La apatía electoral y los partidos

24 Octubre 2007
Conforme se aproxima la fecha electoral, que puede ser decisiva, un fenómeno social sin precedentes coloca al país frente a horizontes de incertidumbre respecto de su identidad democrática: es preocupante el alto grado de desinterés de la ciudadanía por la selección de quienes han de gobernar como sus representantes. Hipótesis y teorías diversas han tratado de indagar en esa situación; la mayoría de ellas coincide en el fuerte deterioro de la clase política, que hace un lustro se expresó con el clamor “que se vayan todos”, a la postre extraordinariamente alejado de la realidad posterior. El sentimiento democrático de la sociedad es profundo, pero carece de organizaciones intermedias, los partidos, que le permiten ser parte en las decisiones del poder. La crisis de la Alianza fue el origen de las grandes dispersiones partidarias, y lo cierto es que no hay democracia sin partidos, cuyos fines, entre otros, son vincular al pueblo con el gobierno; encargarse de la asignación imperativa de valores en la sociedad; ser factor de estabilidad del sistema político; realizar el reclutamiento civil para la labor y la acción política; instruir cívicamente a las comunidades y formar políticamente a sus miembros; generar dirigentes públicos; garantizar la vigencia de las libertades públicas y del pluralismo; controlar y reasegurar la competencia política y la alternancia en el poder. Partidos en dispersión, con locales sellados y sin escuelas de doctrina dejan espacio fecundo al régimen personalista de candidatos que oscurece el futuro de la democracia.
Triste y preocupante es el destino de una sociedad libre que no elige ni se preocupa lo necesario por ello, y cuyos instrumentos estatales de control y corrección republicanos eluden responsabilidades como las reiteradamente señaladas en este lugar a propósito del compromiso asumido -e incumplido- por la Cámara Nacional Electoral de reunir antes de las elecciones un Consejo Consultivo de Partidos Políticos para poner fin a ese vacío. O del Congreso, concesivo de cuanta delegación de facultades sirvió a un hiperpresidencialismo deliberadamente apartidario y que hasta sanciona la abolición de internas obligatorias en los partidos agonizantes y sigue a la espera de una reforma política prometida y archivada. O de la Justicia del fuero, que deglute situaciones tan irregulares como la intervención sine die del mayor partido y generador del actual gobierno. En estasituación se conjugan la estrategia de un poder político que no la disimula o vanamente trata de hacerlo y el temor ostensible de esos a los que la Constitución designa responsables de la custodia de sus principios.
El disfraz democrático burdo y confuso de las listas colectoras con que el personalismo oscurece el día después de las urnas es el vano subsidio electoral con que se ha pretendido entusiasmar a la ciudadanía. Las siglas que lo encubren tienen la misma duración que las urnas abiertas, y desaparecen inmediatamente después de alcanzado el objetivo: el poder, que es tanto como la suma de los tres poderes republicanos.
En la accidentada historia de crisis de la República, la tan someramente descripta ha sido seguramente la más original y peligrosa, por el desinterés que demuestra la ciudadanía democrática, que se hace cómplice de ella.
Al día siguiente de las elecciones, como se dijo recientemente en este lugar, las respuestas a las demandas pendientes deberán demostrar si el rumbo del país se guía con la brújula institucional que se expresa en la democracia de partidos tan peligrosamente abandonada.

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