Vanidades y miserias

La obsesión de la imagen. Nuestro paso por el planeta es breve. Lo que pareciera también ser pequeño aún es el raciocinio. Por Luis Sueldo - Redacción de LA GACETA.

23 Septiembre 2007
Como en una danza en la que se entremezclan vanidades y miserias, hacemos de la pose un referente de nuestra existencia. Las formas no deberían transmutarse a la soberbia, ni los ascensos económicos a las ostentaciones ("El argentino típico vive entregado no a una realidad, sino a una imagen" (Ortega y Gasset). Querer exhibir lo que no somos nos hace perder la libertad, ese bien al que no apreciamos en su verdadera dimensión, quizá por haber permanecido incubados demasiado tiempo en estados controladores. Claro que, de alguna manera, con la sofisticada tecnología, nuestra privacidad igual se ve invadida. Pero eso es otro tema.
Los que tienen la fortuna de contar con una autoestima fuerte y transparente, no sólo han adquirido las herramientas para poner vallados a la vorágine que impone la sociedad de consumo sino para mostrarse sin oropeles. De cualquier forma, el disfraz sólo dura una noche, pues lo queman los rayos del sol. Borges, un hombre al que los honores le resultaban un largo trayecto cuesta arriba, pensaba que la mejor manera de ser olvidado era aparecer en el nombre de una calle. Entre innumerables anécdotas que lindan con lo tragicómico y que hacen a esa pertinaz manera de querer aparecer ante el otro con una imagen "trascendente", podríamos traer aquella de la familia porteña que alquiló por unos días un mausoleo en un cementerio tradicional. El objetivo era, obvio, que se presenciara que al difunto no se lo depositaba en cualquier lugar.
En el país, la década del 90 resultó un paradigma de la exacerbación del individualismo y de las fantochadas. Estábamos convencidos de que el 1 a 1 era la panacea. Un resultado que sosteníamos inflando el pecho como los poderosos. Después perdimos por goleada. Por supuesto, los que especularon con esa fantasía consolidaron de manera notable su patrimonio a expensas de millares que quedaron fuera de concurso. "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió...", marca una canción de Sabina. Aunque la ciencia haya extendido notablemente la expectativa de vida, nuestro paso por el planeta sigue siendo fugaz. Lo que parecería también ser pequeño aún es el raciocinio. Los fanatismos, las luchas armadas, la intolerancia, las discriminaciones y las ambiciones patológicas sólo variaron en cuanto a su fachada. ("Los monos son demasiado buenos para que los hombres puedan descender de ellos" (Nietzsche)). Un aviso publicado en un diario litoraleño rezaba: "necesito empleada, cama adentro, tez blanca". Ya escribió Freud con sutileza que la más clara prueba de que existe vida inteligente en otros mundos es que aún no han venido a visitarnos.
Pero siempre habrá una ventana abierta. Las nuevas generaciones, a quienes se les podrá criticar su desparpajo o su desaprensión por muchas normas del statu quo, han dado, en varios órdenes, un salto cualitativo en los últimos años en un país tradicionalmente pacato. Así, las mujeres tomaron posiciones en ámbitos antes vedados para ellas. Quieren informarse y crecer, y dejan las inhibiciones en la banquina. Hay una juventud con aperturas neuronales y con mucho coraje para innovar.
La esperanza está puesta en que, pese a las mutilaciones de objetivos que impusieron diversos programas políticos y económicos, el futuro resulte menos traumático. Y sería bueno jugar siempre con aquella frase: "Tal vez la felicidad sea darse cuenta de que nada es demasiado importante".

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