La reconstrucción, una obra de fe

Reconstruir algo sobre las ruinas es una tarea ciclópea. No sólo hace falta ganas: también se requiere una decisión política tajante. Por Gustavo Martinelli - Redacción de LA GACETA.

02 Septiembre 2007
¿Por qué será que atrae tanto el fin de las cosas? ¿Por qué ya nadie canta a la aurora y no hay quién cante al crepúsculo? ¿Por qué atrae más la caída de Troya que las vicisitudes de los aqueos? ¿Por qué la muerte del hombre tiene una dignidad que no exhibe el nacimiento? ¿Por qué el drama logra el respeto que no puede alcanzar la comedia? ¿Por qué el calvario genera más fervor que la resurrección? ¿Por qué sentimos que el final feliz es siempre ficticio? Estas preguntas, que Jorge Luis Borges llamó "cobardías de la esperanza", pueden multiplicarse infinitamente cuando se analiza la realidad de Tucumán. Y no sólo desde el punto de vista político, sino también cultural. Las ruinas son un símbolo evidente de la declinación de un pueblo. Y, según algunos pensadores, nuestra época sólo es capaz de producir tragedias y elegías. Sin embargo, también se puede construir sobre ruinas. Un ejemplo concreto es la ciudad de Roma. Otro, mucho más cercano en el tiempo, el Setiembre Musical, ese festival que nació hace 47 años con el fervor de un puñado de visionarios. El mismo presidente del Ente Cultural de Tucumán, Mauricio Guzman, habló esta semana de la necesidad de "recuperar el brillo perdido" y anunció un ambicioso programa de espectáculos para empezar a construir un nuevo Setiembre Musical, con el mismo peso que tenía en los años 60. Claro, aquellos eran otros tiempos. Había una partida presupuestaria importante y una comisión (el Consejo de Difusión Cultural) que se encargó de que el dinero llegara finalmente a donde debía llegar. Prestigiosas figuras visitaron la provincia, gracias a esta suerte de motor que impulsaba a la cultura siempre un escalón hacia arriba. Pero la tentación de los políticos de turno pudo más y, paulatinamente, año tras año, el festival fue desgajado hasta convertirse en las cenizas de un admirable fuego.
Hoy, el Gobierno demuestra una férrea voluntad de recuperar aquel orgullo. Y está bien que así sea. Hay una buena cantidad de dinero puesta a disposición de este proyecto. Pero sería bueno que exista la misma voluntad para mantener este deseo una vez que pase setiembre. Y es que las necesidades en materia cultural son enormes. Empezando por los museos (que tienen goteras y presentan serios problemas de seguridad) y siguiendo por las salas más pequeñas, como el teatro Orestes Caviglia. Otra de las asignaturas pendientes es la necesidad de contar con una sala para espectáculos de mediana envergadura, a medio camino entre un estadio de fútbol y un teatro, que pueda albergar aquellos espectáculos que llegan a la provincia en gira nacional. Esto, más que una necesidad, se volvió una urgencia, después del bochorno de la suspensión del show de Julio Bocca por las goteras del Palacio de los Deportes. Y, por último, se debería apoyar en forma real a los artistas tucumanos, sobre todo a aquellos que están haciendo una carrera de proyección nacional e internacional. Y estas son sólo algunas de las necesidades. Por eso, no cabe duda de que construir algo sobre estas ruinas es una tarea ciclópea. No sólo hace falta ganas: también se requiere una decisión política tajante. Los teólogos afirman que la conservación del Universo es una continua creación de la mente divina y que si Dios se distrajera un instante, todo dejaría de existir. Pero es al hombre a quien le corresponde salvar de las ruinas esa otra creación, la cultura, siempre amenazada. Y para eso, nada mejor que el arte. Porque el porvenir siempre será obra de nuestra fe.

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