Preocupa la venta de jóvenes futbolistas

20 Agosto 2007
Tan llamativa como delicada y preocupante es desde hace años la situación que enfrenta el fútbol argentino, con respecto a la venta al exterior de sus mejores figuras. En su momento, la emigración fue protagonizada en su mayoría por jugadores que habían hecho carrera en Primera, que buscaban una lógica mejora en los ingresos a la par del sueño de ganar prestigio en las principales ligas del mundo. Pero en los últimos tiempos, los hechos demuestran que no sólo disminuyó la edad de los futbolistas transferidos, sino que se persigue lo segundo, en muchos casos, en desmedro de una propia identidad como deportistas, cuando no de la persona. Esto inquieta sobremanera tras conocerse el listado de los más de 50 jugadores que fueron transferidos en los últimos 45 días; buena parte de ellos, a equipos que, en muchos casos, no representan más que grandes potencias económicas, con proyectos futbolísticos eventuales y frenética búsqueda de jugadores capacitados para iniciar o agrandar un negocio que da buenos dividendos.
La situación fue descripta en LA GACETA con una gran precisión hace algunos días: el fútbol argentino es similar a un enorme mar, en el que sus residentes no tienen acceso a saborear sus frutos exquisitos y los extranjeros llegan con sus capitales para llevarse las piezas de buen gourmet, por más pequeñas que sean y sin impotar si afectan el ambiente vernáculo.
Lógicamente, en este caso se dio un campo adecuado que disparó las transacciones: se está ante un país productor de excelentes futbolistas, exitoso en competencias internacionales, pero limitado por una economía de escaso vuelo. Este último punto llevó a que las entidades sólo cubran una parte del circuito formativo. La abrumadora mayoría no cuenta con instalaciones adecuadas para albergar jóvenes deportistas, los que incluso no siempre tienen a mano elementos adecuados para poder trabajar. Mucho menos reciben la asistencia de profesionales de la salud que atiendan sus necesidades físicas y mentales, con programas adecuados de formación, contención e integración, entre otras cosas.
Esas carencias, tarde o temprano, pesan al momento de buscar una salida. Pero más incide la situación económica. Y generalmente son los padres los que más empujan a optar por esta salida salvadora. El caso de la venta de “Maxi” Moralez a un ignoto equipo ruso por una cifra millonaria y la “salvación” económica que ello significa para su familia -su papá es albañil-, marca una pauta al respecto.
Los cazadores de cracks de los países ricos ya ni siquiera tienen la paciencia de ver crecer a los mejores en su país de origen. En tiempos en que la globalización acelera los cambios, la aparición de signos de perversión en el circuito es una triste consecuencia. Hoy, la brecha entre países compradores y países vendedores se agrandó. Y más con respecto a casos como el de la Argentina.
En los últimos días, la AFA tomó una polémica medida: prohibió la participación de un equipo de menores de 17 años de Boca, campeón en las últimas dos ediciones del Mundial de clubes en España. La razón de la medida fue evitar una mayor fuga de jóvenes futbolistas a Europa, debido a la obligada exposición a la sagaz mirada de los cazadores de talentos. Sin embargo, esto no parece ser una salida. A nadie se le debería prohibir la búsqueda de oportunidades, sobre todo porque en el país no abundan. De todas maneras, pensar en establecer límites y apuntalar a las instituciones para que puedan retener lo más posible a sus jóvenes figuras no sería algo descabellado. El peligro que se cierne en el horizonte -y hoy ya se sienten sus efectos- es el de un fútbol vernáculo devaluado y de interés decadente.

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