Del hombre rico que insultó al sabio

"Varios de los que eran opositores acérrimos al monarca Al Rachid se pasaron a su bando inesperadamente..." Por Roberto Espinosa - Redacción de LA GACETA.

19 Agosto 2007
“Un hombre rico decidió visitar a un sabio sufí para obtener su bendición. Realizó un largo viaje acompañado por una deslumbrante comitiva y al fin llegó al hogar del santo. “¡Oh, Iluminado!”, exclamó el hombre rico ya en presencia del maestro.
-¡Maestro, ya que tus invocaciones obtienen siempre respuesta, di una oración por mí.
- ¿Qué plegaria quieres que diga?
- Pide que nunca caiga en un estado inferior al que me encuentro ahora.
El sabio dijo una oración. Algunos años más tarde, el santo entró en un miserable mercado y encontró a un mendigo, vestido con harapos, que lo increpó apenas lo vio.
- ¡Yo soy aquel magnate por quien tú rezaste, falso y villano supuesto santo!
- ¿Cuál es con exactitud tu queja?
- ¿Queja? ¡Mírame, pidiendo limosna e infeliz...!
- La oración ciertamente obtuvo respuesta. Tu estado era la codicia y la inseguridad, y aún te encuentras fuertemente atrapado en sus garras”.
Tras el relato Scheherezade y Shahriyar bebieron un poco de vino tinto y se treparon luego al joven camello Al Manzur para iniciar las mil y treinta y tres noches. El noble giboso orientó su corazón hacia el Jardín de la República y se introdujo en la Ruta de la Muerte, que era su preferida. Al parecer, poco había cambiado.
Durante varios kilómetros vieron pasar a personas muy pobres que marchaban de a pie; otras viajaban en dromedarios desvencijados y camellos con las jorobas gastadas, tal vez por los vientos de corrupción. Al aproximarse a una ciudad, vieron que se proyectaba en el cielo una formación de bolsones alados que pasaban casi al ras del piso y abruptamente recuperaban el vuelo. Miles de manos de ambos sexos se peleaban por atraparlos. “¿Qué sucede, morador?”, preguntó Shahriyar a un anciano desdentado. “Los bolsones llevan dólares para la campaña política. En pocos días habrá elecciones. Todos quieren quedarse con ese dinero que, según dicen los funcionarios de Al Rachid, no es de nadie”, contestó, mientras se escuchaba un estruendo de llantos de quienes se habían quedado con las manos vacías.
Al llegar a la capital del reino, les llamó la atención una enorme cantidad de afiches con personas que posaban junto al monarca. Las leyendas decían: “Por un Tucumán sin palos en la rueda. Vote lista -7513. Firmado: Al Rachid, alias ‘Palos en la rueda’”.
 Vieron pasar personas encaramadas en camellos de ultralujo: algunos tenían alerones; otros, turbos, y otros, hélices. Estaban maravillados. La bella doncella le pidió a una anciana jubilada que le explicara la realidad. “Varios de los que eran opositores acérrimos a Al Rachid, se pasaron a su bando inesperadamente... Hay bolsones para los pobres y para los otros...”, dijo. “No entiendo”, replicó Shahriyar. “Estos bolsones traen casas, ayudas por publicidad, comisiones, monedas de oro extras, participación en las ganancias, en los negocios inmobiliarios. Son para otro tipo de aparatos manducatorios... Por eso ve estos vehículos de lujo. Parece que la intención de ‘Palos en la rueda’ es convertirse en el dueño de todo y de todos; y a los jubilados, ¡que nos parta un rayo!...”, dijo ya muy enojada.
De regreso por el túnel del tiempo, la doncella y el rey creyeron ver en un mercado a un mendigo, parecido a Al Rachid, que increpaba a un sabio.

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