La inflación le puso pimienta a la campaña

El Presidente se excedió al afirmar que el Indice Precios que elabora el Indec es perfecto. Ahora se quedó con pocos argumentos para culpar de todo a la oposición. Por Hugo E. Grimaldi, columnista de DyN.

07 Octubre 2007
BUENOS AIRES.- Muy teológico, aunque algo exagerado, ha estado Néstor Kirchner al definir al Indice de Precios al Consumidor oficial como algo “perfecto”, aunque no debe haberse referido, por cierto, al precio de los tomates. Para él, los datos que demuestran que un kilo de este fruto-verdura cuesta hasta cuatro o cinco veces más en los negocios que en las planillas que manda a elaborar Guillermo Moreno son sólo parte de una conspiración opositora, previa a las elecciones.
Al fin y al cabo, una referencia de tal raigambre política no valía la cualidad de deidad que el Presidente le endilgó al tan vapuleado Indec, ya que es más que evidente que entre éste y los ciudadanos se ha perdido el elemento central de cualquier religión: la fe. Una encuesta muy poco difundida de la consultora OPSM, que habitualmente trabaja para el Gobierno, ha señalado en la semana que nada menos que 87% de la gente tiene “poca” o no tiene “nada” de confianza en las cifras oficiales.
Ante tamaña contundencia y ante el aprovechamiento político de la oposición, Kirchner no tuvo más remedio que salir a la lisa para limitar el daño, aunque se jugó por un adjetivo del que es imposible volver. Y aunque probablemente tampoco haya considerado la cuestión moral de la mentira desde el precepto bíblico, con esa definición tan particular el Presidente buscó, como es costumbre ya conocida, sacarse el sayo de encima y poner la pelota otra vez del lado contrario, porque que si la opinión pública cree que en esta historia hay mentirosos, habrá pensado, “es mejor que sean los demás”. En la polémica, por un lado está el Gobierno, que acusa a economistas, opositores y medios de generar expectativas inflacionarias y por otro, estos mismos actores, los que dicen que no hay expectativa más nefasta que la falta de seriedad que muestra el Indec, mientras desgranan de corrido todas las manipulaciones, algunas desembozadas, que el organismo generó desde enero. Sin embargo, ninguno parece decir del todo la verdad, ya que si bien es tiempo de elecciones y el campo resulta fértil para jugar irresponsablemente con un tema tan sensible para la memoria inflacionaria de los argentinos, también es irrefutable que si bien el proceso no está desatado y que hay diques macroeconómicos que otrora no existían, los precios no paran de subir y el dinero cada vez alcanza para menos.

Falsas promesas
El panorama se completa con la última trapisonda del Indec, ya que aún antes de los cambios metodológicos que se prometen para 2008, en setiembre, el organismo maquilló la realidad y descartó picos estacionales, para no computar valores que generalmente corrige la propia oferta y demanda, como es el caso de los alimentos frescos, con el tomate como típico ejemplo.
La gravedad de este problema de buenos y malos que pelean por acceder al queso gubernamental, en primer término abarca a la sociedad, ya que el organismo estadístico es parte de un conjunto de instituciones que se deterioran aceleradamente porque, además, nadie se ocupa de regarlas a diario. El peligro general es que por irresponsabilidad en este tópico se profundice el retorno hacia el “que se vayan todos”, lo que mandaría para atrás buena parte del camino recuperado. Pero la situación también le pega de lleno al Gobierno en particular, con las elecciones a la vista, porque la desconfianza se ha hecho presente, sobre todo en la víscera más sensible de los argentinos, Perón dixit, el bolsillo. Desde lo estríctamente electoral, el tema le ha servido a la oposición para anotarse un poroto de campaña, ya que hizo mover nada menos que al rey. El acicate sacó algo del letargo a esta previa más que híbrida, a la que le falta emoción por los cuatro costados, ya sea por consciente decisión oficial o por apichonamiento de los contrincantes.
Si es por Cristina de Kirchner, y sus discursos bastante vacíos de contenidos así lo desnudan, no hay demasiado para decir ni mucho menos hacer promesas puntuales (“Ni Daniel Scioli lo haría mejor”, ha dicho un opositor), más allá de la continuidad que se promete con énfasis, sobre todo en lo que no se pudo hacer, junto a un notorio cambio en el estilo de gobierno. Si hoy fuese 28 de octubre, éste sería el mejor de los mundos para el oficialismo, ya que se descarta totalmente un escenario de ballotage.
En general, los opositores han comprado la idea de que ellos mismos no existen y cada uno los deméritos que la propaganda oficial les atribuye y, al igual que la senadora, todos también se encapsularon, aunque para mal, porque si bien no enamoran, tampoco sorprenden. Tienen tres semanas para cambiar.
De Roberto Lavagna se dice que “no tiene carisma” y hasta él se lo ha creído, ya que no hace nada por distinguirse. Tampoco termina de definirse como opositor, porque en el fondo está de acuerdo con este esquema económico que él mismo diseñó y sólo se atreve a ir a fondo en aspectos formales que hacen a la prolijidad de los procedimientos.
Elisa Carrió, también carga con su cruz, la de una eventual “falta de gestión” y, para demostrar lo contrario, se enreda en explicaciones técnicas que la deslucen. Hasta escucha a asesores de campaña que le aconsejan que no debe pelearse con nadie, su fuerte, junto a las denuncias. A Ricardo López Murphy se lo acusa de “neoliberal y noventista” y le da verg¸enza admitir al menos una parte de esa historia y de Alberto Rodríguez Saá se afirma que quiere convertir al país en un feudo personal, como San Luis, aunque el puntano es, por ahora, el que menos se calla la boca.
Al menos, agitar el tema inflacionario por parte de cada uno de ellos ha hecho sobrereaccionar al propio Kirchner, quien de algún modo está anticipando cómo se resolverán las cosas desde diciembre en adelante, si su esposa es finalmente quien lo suceda, cuando él adopte en el tablero la movilidad perimetral de la dama, para protegerla cada vez que sea necesario.
Es sabido que en el caso del Indec, alguien convenció al Presidente hace unos meses de que el organismo era una cueva de facinerosos que trabajaban pagados por los bancos para elevar sistemáticamente los índices y que había que meter mano, casi como en una cruzada, aunque esa metida de mano irracional haya sido el principio de todos los problemas.
Sin embargo, esta última ofensiva presidencial pareció tener otro objetivo visible: en el rol de escudero de su esposa, Kirchner salió marcarle la cancha un poco más a Hugo Moyano, a un par de meses vista de lo que se intentará armar como Acuerdo Social y no como Pacto, para que no recuerde del todo a aquel que el gobierno peronista de 1974, con José Ber Gelbard a la cabeza del ministerio de Economía, firmó con la CGE y la CGT de entonces.
El cegetista había dicho hace un par de meses que “a Cristina no la conocemos” y de a poco comenzó a posicionarse como un referente de los sindicalistas más duros con el Gobierno. “No le damos un cheque en blanco a la señora”, es lo menos que se escucha en el edificio de la calle Azopardo y todos saben en los ambientes gremiales que cuando se comience a hablar de Acuerdo, la CGT tirará 30% de aumento de salarios de sobre la mesa y que la inflación de bolsillo será el gran argumento. Cada vez que Moyano habla, ahora en el Gobierno se preocupan por interpretar sus dichos, porque ya saben que en estos últimos años el camionero ha dejado de ser lineal, como en tiempos de Carlos Menem, y que sus discursos necesitan ahora segundas lecturas, mérito de Juan Manuel Palacio, comentan en su entorno.
En la estrategia de posicionamiento, el Gobierno busca aislar a Moyano y como no le alcanza sólo con la CTA, ahora ha iniciado un trabajo de pinzas con los llamados "gordos". El desprecio que se solía tener por estos referentes, que habían dado un paso al costado en la conducción del movimiento obrero a la espera de mejores tiempos, ahora se trocó en conveniencia, porque se los considera mucho más receptivos a la hora de negociar una estrategia similar a la 1974. Nadie olvida que aquel experimento saltó por los aires cuando la CGT pidió el descongelamiento de los salarios, tras muchísimas violaciones al acuerdo de congelamiento de precios. Es muy extraña la situación, ya que algunas áreas de gobierno, sobre todo las más cercanas al ministerio de Economía, identifican a Gelbard como el modelo a seguir, y así se lo homenajeó durante la semana al cumplirse el 30 aniversario de su muerte, pero por otro lado se intenta no agitar del todo la soga en la casa del ahorcado, sobre todo en estos tiempos de rebrote inflacionario, ya que ese Pacto desembocó en el tristemente recordado “rodrigazo”, con tres dígitos de aumento en la medición de los precios, que fue germen de la híper de Raúl Alfonsín. No obstante, la repetición de ese tipo de recetas corporativas no dejará de estar en la mira del gobierno de Cristina de Kirchner y prueba de ello fue el encolumnamiento casi unánime de las entidades empresarias más emparentadas con la llamada burguesía nacional que se intenta recrear, en relación a la última medición de precios del INDEC.
De un modo al menos controvertido para muchos de sus asociados, y quizás con la promesa de que el Gobierno disciplinará a Moyano, las cúpulas de varias cámaras salieron a apoyar de modo obediente y de a uno en fondo el 0,8% del IPC de setiembre, con comunicados casi calcados que únicamente pusieron sonrisas en lo alto del poder. En los escritorios de muchos dirigentes empresarios se deben estar encendiendo velas para que la taba no caiga al revés. Aunque si Cristina no es presidenta, ¡qué cosa podría hacerles a cueros tan curtidos una voltereta más! (DyN)

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