Un ejemplo que espera ser llevado a la práctica

19 Agosto 2007
El viernes se cumplieron 157 años de la muerte de José de San Martín. Hubo variados homenajes oficiales y escolares. Se recordó al Libertador por su calidad moral, por su talento, su coraje, su honradez, su desinterés, su grandeza; cualidades que durante su vida inspiraron la desconfianza de aquellos compatriotas que estaban en ese momento más ocupados en defender sus propios intereses que los del destino colectivo. Para dar una idea de lo que afirmamos, baste decir que cuando San Martín decidió emprender la campaña para liberar al Perú del yugo español, se lo acusó desde Buenos Aires de utilizar el ejército de la Nación para beneficio personal y le advirtieron que en caso de regresar al país, sería capturado. Estaba en un dilema: regresar a Buenos Aires y embarcarse en una lucha fratricida en favor de un gobierno porteño que bregaba por sus propios asuntos o completar el Plan Continental y marchar hacia el Perú. Cumplida la misión libertadora, luego del encuentro con Bolívar, dio un paso al costado para evitar que el disenso entre hermanos postergara la liberación de América. Se retiró entonces de la vida pública.
Tras diez años de guerra, sólo deseaba instalarse en su chacra de Los Barriales, Mendoza, para dedicarse a la agricultura y a la educación de su hija, pero no pudo lograrlo. Su esposa agonizaba en Buenos Aires, mas no pudo viajar porque el gobierno de Rivadavia lo tenía cercado en la ciudad cuyana. Llegó, meses después de su muerte. Dolido, partió a Europa con su pequeña hija. La nostalgia lo impulsó a regresar en 1829, pero la guerra civil lo desalentó y se quedó en Montevideo. Lavalle le ofreció hacerse cargo del ejército, pero no aceptó. Su exilio será entonces definitivo. Rosas lo nombra ministro plenipotenciario en Perú, pero rechaza el cargo. No está de acuerdo con la política persecutoria del brigadier. Muere en Francia, en 1850. Tal vez entonces muchos compatriotas que desconfiaron del Gran Capitán se convencieron de que él no quería morder ninguna porción del poder. Dos frases quedaron crepitando en Boulogne-sur-Mer, donde murió: “Divididos seremos esclavos, unidos venceremos”; “El lujo y las comodidades deben avergonzarnos como un crimen de traición a la patria”. Como bien señaló el historiador Luis Alberto Romero, San Martín era un liberal progresista y vino a estas tierras a darle un impulso al liberalismo y a combatir contra el absolutismo. Su objetivo era la independencia de Hispanoamérica.
En una consulta realizada por LA GACETA, alumnos de la Escuela Normal “Juan Bautista Alberdi” señalaron que en la actualidad, “El padre de la patria” no encontraría cabida en la política. Agregaron que es muy difícil hallar una persona que se preocupe por la comunidad y que luche hasta el límite de arriesgar su vida. Conjeturaron que si el prócer viviera hoy estaría al lado del pueblo y defendería sus derechos. “El político, en cambio, piensa solamente en él. Le importan el poder y el dinero”, afirmaron.
Esta observación da pie a algunas reflexiones. Por ejemplo, que el venerado Libertador continúa siendo un personaje libresco porque a menudo en las escuelas y colegios, se brinda de él una imagen ideal, y no se muestra su faceta humana, lo cual impide que los alumnos puedan sentirse identificados con sus acciones. Por otro lado, cuestionan la conducta de una buena parte de nuestra clase dirigente que está muy lejos de la vocación de servicio y el desinterés por el poder de quien liberó a tres naciones del yugo español y luego dio un paso al costado. Sería bueno que el ideario de San Martín dejara de ser recitado y se lo pusiera en práctica alguna vez. Seguramente, tendríamos así una sociedad mejor.

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