Más agresiones que autocrítica

Para el grupo que maneja el macrismo no fue malo dejar que la sociedad perciba que la bronca parte desde un solo lado. Por Hugo E. Grimaldi, columnista de DyN.

10 Junio 2007
BUENOS AIRES.- ¿Será la connotación de la palabra “envase” similar a aquel famoso cajón de Herminio Iglesias que sepultó a la fórmula Lúder-Bittel en 1983? Esta evaluación, como la de otros tantos escenarios, se hizo en las últimas horas en el cuartel general de Pro, donde la mesa chica de la agrupación de Mauricio Macri realizaba, a la vez, un recuento de los daños sufridos en los primeros días de una cada vez más áspera campaña, rumbo a la segunda vuelta de las elecciones porteñas.
“No tienen paz, no sabemos hasta dónde quieren llegar”, consignaban sobre el Gobierno. “Recién el lunes veremos si nos conviene el debate. El tema no está cerrado porque no queremos un ring”, decían al respecto. “Es una campaña de una agresividad desagradable y eso hizo que hayamos salido fortalecidos. Pero lo mejor de todo es que queda una semana menos”, agregaban.
“Gabriela Michetti es igual que Mauricio Macri. No hay que confundirse, es sólo una diferencia de envase”, había dicho el viernes Carlos Heller, en un acto de campaña de Diálogo por Buenos Aires, la pata izquierda de la fórmula del Gobierno nacional, la que más votos le aportó a Daniel Filmus (12,59%), aun por encima del oficialista Frente para la Victoria (11,18%). Sin hacer un mundo al respecto, los macristas resaltaban los aspectos discriminatorios de la frase y si, en realidad, el candidato a vicejefe había querido significar que lo que no gustaba del “envase” era que fuese “mujer y discapacitada”.
“Decidimos no salir a contestar; que la gente juzgue”, decían en línea con aquel viejo refrán del boxeo que enseñaba el maestro Horacio García Blanco: “cuando uno no quiere, dos no pelean”.
Para el minúsculo grupo que maneja la campaña del macrismo (el candidato, Michetti, Horacio Rodríguez Larreta y el asesor ecuatoriano Jaime Durán Barba) no fue malo dejar que la sociedad perciba que la bronca parte desde un solo lado, mientras que Pro desde el minuto cero decidió no rebatir y seguir planteando la problemática municipal, más allá de la intención oficial de nacionalizar la discusión.
Dicen en su entorno que Macri es muy disciplinado y que no es el jefe de su propia campaña, sino que discute las grandes líneas y que después deja hacer. Este sábado, en particular, el candidato decidió descansar en el Gran Buenos Aires, pero no se abandonaron las recorridas por los barrios de los legisladores electos, que agradecieron el voto de la semana pasada, casa por casa.
Durán Barba supone que la gente les respondió en primera instancia porque, más allá de que Macri supo despegarse de la clase política tradicional, siempre propuso construir, contra el tono negativo de la campaña que aportó Kirchner desde aquella intervención en el Luna Park y que exacerbó durante la semana con menciones directas a su apellido y a los años 90.
A la vez, el ecuatoriano rescata a Filmus como un dirigente en “positivo”, pero por las dudas ya se guardaron el discurso que hizo el ministro durante el festejo del Hotel Panamericano, tras desplazar a Telerman del ballottage y, a tres bandas, a Carrió del juego nacional. Esa noche, la imagen de tribuna de Filmus, dedo en alto, mezcla de maestro-ciruela y patrón de estancia, fue abrumadora y, para algunos, hasta irrespetuosa. “Ya les voy a enseñar cómo votar bien”, pareció decir.
En materia de videos, probablemente en Pro se guarden otros dos, memorables, con declaraciones de la ministra de Economía, Felisa Miceli, que superan, por lo pueril, lo que se podría considerar como un desborde ideológico de su colega de Gabinete. En uno de ellos, se refiere a los “ricos y magnates” como presuntos votantes del candidato ganador, justamente en “la capital mundial del cartoneo”, como se la chicaneó desde la izquierda.
Miceli, dirigente del peronismo porteño, seguramente no desconoce que la Ciudad de Buenos Aires es un distrito donde conviven lugares de alto poder adquisitivo, con grandes zonas de capas medias, muchas de ellas venidas a menos tras la crisis de 2001, junto a grandes bolsones de pobreza, donde campean la inseguridad, la droga y la falta de salud. En todos los barrios, sin excepción, ganó Macri.
A su favor, habrá que decir que quizás el domingo por la noche, cuando hizo esas intempestivas declaraciones, que alguien que no conociera su perfil pejotista podría catalogar como propias del “gorilismo” por su tan pacata negación de las mayorías, no había tenido el tiempo material de verificar los datos. Quizás advertida del blooper, aunque igualmente mal asesorada, dos días después Miceli insistió en vincular al líder de Pro con la suciedad de las calles porteñas, a través de la concesión del servicio de recolección de basura. Lo ilógico de la situación es que ninguna empresa de los Macri participa hoy de ese servicio, algo que la ministra dio por sentado.
Sin embargo, Miceli nada dijo, pero probablemente no lo desconozca pese a que se gestó en la órbita de Planificación, sobre la sociedad que el Gobierno nacional mantiene con el padre de Mauricio, Franco (“que es Macri”, dicen socarronamente en Pro) uno de los concesionarios de la estratégica línea ferroviaria Belgrano Norte, a la que accedió junto a sus socios chinos, más Roggio, Emepa y los gremios de Unión Ferroviaria, La Fraternidad y Camioneros, tras haber declarado el Gobierno a la empresa en estado de emergencia. Hoy, esta gerenciadora, que se llama Sociedad Operadora de Emergencia (SOE), recibe subsidios del Estado por $ 250 millones al año para pagar sueldos y arreglos de urgencia. Tampoco todas son rosas en las filas de Pro, ya que se combate la paranoia natural de los políticos con acciones de contra-paranoia: allí se empujan versiones y se arman escenarios ante eventuales ataques. “Ahora van a decir que Gabriela en realidad puede desplazarse y que usa la silla de ruedas para dar lástima”, se atajan. Saben que la imagen de Michetti es un punto fuerte de la campaña y se decidió que ahora acompañe al candidato a todos lados, no como en la primera vuelta, cuando se mostraban separados.
Otro punto que les preocupa es saber si es verdad que Daniel Filmus no está de acuerdo con la marcha y el tono virulento de la campaña, tal como la diagramó el Gobierno, con la mira puesta en la década del 90. La especulación es que no lo ven cómodo haciendo campaña de esa manera, ya que el propio ministro de Educación sabe que no puede cruzar espadas en esa lisa, ya que fue hombre de consulta de Carlos Grosso en la Ciudad y de Susana Decibe en la Nación.
“Tiene toda la razón de estar descontento. Cuando medimos las repercusiones de cada movida o declaración nos parece que están jugando para nosotros”, apuntan. Cuando el periodista dice que bien podrían haber motorizado ellos mismos esas posibles divergencias, en una suerte de operación mediática destinada a mostrar fisuras en la estrategia gubernamental, alguien en Pro duplica la apuesta y susurra: “si los números son abrumadores y Filmus se baja cuando el Presidente esté de viaje, Néstor Kirchner quedará preservado”.
En verdad, nada ni nadie salvará al Presidente de su involucramiento, ni probablemente su personalidad querría que eso ocurriese. Está convencido, además, de que, mirando hacia el posicionamiento en octubre, si la cosa se da vuelta o si se consigue un resultado casi de empate, el fin habrá justificado el riesgo, en un distrito opositor, donde su imagen cayó como en ningún otro lado y donde su esposa muestra la menor intención de voto del país. En principal problema de Kirchner es la división ostensible que generó con la demonización de la derecha, algo que él mismo tuvo el mérito de propiciar cuando imaginó un país dividido en dos polos de alternancia, a la manera europea. Ahora, que muestra Europa atisbos de hacer retroceder el péndulo, no parece un tiempo muy oportuno para intentar cambiar las reglas de juego sólo porque la cuerda es diferente.
Al fin y al cabo, en esos términos tan crudos de ideología, la ciudadanía de la Capital votó por la derecha hasta ahora mayoritariamente en la primera vuelta, pero no definitivamente, según las reglas del distrito, porque durante los últimos ocho años, con una izquierda sui-generis gobernando sólo para el espacio público y la seudo cultura de los recitales, la degradación de la Ciudad fue imparable y sus servicios (el de seguridad, en primera instancia) colapsaron.
No entender que los ciudadanos buscaron dentro de la democracia un cambio que se deberá resolver dentro del distrito y denostarlos por haber ejercido esa opción prefiriendo una alternativa no afín es una jugada de muy mala práctica política, aunque los resultados finalmente se den vuelta. Es algo muy esquizofrénico y de poca autocrítica decirles a los votantes: “los equivocados son ustedes. No es que hayamos gobernado mal, sino que esperaban otra cosa”. El Presidente parece haber abandonado la costumbre de llamar “capitalinos” a los porteños. Ahora, resta que en estas dos semanas él y su candidato desde el atril hagan propuestas mejores que las de Macri para que la gente sienta que hay dos proyectos en pugna y no un contendiente que tira palos de ciego y otro que ni siquiera esboza un quejido cuando le sacuden las piernas.

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