29 Julio 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- En estos días de turbulencias financieras y de aumento imparable del riesgo-país, mientras Néstor Kirchner busca la forma de aceitar nuevamente la relación con la opinión pública vía discursos altisonantes o mejoras en los bolsillos, se ha exacerbado de tal modo la paranoia oficial que detrás de cada cortinado se observa a un enemigo en potencia, dispuesto a hacer imposible el próximo período presidencial. Hasta se habla de derrocamiento, mala palabra si las hay, si la voluntad de las urnas dice, dentro de tres meses, que el próximo turno no será para los pingüinos.
En ese marco, los opositores no logran capitalizar los nervios de la Casa Rosada, porque oscilan entre la confusión y la pasividad; y, por ahora, no se les cae una propuesta concreta.
Los primeros, los cultores del “qué estoy haciendo aquí” o del “con quién me junto”, tratan de tejer lo imposible y se desgajan en mínimas intenciones de voto que parecen imposibles de remontar. Se estarían conformando, apenas, con ayudar a que en la primera vuelta el oficialismo no llegue al mágico número de 40%, para morder algo en la segunda, colgado del contrincante que necesite apoyo.
Por el lado de los que aparecen como más pasivos, hay dos vertientes al menos para encuadrarlos. Algunos suponen que estos candidatos se han entregado mansamente y que apenas boquean respuestas, sabedores de que no se podrá pelear nada en octubre. Otros, más estrategas, creen que los que no refutan ni se exponen al cuerpo a cuerpo están buscando que corra el tiempo y que el Gobierno se cocine en su propia salsa, ya que confían en que la dinámica de la crisis, que auguran como inevitable, se los llevará puestos a Kirchner y señora.
En el juego de los espejos, desde el lado del Gobierno, estar a la defensiva no les sienta a los funcionarios: buena parte de las miradas que hoy ellos hacen de la realidad resultan lineales, casi superficiales y dirigidas en general a disimular antes que a admitir, sus propios errores. Están a la defensiva, desde que el caso Skanska saltó a las tapas de los diarios como la punta del iceberg de todo lo que llegó después (Miceli, Picolotti, Garré, Moreno) y desde que el frío demostró que la improvisación en el área energética era una realidad. Pero mucho más desde que el caso Indec dejó al oficialismo al borde del gran papelón.
En todo este tirabuzón de final incierto se ha metido el presidente Kirchner en persona, imposibilitado de salirse de él por su propia personalidad y porque se la pasó edificando durante cuatro años el papel de ser quien da las buenas noticias y, a la vez, de ser quien acusa a los malos de la película.
El presidente Kirchner no sólo habló de modo imprudente de la “cristalinidad” del cuestionado Indec, sino que, con tono de teoría conspirativa, salió a vapulear en la semana a un par de fondos de inversión alemanes que vendieron bonos argentinos en medio de la corrida. De paso, hizo caer en la volteada a media docena de bancos internacionales que sólo cumplieron con las órdenes que les dieron sus clientes, bancos a los que exculpó luego, aunque el efecto-paladín de la justicia ya había sido logrado.
En la exposición comunicacional seguramente está calculado el impacto positivo que estas apariciones causan en mucha gente aun cuando se cometan errores, como el de transmitir que los tenedores de bonos ganan dinero si hay inflación, la que se estaría tratando de subir a las nubes, se asegura, con un propósito especulativo o hasta desestabilizador.
La explicación, que seguramente el Presidente conoce porque es un hombre ducho en inversiones, es que más allá de que el CER por el que se ajustan los títulos públicos es un coeficiente atado a los precios que sirve para resguardar el poder adquisitivo, por lo que en pesos no hay ganancias, en todo caso, esos tenedores han ganado mucho dinero en dólares (y no todo lo que podían haber recogido, es verdad, si el Indec midiera bien), pero no por el CER sino por el seguro de cambio que se les estaba dando con la política del dólar atornillado en $ 3,10, situación que se intentó corregir, aunque con ruido, en medio de la complicada situación financiera internacional de la semana.
Argumentos parecidos había usado la senadora Cristina Fernández de Kirchner en España, cuando un par de días antes había señalado que cada punto que subiera el Indice de Precios le costaba al Tesoro U$S 421 millones más, lo que para muchos resultó una explicación oportunista y alejada de las especulaciones que se hacen sobre el propósito gubernamental de mantener planchados los índices únicamente por motivaciones electorales.
Otro brote de defensa de la senadora lo tuvo Kirchner cuando apostilló a los empresarios españoles que le pidieron a Cristina por las tarifas en Madrid. Uno de ellos, el titular del Banco BBVA, Francisco González le habría preguntado, nada galante y fuera de tono, si como esposa del Presidente ella tenía ideas propias, lo que desató el operativo despegue del resto de los hombres de negocios, más afectos al PSOE gobernante que el banquero, un cuadro de la interna del PP español, quienes dieron a conocer un segundo documento tras los palazos presidenciales.
Ese viaje a España, que fue el primer periplo internacional poslanzamiento, le trajo a Cristina algunos dolores de cabeza por encima de lo que se imaginó como una estadía plena de fotos felices y de discursos alineados con su destino presidencial.
Una grave táctica fue la falta de diálogo con la prensa argentina, a la que se le pide sumisión siempre y se la ningunea invariablemente, mientras que los reportajes que concedió la candidata a la prensa española fueron, al menos, complacientes.
Más allá de la falta de foto con el rey Juan Carlos, que debe atribuirse con razón a las vacaciones de la familia real, otro desliz fue la imagen que sus asesores hicieron circular por el mundo con el centenario escritor español Francisco Ayala, de quien, los que conocen sus escritos de la época en la que vivió en la Argentina (1945-1950), se animan a tildar sin dudas de “gorila”, por sus apreciaciones de entonces sobre Juan Perón y sobre sus calificativos poco felices sobre la misma Eva Perón, a la que Cristina homenajeó en Berazategui un par de días después.
Sin embargo, hubo un detalle que el Gobierno, siempre apegado a los encontronazos cuerpo a cuerpo, pasó por alto. En los dos comunicados de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOP), el primero tras el famoso almuerzo con Cristina y el segundo, tras el mote de “incorregibles” que les propinó Kirchner el jueves, se insistió sobre la imperiosa necesidad de que la Argentina se abra al mundo.
En ambos documentos, los hombres de negocios solicitaron que se haga prosperar un modelo de crecimiento económico y social moderno, competitivo y plenamente integrado en la economía global, pero en el primero se había insistido además, por vía indirecta y como ejemplo, en el mismo sentido: “una de las grandes transformaciones registradas en el mundo empresarial español ha sido el fuerte proceso de internacionalización, que ha convertido la economía española en una de las más abiertas del mundo”.
Tampoco la foto con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, que llegará a la Argentina el 7 de setiembre en el marco de una gira por seis países, fue del todo afortunada para la senadora Kirchner.
La encargada española de América latina, después de las sonrisas de protocolo, hizo declaraciones públicas solidarizándose con los pedidos de los empresarios, algo que una fuente diplomática española calificó de muy natural, al tiempo que señalaba que la gira fue muy positiva, sobre todo por la relación estrictamente política, a la que calificó de primer orden.
Nadie en el Gobierno argentino efectuó comentarios sobre aquellas declaraciones, ni tampoco las hubo sobre un agregado insidioso al perfil descriptivo de la Argentina que hizo el martes pasado el Departamento de Estado de los Estados Unidos en su página web: “la continuación de los atrasos argentinos en relación con los acreedores internacionales (incluyendo más de U$S 20.000 millones en reclamos por parte de tenedores internacionales y más de U$S 6.000 millones que se deben a acreedores oficiales, incluyendo el Gobierno estadounidense)... más un número grande de reclamos de arbitraje por empresas extranjeras que permanecen pendientes... pueden afectar desfavorablemente el clima de la inversión de la Argentina”.
Sobre llovido, mojado. Mientras los bonistas vendían títulos a mata caballo, la advertencia española y la anotación nada ingenua de los Estados Unidos marcan además un sendero difícil para la Argentina, ya que los mercados internacionales seguirán cerrados.
Ante los problemas fiscales que se manifiestan en un incremento del gasto del 50% en el año, que durante el último mes derivó en un resultado financiero negativo de $ 150 millones después del pago de intereses según Banco Santander Río, es más que lógico entonces que Cristina haya defendido a Hugo Chávez en España y que ahora se lo espere como un Papá Noel inversor, la semana próxima.
En cuanto al Indec, nadie se explica cómo la ventanilla de los precios minoristas registró 3,9% de alza en seis meses, mientras que los supermercados consignaron una suba de 10,5%. Es verdad que son otros artículos y otras ponderaciones, pero el grosero maquillaje que impuso Guillermo Moreno en el organismo, que lo tiene al punto del procesamiento, le quita “cristalinidad” a los argumentos presidenciales.
También entre el público que escucha a Kirchner hay consumidores que no saben nada de bonos ni de especulación, que se sienten engañados cada vez que ponen la mano en el bolsillo. Ellos también votarán en octubre. (DyN)
En ese marco, los opositores no logran capitalizar los nervios de la Casa Rosada, porque oscilan entre la confusión y la pasividad; y, por ahora, no se les cae una propuesta concreta.
Los primeros, los cultores del “qué estoy haciendo aquí” o del “con quién me junto”, tratan de tejer lo imposible y se desgajan en mínimas intenciones de voto que parecen imposibles de remontar. Se estarían conformando, apenas, con ayudar a que en la primera vuelta el oficialismo no llegue al mágico número de 40%, para morder algo en la segunda, colgado del contrincante que necesite apoyo.
Por el lado de los que aparecen como más pasivos, hay dos vertientes al menos para encuadrarlos. Algunos suponen que estos candidatos se han entregado mansamente y que apenas boquean respuestas, sabedores de que no se podrá pelear nada en octubre. Otros, más estrategas, creen que los que no refutan ni se exponen al cuerpo a cuerpo están buscando que corra el tiempo y que el Gobierno se cocine en su propia salsa, ya que confían en que la dinámica de la crisis, que auguran como inevitable, se los llevará puestos a Kirchner y señora.
En el juego de los espejos, desde el lado del Gobierno, estar a la defensiva no les sienta a los funcionarios: buena parte de las miradas que hoy ellos hacen de la realidad resultan lineales, casi superficiales y dirigidas en general a disimular antes que a admitir, sus propios errores. Están a la defensiva, desde que el caso Skanska saltó a las tapas de los diarios como la punta del iceberg de todo lo que llegó después (Miceli, Picolotti, Garré, Moreno) y desde que el frío demostró que la improvisación en el área energética era una realidad. Pero mucho más desde que el caso Indec dejó al oficialismo al borde del gran papelón.
En todo este tirabuzón de final incierto se ha metido el presidente Kirchner en persona, imposibilitado de salirse de él por su propia personalidad y porque se la pasó edificando durante cuatro años el papel de ser quien da las buenas noticias y, a la vez, de ser quien acusa a los malos de la película.
El presidente Kirchner no sólo habló de modo imprudente de la “cristalinidad” del cuestionado Indec, sino que, con tono de teoría conspirativa, salió a vapulear en la semana a un par de fondos de inversión alemanes que vendieron bonos argentinos en medio de la corrida. De paso, hizo caer en la volteada a media docena de bancos internacionales que sólo cumplieron con las órdenes que les dieron sus clientes, bancos a los que exculpó luego, aunque el efecto-paladín de la justicia ya había sido logrado.
En la exposición comunicacional seguramente está calculado el impacto positivo que estas apariciones causan en mucha gente aun cuando se cometan errores, como el de transmitir que los tenedores de bonos ganan dinero si hay inflación, la que se estaría tratando de subir a las nubes, se asegura, con un propósito especulativo o hasta desestabilizador.
La explicación, que seguramente el Presidente conoce porque es un hombre ducho en inversiones, es que más allá de que el CER por el que se ajustan los títulos públicos es un coeficiente atado a los precios que sirve para resguardar el poder adquisitivo, por lo que en pesos no hay ganancias, en todo caso, esos tenedores han ganado mucho dinero en dólares (y no todo lo que podían haber recogido, es verdad, si el Indec midiera bien), pero no por el CER sino por el seguro de cambio que se les estaba dando con la política del dólar atornillado en $ 3,10, situación que se intentó corregir, aunque con ruido, en medio de la complicada situación financiera internacional de la semana.
Argumentos parecidos había usado la senadora Cristina Fernández de Kirchner en España, cuando un par de días antes había señalado que cada punto que subiera el Indice de Precios le costaba al Tesoro U$S 421 millones más, lo que para muchos resultó una explicación oportunista y alejada de las especulaciones que se hacen sobre el propósito gubernamental de mantener planchados los índices únicamente por motivaciones electorales.
Otro brote de defensa de la senadora lo tuvo Kirchner cuando apostilló a los empresarios españoles que le pidieron a Cristina por las tarifas en Madrid. Uno de ellos, el titular del Banco BBVA, Francisco González le habría preguntado, nada galante y fuera de tono, si como esposa del Presidente ella tenía ideas propias, lo que desató el operativo despegue del resto de los hombres de negocios, más afectos al PSOE gobernante que el banquero, un cuadro de la interna del PP español, quienes dieron a conocer un segundo documento tras los palazos presidenciales.
Ese viaje a España, que fue el primer periplo internacional poslanzamiento, le trajo a Cristina algunos dolores de cabeza por encima de lo que se imaginó como una estadía plena de fotos felices y de discursos alineados con su destino presidencial.
Una grave táctica fue la falta de diálogo con la prensa argentina, a la que se le pide sumisión siempre y se la ningunea invariablemente, mientras que los reportajes que concedió la candidata a la prensa española fueron, al menos, complacientes.
Más allá de la falta de foto con el rey Juan Carlos, que debe atribuirse con razón a las vacaciones de la familia real, otro desliz fue la imagen que sus asesores hicieron circular por el mundo con el centenario escritor español Francisco Ayala, de quien, los que conocen sus escritos de la época en la que vivió en la Argentina (1945-1950), se animan a tildar sin dudas de “gorila”, por sus apreciaciones de entonces sobre Juan Perón y sobre sus calificativos poco felices sobre la misma Eva Perón, a la que Cristina homenajeó en Berazategui un par de días después.
Sin embargo, hubo un detalle que el Gobierno, siempre apegado a los encontronazos cuerpo a cuerpo, pasó por alto. En los dos comunicados de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOP), el primero tras el famoso almuerzo con Cristina y el segundo, tras el mote de “incorregibles” que les propinó Kirchner el jueves, se insistió sobre la imperiosa necesidad de que la Argentina se abra al mundo.
En ambos documentos, los hombres de negocios solicitaron que se haga prosperar un modelo de crecimiento económico y social moderno, competitivo y plenamente integrado en la economía global, pero en el primero se había insistido además, por vía indirecta y como ejemplo, en el mismo sentido: “una de las grandes transformaciones registradas en el mundo empresarial español ha sido el fuerte proceso de internacionalización, que ha convertido la economía española en una de las más abiertas del mundo”.
Tampoco la foto con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, que llegará a la Argentina el 7 de setiembre en el marco de una gira por seis países, fue del todo afortunada para la senadora Kirchner.
La encargada española de América latina, después de las sonrisas de protocolo, hizo declaraciones públicas solidarizándose con los pedidos de los empresarios, algo que una fuente diplomática española calificó de muy natural, al tiempo que señalaba que la gira fue muy positiva, sobre todo por la relación estrictamente política, a la que calificó de primer orden.
Nadie en el Gobierno argentino efectuó comentarios sobre aquellas declaraciones, ni tampoco las hubo sobre un agregado insidioso al perfil descriptivo de la Argentina que hizo el martes pasado el Departamento de Estado de los Estados Unidos en su página web: “la continuación de los atrasos argentinos en relación con los acreedores internacionales (incluyendo más de U$S 20.000 millones en reclamos por parte de tenedores internacionales y más de U$S 6.000 millones que se deben a acreedores oficiales, incluyendo el Gobierno estadounidense)... más un número grande de reclamos de arbitraje por empresas extranjeras que permanecen pendientes... pueden afectar desfavorablemente el clima de la inversión de la Argentina”.
Sobre llovido, mojado. Mientras los bonistas vendían títulos a mata caballo, la advertencia española y la anotación nada ingenua de los Estados Unidos marcan además un sendero difícil para la Argentina, ya que los mercados internacionales seguirán cerrados.
Ante los problemas fiscales que se manifiestan en un incremento del gasto del 50% en el año, que durante el último mes derivó en un resultado financiero negativo de $ 150 millones después del pago de intereses según Banco Santander Río, es más que lógico entonces que Cristina haya defendido a Hugo Chávez en España y que ahora se lo espere como un Papá Noel inversor, la semana próxima.
En cuanto al Indec, nadie se explica cómo la ventanilla de los precios minoristas registró 3,9% de alza en seis meses, mientras que los supermercados consignaron una suba de 10,5%. Es verdad que son otros artículos y otras ponderaciones, pero el grosero maquillaje que impuso Guillermo Moreno en el organismo, que lo tiene al punto del procesamiento, le quita “cristalinidad” a los argumentos presidenciales.
También entre el público que escucha a Kirchner hay consumidores que no saben nada de bonos ni de especulación, que se sienten engañados cada vez que ponen la mano en el bolsillo. Ellos también votarán en octubre. (DyN)







