20 Septiembre 2007 Seguir en 
La realidad política de la provincia se resiste al progreso. Y reedita, de una manera casi calcada, las notas menos felices de un pasado no muy lejano para los argentinos.En 1921, el filósofo alemán Walter Benjamin le compró al pintor Paul Klee su cuadro Angelus novus. En la novena de las Tesis sobre la filosofía de la historia, Benjamin propone que la figura allí representada era el Angel de la Historia. “Su rostro está vuelto hacia el pasado… le gustaría quedarse, despertar a los muertos y rehacer todo lo que ha sido destruido. Pero una tormenta desencadenada desde el Paraíso aferra sus alas con tal violencia que el ángel ya no las puede replegar. Esa tormenta lo impele irresistiblemente hacia el futuro, al que le da la espalda… Esa tormenta es lo que llamamos progreso”.
Pasados los comicios del 26 de agosto, el presente político de Tucumán parece un largo y peligroso tributo al Angel de la Historia. Sólo sus ojos pueden regocijarse con la realidad forjada por el alperovichismo, que pareciera empecinada en reeditar las notas menos felices de un pasado no muy lejano. “Este liderazgo creó la primera dificultad para la institucionalización del régimen, pues no existió un cuadro administrativo de notables del propio peronismo, el parlamento tuvo una vida notoriamente subordinada y todas las decisiones importantes pasaron por la persona del líder. El mayor esfuerzo que hizo (…) en dirección a la institucionalización (…) fue la reforma constitucional, pero al incluirse entre sus cláusulas la reelección (…) acabó por subrayar el protagonismo del líder y por sustituir la acción institucional por la intervención (…)”. El párrafo fue escrito por Carlos Floria y César García Belsunce en su Historia Política de la Argentina Contemporánea. Y aunque se ajusta a medida al pretérito imperfecto tucumano (y el cambio de la Carta Magna), y hasta parece anticipar la subyugación del Parlamento por venir, refiere, en realidad, al análisis sobre las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón.
Habrá que precisar, aquí, que las conquistas en materia de derechos sociales y laborales consagradas por Perón tuvieron una trascendencia tal que aún hoy, a 33 años de su muerte, su figura despierta adhesiones incomparables de vastos sectores de la población. Y habrá que recordar, también, que los aspectos negativos de la gestión, que fue de 1946 a 1955, gravitaron notablemente en el trágico final que tuvo ese período. De la misma manera, hay que subrayar los logros de la gobernación actual (educación, salud, obra pública), que le depararon histórico triunfo en las urnas. Pero debe remarcarse lo nocivo de sus descarrilamientos institucionales para la república.
Identificaciones
A poco de la victoria electoral, en una medida sólo comprensible en la dimensión de la demagogia, el Gobierno decidió retirar el apoyo a la exposición de la Sociedad Rural. La Expo es el rostro del Tucumán productivo y de la inversión privada, pero el Ejecutivo dijo que no acompaña a ese sector. La razón: la Rural lo critica.
Esta conducta comporta una reedición de la temible identificación entre el Estado y la persona de quien lo administra. “Ningún argentino bien nacido puede dejar de querer, sin renegar de su nombre de argentino, lo que nosotros queremos”, dijo Perón en su mensaje al Congreso de 1950. A escala, el gobernador, José Alperovich, sostiene que cualquiera que lo cuestione es, automáticamente, alguien que no quiere que a la provincia le vaya bien. El célebre escritor Tomás Eloy Martínez hasta fue tratado de “ex tucumano” por escribir un artículo crítico sobre la realidad de Tucumán.
También en nombre del personalismo, el mandatario provincial interpretó el personaje de político omnipotente para analizar la salida de Casino Club. Y pretendió que había intimado a sus inversores a construir un centro de convenciones, so pena de echarlos. Detrás de las actuaciones queda un papelón. El desembarco de los capitales patagónicos se llevó a cabo con infinitas irregularidades (presuntas, claro está), y en idénticas circunstancias se produce su retiro. A cambio de la explotación de las tragamonedas, ¿qué obtienen los tucumanos? Para cerrar el círculo, la empresa desairada parece habilitada para iniciar una millonaria demanda contra los compromisos provinciales incumplidos. Esos que la alentaban a construir un megacasino en el Hipódromo.
En contraste, con este suceso se vincula uno de los episodios más felices de la escasa calidad institucional local: el parque 9 de Julio no se convirtió una timba gracias a que el planteo de los ambientalistas fue admitido por la Cámara en lo Contencioso Administrativo. La misma a la que Alperovich, sin ruborizarse, amenazó con sancionar cuando asuma la próxima Legislatura, porque mantiene suspendida la integración del Consejo Asesor de la Magistratura (devenido patrulla de reclutamiento de jueces pro-oficialistas) y del Jurado de Enjuiciamiento (nacido como pelotón de fusilamiento de magistrados independientes). Es como asomarse al 47, cuando en una medida inédita el peronismo destituyó, mediante juicio político, a la casi totalidad de la Corte Suprema de la Nación. Los acusó de ser “el último reducto de la oposición”. Y con eso bastó.
Lo que subyace en la advertencia del mandatario es la actitud de quien, en lugar de abocarse a la específica conducción del Ejecutivo, ya asumió que también dirigirá el Parlamento y la Justicia. Cuando el 5 de julio de 1955 Perón ensayó una pasajera maniobra de pacificación en una Argentina consumida por el antagonismo, anunció que dejaba de ser el jefe de una revolución para convertirse en el Presidente de todos los argentinos. Salvando las distancias (de la historia y de los personajes), ambas manifestaciones son confesiones implícitas de la trasgresión de los límites que impone la Constitución.
El resultado final no es, ni remotamente, una identificación entre Alperovich y Perón. Es, en todo caso, la inscripción de los lados oscuros de las gestiones de uno y de otro en las facetas más constitutivas de un añoso fenómeno argentino: el caudillismo. Todo un antónimo de la modernidad, porque exige, para su existencia, un pueblo acaudillado.
La tormenta del progreso se desató muy lejos de Tucumán. Aquí, el Angel de la Historia ni siquiera se despeina.
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