27 Octubre 2007 Seguir en 
El hecho de que una persona cumpla con las condiciones que le impone un juez (como en el caso del joven sindicado como líder de “La banda del quiosquito”) no garantiza un resultado positivo en el control de la agresividad. Si no, basta ver lo que pasó con Jorge Orlando Vera (el convicto que atacó y mató a su esposa e hijos en Los Pizarro). Este hombre era un modelo de comportamiento mientras permaneció en el penal, pero en cuanto tuvo la oportunidad, cometió un crimen.
Cuando hablamos de comportamientos violentos hay que trabajar sobre otros puntos. Es fundamental que la persona pueda apreciar el daño que provocó y que se haga responsable de ello. Si no se hace ese mea culpa, el cambio se da solamente en lo exterior. Las conductas violentas tienden a repetirse en la medida en que la persona no se someta a un tratamiento para aprender a controlarlas. Pero, para eso, primero tiene que haber un deseo de cambiar ese comportamiento. Hay personas que se reconocen agresivas y que logran controlarse porque tienen intención de modificar su conducta.
Una salida es el tratamiento psicológico, que ayude a tomar distancia de la necesidad de dañar a otros, y poder poner en palabras los conflictos. Pero lo mejor es trabajar transdisciplinariamente, con psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, abogados... Cada caso podrá tener su propio pronóstico, pero lo que hay que saber es que no se puede entregar a los menores a los padres sin trabajar -además de con el chico- con su familia, con su entorno, con los motivos que lo llevan a la violencia. De lo contrario, se puede hacer muy poco para que cambien.
Cuando hablamos de comportamientos violentos hay que trabajar sobre otros puntos. Es fundamental que la persona pueda apreciar el daño que provocó y que se haga responsable de ello. Si no se hace ese mea culpa, el cambio se da solamente en lo exterior. Las conductas violentas tienden a repetirse en la medida en que la persona no se someta a un tratamiento para aprender a controlarlas. Pero, para eso, primero tiene que haber un deseo de cambiar ese comportamiento. Hay personas que se reconocen agresivas y que logran controlarse porque tienen intención de modificar su conducta.
Una salida es el tratamiento psicológico, que ayude a tomar distancia de la necesidad de dañar a otros, y poder poner en palabras los conflictos. Pero lo mejor es trabajar transdisciplinariamente, con psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, abogados... Cada caso podrá tener su propio pronóstico, pero lo que hay que saber es que no se puede entregar a los menores a los padres sin trabajar -además de con el chico- con su familia, con su entorno, con los motivos que lo llevan a la violencia. De lo contrario, se puede hacer muy poco para que cambien.








