09 Octubre 2007 Seguir en 
Una estrategia que utilice el conocimiento como capital, puede permitir el rápido avance de los países en desarrollo. Esta frase del premio Nobel argentino César Milstein (1927-2002) sintetiza la importancia que las naciones que mantienen la hegemonía en el mundo le otorgan a la ciencia. La Argentina padeció a lo largo de varias décadas una constante “fuga de cerebros”. El mismo Milstein fue uno de los tantos en tomar la decisión de marcharse de su patria tras el golpe militar de 1966. El Instituto Malbrán fue intervenido y su trabajo fue perjudicado: inconvenientes político-institucionales, que incluyeron numerosas cesantías, perturbaron a su equipo en la etapa crucial de un programa de estudios muy avanzado para el contexto de entonces, incluso a nivel mundial. Milstein no había sido directamente damnificado, aunque ya estaba cansado de las gestiones infructuosas y de las intrigas porque le sacaban la energía necesaria para dedicarse a sus actividades científicas. Partió a Inglaterra y se incorporó al Laboratorio de Biología Molecular del Medical Research Council de Cambridge. Allí continuó con sus investigaciones sobre la producción de anticuerpos, y utilizó una técnica inédita que le valió el reconocimiento de las autoridades científicas de los EE.UU., de Canadá y de Europa. En 1984 obtuvo en forma compartida la máxima distinción de la Academia Sueca.
El 29 de julio de 1966, durante el gobierno de Juan Carlos Onganía, la Policía Federal ocupó cinco Facultades de la Universidad de Buenos Aires: desalojaron a estudiantes y profesores, y destruyeron laboratorios y bibliotecas. Pocos meses después de esa triste “Noche de los bastones largos”, 300 investigadores y docentes se fueron del país y fueron recibidos con los brazos abiertos por diversas universidades del mundo.
En nuestra edición de ayer, informamos que en los dos últimos años fueron repatriados 18 investigadores tucumanos -de los 346 en todo el país- en el marco del programa de becas impulsado por el Conicet. El Estado nacional invirtió desde el año 2002 hasta la actualidad más de $ 5 millones, de los cuales $ 974.000 fueron destinados para los gastos de pasajes de los investigadores, de sus familias y el traslado de equipamiento del hogar y/o de trabajo, y $ 4,2 millones para financiar 280 becas de reinserción por 24 meses durante el período de evaluación de su ingreso a la planta permanente del Conicet, según datos proporcionados por este organismo. Los científicos se han insertado en distintos ámbitos de la Universidad Nacional de Tucumán. Algunos de los repatriados regresaron por nostalgia, otros porque les ofrecían las condiciones económicas y de investigación necesarias para proseguir su tarea. Lo cierto es que es de suma importancia que se produzca este hecho y que esta actitud sea respaldada por la Universidad y por el Estado provincial.
Los científicos argentinos siempre han sido valorados en el exterior, pero no en nuestro país, tal vez por aquello de que en la Argentina nadie es profeta en su tierra. Como decía Atahualpa Yupanqui, este ingenioso dicho no necesariamente tiene que ser una maldición. Una buena parte de nuestra gente más talentosa -ocurre con frecuencia en el ámbito de la cultura- emigra a otras latitudes por la falta de reconocimiento intelectual, económico o porque no tiene las herramientas y laboratorios necesarios para seguir investigando o para seguir formándose. Si bien el actual Gobierno nacional ha dado un mayor impulso a la ciencia y a la técnica, es imprescindible que el conocimiento se convierta en una de las prioridades del Estado porque es la puerta abierta hacia un verdadero desarrollo, como bien decía Milstein.
El 29 de julio de 1966, durante el gobierno de Juan Carlos Onganía, la Policía Federal ocupó cinco Facultades de la Universidad de Buenos Aires: desalojaron a estudiantes y profesores, y destruyeron laboratorios y bibliotecas. Pocos meses después de esa triste “Noche de los bastones largos”, 300 investigadores y docentes se fueron del país y fueron recibidos con los brazos abiertos por diversas universidades del mundo.
En nuestra edición de ayer, informamos que en los dos últimos años fueron repatriados 18 investigadores tucumanos -de los 346 en todo el país- en el marco del programa de becas impulsado por el Conicet. El Estado nacional invirtió desde el año 2002 hasta la actualidad más de $ 5 millones, de los cuales $ 974.000 fueron destinados para los gastos de pasajes de los investigadores, de sus familias y el traslado de equipamiento del hogar y/o de trabajo, y $ 4,2 millones para financiar 280 becas de reinserción por 24 meses durante el período de evaluación de su ingreso a la planta permanente del Conicet, según datos proporcionados por este organismo. Los científicos se han insertado en distintos ámbitos de la Universidad Nacional de Tucumán. Algunos de los repatriados regresaron por nostalgia, otros porque les ofrecían las condiciones económicas y de investigación necesarias para proseguir su tarea. Lo cierto es que es de suma importancia que se produzca este hecho y que esta actitud sea respaldada por la Universidad y por el Estado provincial.
Los científicos argentinos siempre han sido valorados en el exterior, pero no en nuestro país, tal vez por aquello de que en la Argentina nadie es profeta en su tierra. Como decía Atahualpa Yupanqui, este ingenioso dicho no necesariamente tiene que ser una maldición. Una buena parte de nuestra gente más talentosa -ocurre con frecuencia en el ámbito de la cultura- emigra a otras latitudes por la falta de reconocimiento intelectual, económico o porque no tiene las herramientas y laboratorios necesarios para seguir investigando o para seguir formándose. Si bien el actual Gobierno nacional ha dado un mayor impulso a la ciencia y a la técnica, es imprescindible que el conocimiento se convierta en una de las prioridades del Estado porque es la puerta abierta hacia un verdadero desarrollo, como bien decía Milstein.







