La restauración del diálogo creador

13 Junio 2007
“No decirnos bien las cosas en público es quizás uno de nuestros defectos. Seguramente que sí y especialmente cuando las circunstancias demandan de la sociedad un esfuerzo conjunto hacia un futuro compartido”. La reflexión es parte de la homilía que el cardenal primado y arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, pronunció en la Plaza de Mayo con motivo de la celebración del Corpus Christi, bajo el lema “Soy la vida”.
   Durante el mensaje, los problemas de este tiempo afloraron como un reclamo ineludible que ningún sector de la vida comunitaria puede desoír. Especialmente cuando en el centro político del país se dirime, más que una competencia entre adversarios para mejorar el porvenir, una confrontación aniquiladora de ideas y proyectos en beneficio del pensamiento único.
   Hace falta fortalecer el diálogo institucional, ha dicho igualmente el cardenal primado. Si bien en ámbitos personales, de amistad y familia hay vínculos y relaciones, a los argentinos nos cuesta el diálogo público, “el decirnos bien las cosas institucionalmente delante de todos, para bien de todos”.
   En este sentido, la alusión más directa a la campaña electoral sucia que transcurre en la ciudad de Buenos Aires ha sido severa: “El que maldice para atrás es porque seguramente está planeando sacar provecho en el presente o en el futuro”, dijo.
   La homilía del cardenal primado se produjo en medio de una serie de discrepancias del religioso con el mismo presidente Néstor Kirchner, secundado por sus colaboradores más inmediatos, como el ministro del Interior, Aníbal Fernández. “Si a la religión se la utiliza como bandera política -dijo el funcionario- no es la Iglesia de Cristo”. Se trata de una interpretación incorrecta del rol institucional temporal que los pastores militantes cumplen al servicio del bienestar de la sociedad en que actúan para impedir la degradación moral de sus comportamientos.
   El mismo derecho y las mismas obligaciones tienen los pastores de otros cultos integrados en nuestra comunidad, y así se puede verificar cada vez que comparten deberes y creencias no dogmáticas en una comunión social que carece de antecedentes tan elocuentes como en la actualidad.
   Cuesta trabajo comprender que quienes tienen la responsabilidad de gobernar para todos no adviertan, como sugiere el ministro político, que la “casa de Cristo” es bastante más que un espacio cerrado donde la pérdida de calidades sociales y políticas que castigan a las comunidades no tiene acceso.
   Si las alusiones al pasado más turbio, real o ficcional son pautas de orientación para una campaña electoral donde vencer impide la honrosa gestión de convencer, bueno sería asomarse al oscuro tiempo en que el poder público violentó la “casa de Cristo” para reflexionar sobre sus consecuencias.
   Las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia han llegado, como se observa desde hace demasiado tiempo, a un deterioro intolerable, si se advierten las causas que lo han motivado. Diferencias temporales propias de negociaciones a niveles  intermedios, con la omisión de los cauces formales mediante el discurso crispado en la cima del poder o la opinión ligera de voceros oficiales.
   Como ha dicho el cardenal primado, “nos hace falta bendecir el presente, hablar bien unos de otros, no para adularnos, sino buscando lo que construye, lo que une, lo bueno que compartimos, que supera las diferencias y es el bien común”.

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