Modas de alto riesgo
De las fiestas clandestinas se pasó a debatir sobre consumo de bebidas alcohólicas y drogas, y con ello se ingresó a una franja en la que hay dudas y contradicciones. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.
09 Octubre 2007 Seguir en 
La polémica sobre los operativos contra las fiestas clandestinas derivó en los últimos días hacia el debate sobre las adicciones y las drogas. Tanto la interventora del Instituto de Lucha Contra el Alcoholismo (IPLA) como uno de los organizadores de la marcha de protesta contra la ley de las 4 de la mañana remarcaron que en las fiestas ilegales corre la droga. Una lo hizo para justificar la represión, y el otro, para sostener lo contrario: pedir que se cambie la norma.El argumento de los funcionarios tiene más consenso social, porque brinda tranquilidad a los padres, que no saben qué hacen sus hijos en las noches de fin de semana. El criterio de reprimir a quienes organizan fiestas ilegales parece sugerir que con ello se avanza hacia la solución del problema. “Realizamos una tarea de alto riesgo, porque apenas llegamos a clausurar una fiesta clandestina comienza la violencia. La gente está alcoholizada y drogada”, dijo Risso Patrón. Al introducir el fantasma de la droga, el alcoholismo y la violencia, la interventora del IPLA y la Policía explotan los miedos de la sociedad y con ello legitiman sus acciones.
Pero no está probado que reprimir sea equivalente a poner límites ni que esta política esté cambiando las cosas. Por un lado, los mismos funcionarios reconocen que proliferan las fiestas ilegales desde que se implementó la ley. Por otra parte, los especialistas advierten que aumenta el consumo de alcohol y de drogas, y que, si bien son más los abusadores de sustancias, crece la franja de adictos. Abusador es el que consume con frecuencia sin que su vida se altere demasiado. Adicto es el que pierde el eje de su vida y depende absolutamente de la sustancia adictiva. Antes eran adictos el 15% de los que consultaban. Ahora llegan al 35 %. Además, bajó la edad de inicio en el consumo. Pero no hay un centro oficial para tratar a menores de edad con problemas de adicciones.
“Políticamente correcto”
Las miradas sobre el tema difieren. El secretario de Prevención de Adicciones, Alfredo Miroli, piensa que es una pequeña proporción de jóvenes la que consume, y aunque vincula el alcohol con la conducta adictiva, piensa que una clave sería cambiar la moda de ingerir bebidas alcohólicas por otra moda más adecuada. Sin embargo, reconoce que el 73 % de los jóvenes bebe alcohol, que es una sustancia “políticamente correcta” dentro de las adicciones. La encuesta que en 2006 llevó a cabo la secretaría que dirige Miroli determinó que aunque un 5,3 % de los chicos entre 14 y 18 años probó la marihuana, el 73 % consume bebidas alcohólicas. Y si se habla de una proporción semejante, ya no se trata de un fenómeno, sino de una tendencia; de conductas cuyo origen y cuyo sustento hay que investigar.
Cuando visitó Tucumán, el catedrático de la UBA Alberto Calabrese dijo que los argentinos tratamos de modo diferente las diversas adicciones, pese a que tienen estructuras similares. No nos escandalizamos tanto del consumo de alcohol o de psicofármacos como de que los chicos fumen “porros”. Los adultos se mueren de miedo. Pero cuando se habla con los chicos, ellos dicen que no perciben el peligro. Y eso sucede, entre otras cosas, porque la conducta social es contradictoria. Calabrese dice que los allanamientos en barrios pobres y bailantas, donde se consume pasta base, son mucho más frecuentes que en lugares donde se consumen otras drogas de uso más selecto, como el éxtasis. Es decir que nos alarmamos de la venta de droga en lugares como “La Bombilla” pero no nos inquieta ver en una película cómo se aspira cocaína en una fiesta cara. Y la cocaína -dicen los chicos- se consigue fácilmente, por 10 pesos, en Tucumán. Calabrese señala que decir “la droga mata” no sirve: los chicos que consumen no lo creen hasta que es tarde. Hasta que son adictos.
Lo que remarca el experto es que vivimos en una sociedad que alienta conductas adictivas (¿por qué otro motivo, si no, el 73 % de los chicos consume alcohol?). Quizá los funcionarios no tengan otra estrategia y tampoco está claro que dejar de controlar sea la salida. Pero una conducta adictiva no se reemplaza con una ley seca ni con Elliott Ness y los intocables, sino averiguando por qué una franja importante de la sociedad necesita aturdirse para vivir.







