El D?Hont antes que la calidad institucional

¿Cuál sería la composición ideal de una futura Legislatura que cumpliera su cometido sin necesidad de que las disputas políticas empañen la tarea parlamentaria? Por Juan Manuel Asis - Redacción LA GACETA

15 Agosto 2007
Hay más de 1.000 candidatos a legislador entre las tres secciones electorales, pero sólo 49 ingresarán a la Cámara. Atendiendo a ese dato, y en función de mejorar la calidad institucional, ¿cuál sería la composición parlamentaria ideal? Algunos dirán que lo mejor sería que el oficialismo y la oposición se repartan las bancas por igual (algo imposible, ya que el número de legisladores es impar. Dato al margen: el vicegobernador ya no servirá ni para desempatar); otros plantearán que el oficialismo tenga el mayor número, para que la gestión del Ejecutivo se pueda desarrollar sin palos en la rueda, y otros sostendrán que la oposición debe tener la mayoría, para evitar la hegemonía política del oficialismo. Razones para una u otra alternativa siempre habrá; siempre estarán a mano los argumentos de un lado y del otro para defender cualquier esquema legislativo.
Pero sólo una cosa quedó clara en los últimos tiempos: que más allá de la integración numérica final del Poder Legislativo, siempre se afectó la calidad institucional, porque la mayoría (del lado que fuere) siempre impuso su peso numérico para doblegar al contrincante. Eso, porque los miembros de la Cámara son más que nada referentes políticos de uno u otro lado antes que auténticos representantes del pueblo. En teoría, si representaran los intereses del pueblo no habría inconvenientes para ponerse de acuerdo en las normas que se sancionan, ya que el interés general es siempre el mismo.
Sin embargo, los que llegan a una banca nunca se despojan de sus intereses ni de sus colores políticos. Eso también vale para los que llegan al Poder Ejecutivo y, de alguna manera, para los que están en el Poder Judicial. Sin más, hoy se habla de posibles candidaturas de un integrante de la Corte Suprema de Justicia. Así, es muy difícil creer que el bienestar general está por encima de los intereses de particulares. Por ende, es fácil entender por qué se duda de la clase política y por qué los jóvenes descreen de los políticos y de la política. No se observa que desde las instituciones se vaya a modificar la realidad para mejorar la calidad de vida, porque los hombres las prioridades de quienes las manejan no contemplan las del conjunto social.
Entonces, más que imaginar una posible composición ideal de la futura Legislatura, para mejorar la calidad institucional lo que habría que hacer es que exigirles a los futuros representantes del pueblo un compromiso con los objetivos para los que han sido creados los poderes. Si cada uno actúa como corresponde, respondiendo a los intereses supremos del pueblo, no haría falta pensar para justificar los votos con los que la mayoría se impone sobre la minoría.
Claro que esto es muy idealista, especialmente si a diario se ve que esos miles de candidatos andan calculadora en mano en vez de manejar propuestas. Las reflexiones no giran en torno de lo que se haría si se llega al recinto legislativo, sino alrededor del temor de que el sistema D’Hont no los bendiga. “Si en la capital el padrón es de 375.000 votantes y nosotros sacamos la mitad, y de la otra mitad los acoplados consiguen un cuarto y la oposición el otro porcentaje, entonces es posible que metamos 10 por la capital, todo dependerá del piso nuestro..., calculo 10.000 como mínimo... Pero si resto y luego divido... y multiplico por...”. ¿Y la calidad institucional? Bien gracias; aún a la espera de la prometida renovación.

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