15 Agosto 2007 Seguir en 
En el estudio de Raúl Martínez Aráoz, candidato a vicegobernador por la UCR, se escucha Otelo de fondo. Las oficinas de Congreso 536 fueron elegidas por el compañero de fórmula del anfitrión, Mario Marigliano, para su entrevista con LA GACETA. Su celular se encargará de interrumpir estridentemente la opera de Verdi con las inconfundibles trompetas de la marcha radical, cuya melodía es el ring tone elegido por el postulante a gobernador del centenario partido.
"Milito en el radicalismo desde antes de nacer", le gusta decir al ex rector de la UNT, quien enumera abuelos y tíos abuelos a los que destaca como fundadores de la UCR tucumana. El 24 de julio cumplió 64 años y recuerda que a los 16 se unió a las filas de la Unión Cívica Radical del Pueblo por medio del padrón de adherentes.
"Pertenezco a una generación cuya juventud estaba muy politizada. Cuando hacía el secundario en la Escuela de Comercio, LA GACETA publicaba los debates de la Cámara de Diputados, y en los recreos discutíamos con los de la Unión Cívica Radical Intransigente. Además, la profesora de Contabilidad, Lía Colombo de Uriburu, dedicaba la mitad de las clases a adoctrinarnos sobre los principios del partido", evoca.
- ¿Qué hacía antes de dedicarse de lleno a la política?
- El primer hobby que tuve, cuando era chico, fue la filatelia. Y después jugué al rugby. Me encanta el espíritu de ese deporte, pero nunca fui bueno. Pero mi verdadera pasión fueron los aeroplanos. Una de mis dos grandes frustraciones fue no haber sido piloto, aunque volé aeroplanos y biplazas. Mi mamá me pidió que no siguiera. Así que me dediqué al aeromodelismo e hice 12 naves: todas en balsa, jamás en plástico. ¡Y las rompió a todas mi hijo! Ahora, uno de mis nietos me las pide para jugar y quiere que hagamos algunas. Tal vez él pueda exorcisarme.
- ¿Y cuál fue la otra frustración?
- Ser profesor de contabilidad de la Escuela de Comercio. Me anoté en los 90 para cubrir una vacante y donar el sueldo a la biblioteca, pero en la Junta de Clasificación me dijeron que no tenía puntaje por no haber cursado materias pedagógicas. Les pregunté: "¿no vale que sea decano de la Facultad de Ciencias Económicas?" Dijeron que no.
- ¿Qué fue de su tiempo libre?
- Se fue en la actividad política. Siempre hay algo por hacer. Y alguien pidiendo una mano. Me golpea mucho la desigualdad social. Y me angustia la situación de los chicos de la calle. Pero debería tener algo de tiempo para mí. Por ejemplo, para dedicarlo a la salud e ir al gimnasio. O para salir más con mis nietos, que no me dicen abuelo sino "don". O para reunir a los camaradas con los que hicimos el servicio militar en Córdoba en el 67, que es una vieja idea que tiene el que era nuestro jefe, el general (r) Carlos Alberto Díaz.
- ¿Valió la pena dedicarle la vida a la política?
- Sí. La política es, ante todo, una actitud ante la vida. Nunca hice política de partido en la UNT, pero el tino político me sirvió para resolver muchos problemas. Estoy orgulloso de ser político. Siempre milité en mi partido y en la misma línea. Fui balbinista hasta que se murió don Ricardo. Y después apoyé a Raúl Alfonsín, de quien fui elector nacional. Y hoy, como siempre, soy respetuoso de lo que manda el comité nacional.
- ¿La política le dio más alegrías que sinsabores, o viceversa?
- La vida de político es difícil. Siempre hay que estar eligiendo entre el tiempo para la militancia y el tiempo para la familia. Y la vida de los políticos radicales es dura. Hay una responsabilidad histórica enorme en esto de ser radical: jamás nos perdonan un error. A los otros, en cambio, les perdonan bolsas con dinero, valijas con dólares, bolsones y constituciones a medida. Como agravante, la política no te deja amigos. A los amigos, en este oficio, uno los tiene de antes, que por suerte los tengo. Sí trae compañeros de ruta. Algunos mejores, otros peores. Pero amigos no.
- ¿Y en qué política cree?
- En la de los partidos como único canal entre los ciudadanos y el poder. Pero el Gobierno nacional parece estar montado en una campaña para destruir los movimientos políticos. Entonces, cualquier amontonamiento de gente recibe el nombre de partido. O peor aún: designan de la misma manera a esquemas de pensamiento único.
- ¿Fue gorila?
- Sí, fui gorila cuando era chico. Aprendí a no serlo en la Cámara de Senadores. Venía de un hogar antiperonista, que sufrió la persecución del peronismo. Pero hoy creo que hay que reivindicar figuras como la de Perón. Y, muy especialmente, a Eva. Cuando uno madura, la historia puede apreciarse con más realismo. Lo mismo, a escala local, me pasa con el gobierno de José Domato. Nunca vi negociados durante esa gestión. El fue un gobernador decente. Todavía me pregunto por qué lo intervinieron. Y me parece una de las mayores barbaridades de nuestra historia institucional que lo hayan puesto preso. Incluso, conservo amistad con quien fuera el presidente del Senado, Hugo Lazarte, un político que buscaba conquistar por la vía del consenso todos los votos posibles. Jamás imponía patoterilmente el peso de la mayoría del PJ.
- ¿Es posible para la UCR alcanzar un entendimiento con el peronismo?
- No tendría reparos en hacer alianzas políticas con el peronismo ortodoxo, porque ese es un peronismo de códigos, que respeta la palabra empeñada. El problema, eso sí, es determinar dónde está ese peronismo. Porque ahora impera el vale todo, el sálvese quien pueda y el llegar a cualquier precio. Se perdieron los códigos de la política. De hecho, si el Gobierno cumpliera con esa promesa hueca de cortarle la mano al que roba, seríamos una sociedad de motos.
"Milito en el radicalismo desde antes de nacer", le gusta decir al ex rector de la UNT, quien enumera abuelos y tíos abuelos a los que destaca como fundadores de la UCR tucumana. El 24 de julio cumplió 64 años y recuerda que a los 16 se unió a las filas de la Unión Cívica Radical del Pueblo por medio del padrón de adherentes.
"Pertenezco a una generación cuya juventud estaba muy politizada. Cuando hacía el secundario en la Escuela de Comercio, LA GACETA publicaba los debates de la Cámara de Diputados, y en los recreos discutíamos con los de la Unión Cívica Radical Intransigente. Además, la profesora de Contabilidad, Lía Colombo de Uriburu, dedicaba la mitad de las clases a adoctrinarnos sobre los principios del partido", evoca.
- ¿Qué hacía antes de dedicarse de lleno a la política?
- El primer hobby que tuve, cuando era chico, fue la filatelia. Y después jugué al rugby. Me encanta el espíritu de ese deporte, pero nunca fui bueno. Pero mi verdadera pasión fueron los aeroplanos. Una de mis dos grandes frustraciones fue no haber sido piloto, aunque volé aeroplanos y biplazas. Mi mamá me pidió que no siguiera. Así que me dediqué al aeromodelismo e hice 12 naves: todas en balsa, jamás en plástico. ¡Y las rompió a todas mi hijo! Ahora, uno de mis nietos me las pide para jugar y quiere que hagamos algunas. Tal vez él pueda exorcisarme.
- ¿Y cuál fue la otra frustración?
- Ser profesor de contabilidad de la Escuela de Comercio. Me anoté en los 90 para cubrir una vacante y donar el sueldo a la biblioteca, pero en la Junta de Clasificación me dijeron que no tenía puntaje por no haber cursado materias pedagógicas. Les pregunté: "¿no vale que sea decano de la Facultad de Ciencias Económicas?" Dijeron que no.
- ¿Qué fue de su tiempo libre?
- Se fue en la actividad política. Siempre hay algo por hacer. Y alguien pidiendo una mano. Me golpea mucho la desigualdad social. Y me angustia la situación de los chicos de la calle. Pero debería tener algo de tiempo para mí. Por ejemplo, para dedicarlo a la salud e ir al gimnasio. O para salir más con mis nietos, que no me dicen abuelo sino "don". O para reunir a los camaradas con los que hicimos el servicio militar en Córdoba en el 67, que es una vieja idea que tiene el que era nuestro jefe, el general (r) Carlos Alberto Díaz.
- ¿Valió la pena dedicarle la vida a la política?
- Sí. La política es, ante todo, una actitud ante la vida. Nunca hice política de partido en la UNT, pero el tino político me sirvió para resolver muchos problemas. Estoy orgulloso de ser político. Siempre milité en mi partido y en la misma línea. Fui balbinista hasta que se murió don Ricardo. Y después apoyé a Raúl Alfonsín, de quien fui elector nacional. Y hoy, como siempre, soy respetuoso de lo que manda el comité nacional.
- ¿La política le dio más alegrías que sinsabores, o viceversa?
- La vida de político es difícil. Siempre hay que estar eligiendo entre el tiempo para la militancia y el tiempo para la familia. Y la vida de los políticos radicales es dura. Hay una responsabilidad histórica enorme en esto de ser radical: jamás nos perdonan un error. A los otros, en cambio, les perdonan bolsas con dinero, valijas con dólares, bolsones y constituciones a medida. Como agravante, la política no te deja amigos. A los amigos, en este oficio, uno los tiene de antes, que por suerte los tengo. Sí trae compañeros de ruta. Algunos mejores, otros peores. Pero amigos no.
- ¿Y en qué política cree?
- En la de los partidos como único canal entre los ciudadanos y el poder. Pero el Gobierno nacional parece estar montado en una campaña para destruir los movimientos políticos. Entonces, cualquier amontonamiento de gente recibe el nombre de partido. O peor aún: designan de la misma manera a esquemas de pensamiento único.
- ¿Fue gorila?
- Sí, fui gorila cuando era chico. Aprendí a no serlo en la Cámara de Senadores. Venía de un hogar antiperonista, que sufrió la persecución del peronismo. Pero hoy creo que hay que reivindicar figuras como la de Perón. Y, muy especialmente, a Eva. Cuando uno madura, la historia puede apreciarse con más realismo. Lo mismo, a escala local, me pasa con el gobierno de José Domato. Nunca vi negociados durante esa gestión. El fue un gobernador decente. Todavía me pregunto por qué lo intervinieron. Y me parece una de las mayores barbaridades de nuestra historia institucional que lo hayan puesto preso. Incluso, conservo amistad con quien fuera el presidente del Senado, Hugo Lazarte, un político que buscaba conquistar por la vía del consenso todos los votos posibles. Jamás imponía patoterilmente el peso de la mayoría del PJ.
- ¿Es posible para la UCR alcanzar un entendimiento con el peronismo?
- No tendría reparos en hacer alianzas políticas con el peronismo ortodoxo, porque ese es un peronismo de códigos, que respeta la palabra empeñada. El problema, eso sí, es determinar dónde está ese peronismo. Porque ahora impera el vale todo, el sálvese quien pueda y el llegar a cualquier precio. Se perdieron los códigos de la política. De hecho, si el Gobierno cumpliera con esa promesa hueca de cortarle la mano al que roba, seríamos una sociedad de motos.
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