21 Junio 2007 Seguir en 
Una vez más, la fría evidencia que surge de las estadísticas obliga a considerar con atención especial el tema de la inseguridad vial y -como lamentable consecuencia- el alarmante incremento en el número de víctimas que producen los accidentes que involucran a todo tipo de vehículos.
Nuestro diario publicó recientemente un ejemplo preocupante: en Yerba Buena se produce un accidente por día. La congestión vehicular, producto de un parque automotor en continuo aumento, y el escaso apego a la observación de las más elementales normas vigentes para la circulación -entre muchos otros factores- conforman una fórmula explosiva, que da como resultado, con una frecuencia que alarma, una enorme cantidad de colisiones, heridos de distinta consideración y hasta fallecimientos .
En más de una oportunidad se ha señalado que los controles severos, y los planes de concientización y de educación son las únicas armas de que se dispone para atacar este problema. Se ha sostenido que las normas deben consensuarse y aplicarse con el mismo celo en todo el territorio provincial, para que no se produzcan estériles disputas jurisdiccionales ni malentendidos que redunden en el agravamiento de la situación. Debe señalarse, además, que tanto los conductores de los distintos vehículos como los peatones que se desplazan a la vera de las rutas tienen la inexcusable responsabilidad de conocer las normas viales y la obligación de respetarlas a rajatabla. Si este sencillo principio se obedeciera celosamente, los controles y la vigilancia podrían estar de más. Pero la realidad indica que no existe todavía la conciencia de que todos somos parte del problema ni la de que la solución sólo podrá llegar si todos aportamos para que esto ocurra.
Pero es del mismo modo innegable que le corresponde al Estado tomar medidas para revertir el preocupante incremento del número de accidentes. En este sentido, la percepción de los médicos emergentólogos -el índice más confiable, dada la falta de estudios precisos por parte de las áreas competentes- es que los siniestros, lejos de bajar, aumentan, y se concentran en zonas consideradas sensibles, como la ruta 38 y las calles del centro de la ciudad capital. Los lomos de burro o los semáforos, teóricamente emplazados para contribuir a la seguridad, en muchos casos sólo complican el tránsito y hasta generan nuevos conflictos.
La eficacia de las medidas que se toman en el empeño de bajar la alarmante cantidad de víctimas depende de la persistencia con que se las ejecute y de lo convencidas que estén las autoridades de la necesidad de imponerlas. Muy poco es lo que se puede ganar si las campañas de concientización y los controles intensivos se llevan a cabo sólo como respuesta a la sensibilización de la opinión pública a causa de algún accidente especialmente impactante.
Si la verificación del uso de los cinturones de seguridad se abandona cuando se empiezan a realizar los controles de alcoholemia, en ningún momento se logrará el efecto deseado, que es crear una verdadera conciencia sobre la necesidad de contribuir a la seguridad vial entre los que conducen los vehículos y entre sus acompañantes. Y, como siempre, las campañas de educación entre los jóvenes y los chicos deben ser tomadas como prioridad, porque de otro modo siempre se estará actuando para atenuar los síntomas sin tomar medidas directas sobre las causas profundas de un problema que afecta a toda la sociedad.
Nuestro diario publicó recientemente un ejemplo preocupante: en Yerba Buena se produce un accidente por día. La congestión vehicular, producto de un parque automotor en continuo aumento, y el escaso apego a la observación de las más elementales normas vigentes para la circulación -entre muchos otros factores- conforman una fórmula explosiva, que da como resultado, con una frecuencia que alarma, una enorme cantidad de colisiones, heridos de distinta consideración y hasta fallecimientos .
En más de una oportunidad se ha señalado que los controles severos, y los planes de concientización y de educación son las únicas armas de que se dispone para atacar este problema. Se ha sostenido que las normas deben consensuarse y aplicarse con el mismo celo en todo el territorio provincial, para que no se produzcan estériles disputas jurisdiccionales ni malentendidos que redunden en el agravamiento de la situación. Debe señalarse, además, que tanto los conductores de los distintos vehículos como los peatones que se desplazan a la vera de las rutas tienen la inexcusable responsabilidad de conocer las normas viales y la obligación de respetarlas a rajatabla. Si este sencillo principio se obedeciera celosamente, los controles y la vigilancia podrían estar de más. Pero la realidad indica que no existe todavía la conciencia de que todos somos parte del problema ni la de que la solución sólo podrá llegar si todos aportamos para que esto ocurra.
Pero es del mismo modo innegable que le corresponde al Estado tomar medidas para revertir el preocupante incremento del número de accidentes. En este sentido, la percepción de los médicos emergentólogos -el índice más confiable, dada la falta de estudios precisos por parte de las áreas competentes- es que los siniestros, lejos de bajar, aumentan, y se concentran en zonas consideradas sensibles, como la ruta 38 y las calles del centro de la ciudad capital. Los lomos de burro o los semáforos, teóricamente emplazados para contribuir a la seguridad, en muchos casos sólo complican el tránsito y hasta generan nuevos conflictos.
La eficacia de las medidas que se toman en el empeño de bajar la alarmante cantidad de víctimas depende de la persistencia con que se las ejecute y de lo convencidas que estén las autoridades de la necesidad de imponerlas. Muy poco es lo que se puede ganar si las campañas de concientización y los controles intensivos se llevan a cabo sólo como respuesta a la sensibilización de la opinión pública a causa de algún accidente especialmente impactante.
Si la verificación del uso de los cinturones de seguridad se abandona cuando se empiezan a realizar los controles de alcoholemia, en ningún momento se logrará el efecto deseado, que es crear una verdadera conciencia sobre la necesidad de contribuir a la seguridad vial entre los que conducen los vehículos y entre sus acompañantes. Y, como siempre, las campañas de educación entre los jóvenes y los chicos deben ser tomadas como prioridad, porque de otro modo siempre se estará actuando para atenuar los síntomas sin tomar medidas directas sobre las causas profundas de un problema que afecta a toda la sociedad.







