23 Septiembre 2007 Seguir en 
Mañana se recordará el 175 aniversario de la Batalla de Tucumán, una de las gestas gloriosas de nuestra historia que tuvo por protagonista al general Manuel Belgrano y al pueblo tucumano. Vale la pena detenerse en algunos episodios de ese memorable combate. El 26 de marzo de 1812 el creador de la Bandera llegó a Yatasto (Salta) para tomar el mando del Ejército del Norte, derrotado y desmoralizado. Los soldados apenas llegaban a 1.500 y de ellos, la cuarta parte estaba hospitalizada y la artillería era mínima. Estableció en mayo su cuartel general en Jujuy. Por orden del virrey de Lima, el general Pío Tristán, bien pertrechado y con más de 3.000 hombres, avanzó sobre las provincias del norte. Ante el peligro y la inferioridad de condiciones, Belgrano arengó al pueblo jujeño; ordenó que quemaran todo lo que podía ser útil al enemigo y le pidió que siguiera al ejército patriota. Se produce así el “Exodo jujeño”. El poder central ordenó al creador de la Bandera retirarse desde Jujuy hasta Córdoba, si los españoles ocupaban Salta, como finalmente sucedió.
El 3 de setiembre el invasor español cargó exitosamente sobre la retaguardia en las inmediaciones del río Las Piedras. Pese a los esfuerzos del teniente coronel Eustaquio Díaz Vélez, los realistas lograron apoderarse de dos piezas de artillería y tomaron prisioneros a un centenar de soldados. Pero Belgrano, que no se hallaba lejos, contraatacó y puso en fuga al enemigo, tras matar a 25 hombres, tomar prisioneros y armamento, y rescatar gran parte de sus soldados capturados. Este combate resultó clave para levantarle la moral a la tropa. Luego de la acción, Belgrano meditaba sobre sus próximos pasos. Las órdenes de Buenos Aires eran claras sobre la retirada a Córdoba, pero obedecerlas implicaba dejar a todo el norte en poder de los realistas. Se trataba de una difícil decisión. Cambió su ruta e hizo creer a los realistas que no se detendría en Tucumán.
El Cabildo de Tucumán se reunió y decidió enviar una comisión a Belgrano para persuadirlo de que se quedara en Tucumán. El grupo de vecinos que estaba encabezado por Bernabé Aráoz, se dirigió al campamento de La Encrucijada. Cuando Belgrano les dijo la cantidad del dinero y de hombres que necesitaba, le aseguraron que aportarían el doble. La decisión estaba tomada. Belgrano escribió a Buenos Aires: “La gente de esta jurisdicción ha decidido sacrificarse con nosotros. Es de necesidad aprovechar tan nobles sentimientos, que son obra del cielo, que tal vez empieza a protegernos para humillar la soberbia con que vienen los enemigos”. Belgrano decidió dar batalla y derrotó a los realistas el 24 de setiembre de 1812.
Los tucumanos eran devotos de Nuestra Señora de La Merced desde la época de la colonia y el 24 de setiembre se efectuaba siempre la procesión que, en esta ocasión, no pudo realizarse. Múltiples testimonios dan cuenta de la fervorosa plegaria que tanto Belgrano como sus tropas y los vecinos elevaron a la Virgen pidiéndole que los ayudara en la batalla. La victoria multiplicó el fervor religioso. La procesión se realizó el 27 de octubre y llegó hasta el campo de batalla, donde Belgrano hizo bajar a la Virgen hasta su nivel y le entregó el bastón que llevaba en la mano.
Belgrano fue uno de los próceres más honrados, valientes y desinteresados que tuvo la patria. Su victoria en Tucumán fue posible gracias a un pueblo de nobles sentimientos, capaz de unirse para luchar por una causa común, una enseñanza que deberíamos tener siempre presente los tucumanos, en tiempos en que escasean los sueños colectivos y prevalecen las ambiciones personales.
El 3 de setiembre el invasor español cargó exitosamente sobre la retaguardia en las inmediaciones del río Las Piedras. Pese a los esfuerzos del teniente coronel Eustaquio Díaz Vélez, los realistas lograron apoderarse de dos piezas de artillería y tomaron prisioneros a un centenar de soldados. Pero Belgrano, que no se hallaba lejos, contraatacó y puso en fuga al enemigo, tras matar a 25 hombres, tomar prisioneros y armamento, y rescatar gran parte de sus soldados capturados. Este combate resultó clave para levantarle la moral a la tropa. Luego de la acción, Belgrano meditaba sobre sus próximos pasos. Las órdenes de Buenos Aires eran claras sobre la retirada a Córdoba, pero obedecerlas implicaba dejar a todo el norte en poder de los realistas. Se trataba de una difícil decisión. Cambió su ruta e hizo creer a los realistas que no se detendría en Tucumán.
El Cabildo de Tucumán se reunió y decidió enviar una comisión a Belgrano para persuadirlo de que se quedara en Tucumán. El grupo de vecinos que estaba encabezado por Bernabé Aráoz, se dirigió al campamento de La Encrucijada. Cuando Belgrano les dijo la cantidad del dinero y de hombres que necesitaba, le aseguraron que aportarían el doble. La decisión estaba tomada. Belgrano escribió a Buenos Aires: “La gente de esta jurisdicción ha decidido sacrificarse con nosotros. Es de necesidad aprovechar tan nobles sentimientos, que son obra del cielo, que tal vez empieza a protegernos para humillar la soberbia con que vienen los enemigos”. Belgrano decidió dar batalla y derrotó a los realistas el 24 de setiembre de 1812.
Los tucumanos eran devotos de Nuestra Señora de La Merced desde la época de la colonia y el 24 de setiembre se efectuaba siempre la procesión que, en esta ocasión, no pudo realizarse. Múltiples testimonios dan cuenta de la fervorosa plegaria que tanto Belgrano como sus tropas y los vecinos elevaron a la Virgen pidiéndole que los ayudara en la batalla. La victoria multiplicó el fervor religioso. La procesión se realizó el 27 de octubre y llegó hasta el campo de batalla, donde Belgrano hizo bajar a la Virgen hasta su nivel y le entregó el bastón que llevaba en la mano.
Belgrano fue uno de los próceres más honrados, valientes y desinteresados que tuvo la patria. Su victoria en Tucumán fue posible gracias a un pueblo de nobles sentimientos, capaz de unirse para luchar por una causa común, una enseñanza que deberíamos tener siempre presente los tucumanos, en tiempos en que escasean los sueños colectivos y prevalecen las ambiciones personales.







