en camino de consagrar por sexta vez consecutiva como presidente de la Nación a un/a ciudadano/a, tras el retorno de la democracia formal, en 1983. Igualmente, la fiesta de este casi cuarto de siglo no ha sido plena, ya que mientras algunos gobernantes se fueron antes, otros cebaron bombas que explotaron tiempo después. Aunque en algunas situaciones hubo ciertamente espacio para la anarquía, la buena noticia fue que, en el medio, siempre funcionaron los remedios constitucionales.
La sociedad también tuvo su periplo, ya que dejó de lado, quizás para siempre, aquella inveterada costumbre de golpear en la puerta de los cuarteles y la reemplazó, en su momento, por el “que se vayan todos”, dos formas muy similares y agraviantes para sí misma de no hacerse cargo de sus malas elecciones.
Desde lo práctico, la gente consintió amablemente durante todos estos años demasiados desvíos institucionales, por mantener sólo un aparente bienestar en sus bolsillos, mientras que, en paralelo, la falta de apego a las leyes se hacía un festín y crecía, de modo demasiado peligroso, la deuda social y educativa, cóctel que derivó en la falta de seguridad que vulnera su vida a diario.
Esta memoria colectiva, para algunos irremediablemente desquiciada y para otros marca de fábrica de los argentinos, es el lastre social con el que llegará cada uno de los ciudadanos a las mesas de votación. Pero también estará la memoria individual, aquella a la que el Presidente apeló más de una vez. “Los argentinos llenarán las urnas de buena memoria”, ha dicho Néstor Kirchner, aunque la frase, de alto voltaje político sobre todo si no le va bien al oficialismo, sirva tanto para un barrido como para un fregado, ya que las subjetividades (o “verdades relativas” como al propio Presidente le gusta pregonar para mostrar pluralidad y apego a la confrontación de ideas) suelen explicar la realidad de diferente forma.
En este aspecto, habrá un grupo de votantes que compararán la crisis de 2001/02 y el infierno que se vivía por entonces con las mejoras económicas y sociales que hoy seguramente ponderan por sobre toda otra cuestión. En este punto, las estadísticas que se comparan con lo peor de ese período negro no arrojan más que satisfacciones para el Gobierno, con algunos lunares no menores, aunque redimibles.
Los últimos discursos presidenciales han sido un rosario de números para abonar esta parte de la memoria. Así, Kirchner detalló los avances de su gestión: crecimiento constante del PBI que suma 50%, con impulso determinante de la industria, especialmente en la automotriz con un salto de 90.000 a 540.000 autos por año; superávits fiscal y comercial, logrados ambos de modo casi inédito en la historia económica argentina; recaudación récord; recuperación del salario e incremento del mínimo de $ 360 a $ 980; baja de la pobreza (al 23,6%) y de la indigencia (al 8%); aumento de la jubilación mínima de $ 150 a $ 620 e ingreso casi sin aportes a la jubilación estatal de 1,3 millones de personas; aumento en la participación del factor trabajo en el PBI de 34 a 41%; baja del desempleo del 24,4% al 7,7%; renegociación de la deuda, con quita de U$S 67.000 millones; más inversión, etcétera.
Pero, del otro lado, están quienes tienen consideraciones diferentes a las presidenciales, quienes piensan con la selectividad de su propia memoria que todo podría haberse hecho mucho mejor y el país despegado con mayor fuerza de haberse encarado una política más abierta hacia el mundo, sin tantas dependencias ideológicas y dotada de mayor realismo, sobre todo en materia de deuda y tarifas, lo que hoy hizo declinar peligrosamente la inversión y se tradujo en el cierre de los mercados de deuda para la Argentina, salvo el venezolano.
Para todos estos memoriosos de la otra vereda, en la recuperación tuvieron mucho más que ver la situación internacional y los precios de los commodities, que sumaron por carradas impuestos por retenciones a las arcas del Estado, que la propia gestión, a la que juzgan deficiente, con áreas poco menos que calamitosas. En este aspecto, el ministerio de Planificación se lleva las palmas, especialmente en materia energética, con funcionarios que fustigaron a todos los que hablaban de crisis, mientras rezaban para que no se verificara, hasta que tuvieron que hocicar cuando las estadísticas del PBI demostraron el parate de la industria.
También observan que la situación fiscal de la Nación y las provincias se deterioró desde un superávit global del 3,7% del PBI en 2004 a un cierto equilibrio durante este año, mientras critican la menor competitividad, producto del aumento de los salarios (75%), en relación a las mejoras del tipo de cambio (10%).
En cuanto a la inflación, la memoria de estos otros ciudadanos, que también se nutre de los recuerdos colectivos de espanto que todos tienen hacia el fenómeno, parecería no hacer tanto hincapié en aspectos técnicos derivados del modelo de dólar alto, sino en los remedios que se buscaron para atenuarla (controles, listas, patoteadas de Guillermo Moreno), en la manipulación de los índices y en las mentiras que se dijeron para esconderla. A esta misma porción de la población también le importan sobremanera, y es capaz de recitarlos de memoria, los desvíos institucionales, desde el aniquilamiento de la confiabilidad del Indec, que impacta decisivamente en las estadísticas de pobreza e indigencia, hasta los cambios en el Consejo de la Magistratura, las leyes que permiten manipular el Presupuesto y las situaciones de corrupción donde estuvieron presuntamente involucrados funcionarios del actual gobierno.
Cuando el Presidente habla de la buena memoria parece que se mira en su propio espejo, en relación a algo que quedará como una característica distintiva de su gobierno: mucho pasado, mucha coyuntura y poca estrategia de mediano y largo plazo. En general, los ciudadanos no proceden como simples verificadores de lo que ocurrió, sino que además de hacerlo proyectan sus propias necesidades y remedios hacia adelante, algo que es parte de la evaluación de los candidatos. Sobre el futuro, hay cierto consenso entre casi todos los que compiten en esta elección en que el presidente que se instale en la Casa Rosada el 10 de diciembre no tendrá por delante un escenario de explosión y que deberá hacer algunos ajustes no demasiado grandes ni traumáticos, en la medida que no se dejen avanzar más los desvíos que el año electoral le ha traído a la economía. Pese a que no vendría mal guardar para los años de vacas flacas, las señales externas en cuanto al precio de las materias primas parecen bastante sustentables y de largo aliento y sólo habría que prestarle atención a la luces amarillas que advierten sobre la evolución de la economía de los EE.UU.
Un primer ajuste básico debería apuntar a reducir la velocidad de crecimiento del gasto público para ponerla por debajo del ritmo de aumento de la recaudación fiscal y restaurar así el superávit fiscal. También es probable que se avance hacia un ajuste progresivo de las tarifas de servicios públicos y también que se aceleren las negociaciones con el FMI y el Club de París, ambos cambios de enfoques para darle señales positivas a la inversión.
Además, los expertos recomiendan moderar la puja distributiva, situación que le pondría más leña al fuego de la inflación, aunque allí habría que ver como se acomodan las necesidades industriales de un mayor tipo de cambio con los reclamos de ajustes salariales. Probablemente, cualquier devaluación deberá ser compensada con más retenciones al sector agropecuario, lo que mejoraría el frente fiscal, mientras que la gran duda está en saber cómo reaccionará al respecto el sector sindical, si se conformará con la recomposición de la inflación pasada o si pedirá a cuenta de la que puede venir.
Con todo este bagaje de mixtura entre la evaluación del pasado y la visualización del futuro, una vez más los argentinos dirán presente en el cuarto oscuro, aunque las cifras sobre apatía estén marcando 30% de eventuales desencantados que no irían a votar. En este caso, pese a la caída de más de 10 puntos desde 1983 a la fecha, también habrá que corroborar la cifra con el presentismo final, junto a los votos blancos e impugnados que se prometen en protesta.
Como ocurre siempre tras una elección estarán los que buscarán excusas de todo tipo para desmerecer el triunfo del rival y los que apelarán a explicaciones retorcidas y a agravios gratuitos. Desde la acusación de extrema dependencia del poder político o de votar por ignorancia que ya hacen los opositores a los que votarán por el oficialismo, hasta la categorización de “gorilismo” que ya se escucha en esferas oficiales hacia los que votarán por la oposición.
Que nadie festeje a cuenta, ya sea por llegar o porque no llegan los demás. Lo más sabio de la Constitución de 1853 es que cada ciudadano vale un voto y que no valen pálpitos, ni manipulaciones, ni encuestas hasta que no se cuente el último de ellos. Misiones ha sido un ejemplo cabal en la materia y valdría la pena que todos lo tengan en cuenta.

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