Lo único permanente es el cambio
La revolución hippie de los 60 dio paso al mundo de los yuppies; pero hoy, los jóvenes ya no parecen tan interesados en el éxito económico. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción de LA GACETA.
29 Julio 2007 Seguir en 
Después del horror de Hiroshima y de Nagasaki, el mundo creyó que el final de la Segunda Guerra Mundial pondría fin también para siempre el absurdo de las contiendas bélicas. Lamentablemente, muy poco tiempo fue suficiente para comprobar que sólo cambiaba la ubicación de los campos de batalla. En los años 60, la escalada de la intervención norteamericana en la guerra del sudeste asiático planteó el marco en el cual se produjo uno de los movimientos sociales antibelicistas que mayor resonancia alcanzó en el siglo pasado. En esos años aparecieron los hippies: enamorados de la libertad y enemigos de los esquemas, reaccionaron contra la violencia del mundo con su legendaria exhortación a “hacer el amor y no la guerra”. Desde el aspecto exterior, con sus largas melenas y con sus barbas; con sus atuendos coloridos, con la música y con las flores, estos jóvenes pretendieron cambiar el mundo. Pero no se trataba solamente de un grupo de alucinados que había decidido apartarse de la sociedad para vivir una aventura colectiva. El movimiento hippie marcó a varias generaciones, ya que puso en crisis cuestiones fundamentales, como el sentido de la propiedad, la estructura familiar, la educación, la diversidad sexual, las creencias religiosas, la relación con el medio ambiente y las experiencias con drogas . Y no sólo el arte y las costumbres sufrieron una transformación fundamental: el impacto del movimiento sobre la política y sobre la economía -entre otros aspectos- dejó una marca indeleble en la historia social de Occidente.Los hippies, sin embargo, plantearon una revolución pasiva; nunca se pusieron como meta alcanzar el poder político para operar desde allí las transformaciones que proponían. Cuestionaron todo, pero desde una anarquía que terminó por esterilizar el impulso renovador que les había dado vida. Y las consignas que nacieron como un potente revulsivo social fueron finalmente absorbidas por el establishment, y convertidas en ingeniosas frases inscriptas en remeras de marca o en diseños coloridos de prendas que se vendieron en las más exclusivas tiendas de todo el planeta.
El escenario cambió drásticamente en las dos últimas décadas del siglo XX.
Apareció el yuppie (young urban professional), el joven profesional urbano; entre nosotros, desde fines de la década del 80 se identificó con este término al profesional ultrarracional, metódico y capaz de controlar sus emociones. Durante una década, el modelo que debía seguirse entre los jóvenes buscadores del éxito era la figura del eficiente ejecutivo que cumplía prolongadas jornadas laborales y dominaba idiomas y tecnología; metódico y frío, carente de emociones.
Sin embargo, estudios recientes indican que los jóvenes de hoy no están ya tan interesados en el éxito económico y que sus principales preocupaciones pasan por consolidar el sentido de pertenencia a determinados grupos, y por la participación, sin demasiado énfasis en la construcción de una cuantiosa fortuna personal.
Hace un par de semanas, nuestro diario publicó una interesante reflexión de Sendra, en su historieta Matías; el chico pregunta cuáles son las diferencias entre los hippies y los yuppies; su madre intenta este resumen: “los hippies fueron libres, los yuppies son adaptados; los hippies fueron filósofos, los yuppies son financistas; los hippies fueron solidarios, los yuppies son individualistas”; y Matías concluye, no sin cierta preocupación en su rostro: “los hippies fueron, los yuppies son”.
Y es así. Hasta que la historia dé un nuevo giro.







