La dirigencia deportiva necesita renovación

24 Septiembre 2007
Históricamente, distintos valores distinguieron a los dirigentes deportivos: una imagen respetable, la formación, la capacidad e inteligencia para efectuar el trabajo y su responsabilidad. Con el paso del tiempo, adquirió fuerza la búsqueda de una capacitación permanente y la creatividad. Si bien todos estos aspectos debieran tener plena vigencia, hay cosas que se perdieron, al influjo de una dirigencia ya no voluntaria ni vocacional -reemplazada por otra sólo entusiasta o forjada en campos alejados del deporte-. Se trata de personas que hicieron caso omiso a la obligación de prepararse ya no sólo para emprender nuevas acciones, sino para conducir a los clubes u organizaciones hacia el cumplimiento de sus objetivos.
Tucumán no fue en los últimos años un caso aislado en cuanto a las carencias dirigenciales. Aún más, las crisis económicas y la lógica necesidad de priorizar otras cosas agravaron la situación. Por ello, a la falta de manos que trabajen, se agregan instituciones casi abandonadas y quebradas, con pocos o ningún socio, escasas actividades (o solamente recreativas), y una visión de futuro acotada por esquemas obsoletos, cuando no mediocres y sin horizonte.
Todavía más, la recurrencia a buscar determinadas personas para ocupar cargos ya no tuvo demasiado en cuenta los aspectos antes mencionados. En una palabra, la pregunta ya no fue quién se hacía cargo de una entidad, sino qué tenía para ofrecer o con qué influencias contaba. Todo esto no hizo otra cosa que hacer retroceder más la investidura del dirigente, en una geografía cambiante y cada vez más complicada, donde sólo aquellos con visión empresarial y estratégica parecen asegurar el futuro.
Sin embargo, hay señales de que las cosas pueden cambiar. Un ejemplo lo dio el golf, que entendió a la perfección el fenómeno del profesionalismo a la luz del éxito de Andrés "Pigu" Romero. Así, se puso a trabajar en un plan que no sólo lo contemple, sino que consolide la pirámide donde se basa la disciplina: el amateurismo. No se puede decir lo mismo, por caso, del automovilismo, que pasa por un complicado momento en el que está en tela de juicio la actuación del propio presidente de la Federación que nuclea a la actividad. El tenis, en tanto, está por dar un paso trascendente: en la figura del ex jugador Patricio Arquez, apuesta a un cambio no sólo de gestión, sino de visión. El tema no es menor: la actividad fue una de las que mayores variantes experimentaron en los últimos tiempos en el mundo, sin que en nuestra provincia ello haya sido aprovechado, más allá de que se esté trabajando con denuedo en la formación de jóvenes jugadores.
Justamente este último concepto resulta muy valioso para entender de qué debe estar hecho el futuro dirigente. Arquez no sólo aporta su juventud -con ello se supone un empuje mayor-, sino un innegable roce internacional que le permitió beber de las propias fuentes el progreso de la disciplina. Su designación para conducir a la Asociación bien puede ser tomada como un saludable antecedente por el resto de las actividades, que debieran entender que la idea de los "dirigentes dueños de clubes que no permiten los recambios dirigenciales indispensables" forman parte del pasado.
Por otro lado, nadie puede negar que el deporte es un excelente campo para formar dirigentes que puedan proyectarse a la vida política y social de un país. Pero para que ello ocurra, antes el desafío debe estar puesto en los aspectos enumerados, entre los que el espíritu creativo y la responsabilidad asoman como puntos centrales. Esto, sin olvidar que la misión del dirigente no sólo es dirigir gente, sino también ser un conductor y, si es posible, un líder.

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