El espejo innombrable
El domingo llega a su fin la primera gestión de Alperovich. Y en el balance de su tarea surge que lo que sirve para ganar comiciosno siempre sirve para fortalecer al Estado. Por Alvaro José Aurane - Redacción LA GACETA.
25 Octubre 2007 Seguir en 
El domingo, mientras los tucumanos voten, tocará a su fin el primer mandato de José Alperovich como gobernador de Tucumán. Al día siguiente, estrenará el instituto de la reelección consecutiva. Lo hará tras haber conseguido un triunfo sin precedentes en las urnas. En la aplastante victoria de agosto aparece, por un lado, el reconocimiento a una gestión que reactivó la obra pública, sacó a la educación pública del infierno de los paros y, con sus limitaciones, también rescató a la salud pública como un servicio para la comunidad. Por otro lado, que el oficialismo consiguiera el 80% de los votos fue producto, también, del desmoronamiento de una oposición enferma de falta de grandeza y plena en mezquindades y traiciones.Pero esta es una parte del balance. La que al Gobierno le gusta. La que en su discurso, escueto y sin profundidad, se sintetiza en la remanida oración “estamos trabajando fuerte”. Pero, en una suerte de curiosa honestidad, el mismo mensaje oficial relativiza aquella aserción cuando admite: “queda mucho por hacer”. El trasfondo esa confesión revela que lo que sirve para ganar elecciones no siempre sirve para fortalecer al Estado.
Esto también es denunciado por las manifestaciones del gobernador. A poco de asumir, lanzó un desafío a la historia: a partir de lo que él hiciera, los tucumanos iban a olvidarse de la gobernación de Celestino Gelsi. Se ve, las ganas sustentan pero no alimentan. Cuatro años después (durante los que pasaron por el erario unos $ 13.000 millones), la obra pública de este Gobierno es, con suerte, doméstica. Pura pavimentación, que Gelsi, por cierto, también extendió. Pero nula infraestructura. No hay otra Maternidad. Ni otro embalse como El Cadillal. Ni otro Hospital de Niños. Ni otro aeropuerto. Ni otro casino. Ni su centro de convenciones.
Así, la obra pública de esta gestión sólo es importante comparada con la del gobierno de Julio Miranda. Ese al que llaman “innombrable” muchos de los que le rendían genuflexas reverencias entre 1999 y 2003 y que ahora se ponen rodilleras para ir a comer a la residencia de Alperovich. Ahora bien, ¿por qué es innombrable Miranda, si necesitan de su fracasada administración para parecer exitosos? Porque Miranda es el espejo. Es la imagen insoportable de la esencia de esta gobernación: el alperovichismo es culturalmente mirandista. Es, apenas, mirandismo con plata.
Escasa transparencia
En estos cuatro años apareció la misma obsesión por manosear la Constitución y convertirla en instrumento de atropello político. La misma vocación por avasallar a la Justicia. La misma intención de someter a la Legislatura. Y la misma poca transparencia en el manejo de los dineros públicos. Así quedó expuesto en el informe del Tribunal de Cuentas sobre las cuentas de inversión de 2005 y de 2006. Y la escasa claridad en la administración del erario ya no tiene que ver sólo con la escandalosa falta de registración de ingresos y egresos, o con que, cuando de detallar montos se trate, el Tesoro diga un número y los organismos descentralizados digan otro. Tiene que ver con que pese al dineral que manejó esta gestión, cuyo Presupuesto aumenta año tras año ($ 2.010 millones en 2004; $ 2.730 millones en 2005; $ 3.500 millones en 2006; unos $ 5.000 millones este año), la deuda pública crece sin parar y el superávit decreció hasta desaparecer: el año pasado hubo un déficit de $ 120 millones.
Lo inexplicable salta de la contabilidad a la realidad. El Gobierno reveló que, contra la tendencia planetaria, en Tucumán se devaluó el euro: los 17 millones de euros donados por España para hacer el Hospital del Este ya no alcanzan y hay que poner un millón de euros más. Turistas del Viejo Continente, aprovechen y vengan ya, porque en breve su dinero valdrá nada aquí.
No es una coincidencia que la dudosa eficiencia en el empleo de los recursos públicos aparezca en esta gestión y en la anterior. En definitiva, aunque con distintos cargos, es el mismo hombre el que sigue manejando la economía provincial.
Todo por lo que fueron
Todos estos elementos confluyen para advertir que el alperovichismo, antes que una gestión, es un sistema. Presentado como tal también en el discurso oficial. Es el régimen del “vamos por todo”. No es, por cierto, nada nuevo. El denominado “innombrable” hizo habilitar una reforma total de la Constitución, que afortunadamente no se concretó. Pero “vamos por todo” sí riñe, irreconciliablemente, con la república y la democracia.
Lo llamativo es que tamaña vocación de totalidad sólo encontró un correlato en la práctica. El alperovichismo sacó muchos votos, pero no todos. Obtuvo muchos legisladores, pero no todos. Consagró muchos intendentes, pero no todos. En cambio, sí se hizo del manejo de todas las cajas. Pone los secretarios de Hacienda de las intendencias. Regentea las comunas, ahora con un Ministerio. Hasta controla la caja de la Caja (Popular de Ahorros). Y la del Subsidio de Salud. Y, desde ahora, también la caja de la Legislatura.
Al día siguiente de que el gobernador inicie su segundo mandato, el país festejará el 24 aniversario de la celebración de las primeras elecciones libres después de muchos años negros. La fecha es considerada el cumpleaños de la democracia. Será un día cargado de alegrías. Y de una angustia. La de que la independencia de los poderes es un sueño eterno. Porque las instituciones de la república no son más libres. Y, para colmo, tampoco más dignas.
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