La conquista del honor

El caso del australiano que lideró a vecinos para limpiar la plaza Alberdi ha generado vergüenza y también comentarios por lo bajo. La culpa y el efecto de una imagen. Por Roberto Delgado. Prosecretario de Redacción LA GACETA.

31 Julio 2007
Por Roberto Delgado. prosecretario de Redacción LA GACETA.


La basura no nos llama la atención. Pero cuando nos genera vergüenza, sí. La historia del australiano que se puso a limpiar la plaza Alberdi pegó duro en la sociedad, que desde hace dos semanas debate sobre nuestros hábitos de higiene y sobre lo que deberían hacer las autoridades. Sin embargo, a la vez que se daba este fuerte debate, el mismo domingo los chicos de la plaza Alberdi -ya sin el australiano- volvieron a limpiar el paseo, que estaba singularmente sucio. Y ayer los chicos de 5º grado de la Escuela Normal lanzaron una convocatoria para que los alumnos dediquen un día a recoger residuos en la vía pública.
La basura, en este contexto, sí nos llama la atención. Por vergüenza. El sentimiento de culpa es colectivo. Un urbanista, el arquitecto Julio Middagh, describe al tucumano de hoy como un ser sucio al que no le molesta la inmundicia, y otro arquitecto, Claudio Viola, añade que hasta las autoridades ven la limpieza como una novedad. En este caso, como analiza Marcos Aguinis en "Elogio de la culpa", el revulsivo que genera este sentimiento debería ayudar a producir cambios. Eso es, precisamente, lo que ha logrado la catarata de cartas que analizan lo que pasa.
Ese análisis lleva a algunas conclusiones. La primera es la falta de constancia de las autoridades para acompañar, precisamente, los programas que tienen alta adhesión social, como los de colaboración vecinal. Tanto los vecinos de la plaza Alberdi como los de la Belgrano dicen que las autoridades los abandonaron. En la Alberdi, el plan de embellecimiento lanzado hace dos años cayó en el olvido y los vecinos se cansaron de luchar en soledad. Hay quienes dicen que la aparición del australiano fue providencial para relanzar la iniciativa. Otros comentan que jugaron otros intereses. Pero no lo afirman en voz alta. En la plaza Belgrano, una vecina dice que la tarea municipal ha sido muy floja. De los tres placeros, sólo uno hace bien las cosas, cuenta. Y añade: "en realidad, no había ánimo de hacer nada".
Las autoridades asumieron su responsabilidad y mascullaron por lo bajo. Alguien susurró que la rata que encontró el australiano había sido puesta allí intencionalmente, pese a que, por la cercanía de los predios ferroviarios, es seguro que debe haber miles de ratas. No obstante, pese a la limpieza intensa de las últimas dos semanas, el domingo apareció otra vez muy sucia la plaza Alberdi. Ya no fue culpa de los funcionarios. ¿Es que los tucumanos necesitamos el impacto de la culpa para reaccionar? ¿Nuestra identidad es como la que describe Aguinis? ¿Somos seres que no creen en la justicia ni en la ley y que tienen pánico al ridículo que los pueda desenmascarar?
Quizá, como sugirieron algunos por lo bajo, la figura del australiano no sea lo que parece. Acaso, como la foto de los soldados norteamericanos que ponen la bandera en la isla de Iwo Jima, en la película "La conquista del honor", lo que se muestra no sea exactamente lo que ocurrió. Pero tanto en la película de Clint Eastwood como en la plaza Alberdi, es más importante para la sociedad el impacto que causa la imagen que la imagen misma. El efecto es lo verdadero. Nos avergüenza. Quizá esa culpa provoque el cambio, nuestra propia conquista del honor.

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