En principio, los principios
Se ha instalado con raíces profundas en la conciencia colectiva la certeza de que la honestidad ha desaparecido para siempre. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción de LA GACETA.
03 Junio 2007 Seguir en 
El lugar: la intersección de las calles San Martín y 25 de Mayo, en San Miguel de Tucumán; el momento: las 8.15 del viernes 18 de mayo de 2007; la circunstancia: bloqueo del tránsito vehicular y peatonal en la plaza Independencia a causa de la reunión de gobernadores por la integración entre Argentina y Brasil; los protagonistas: un policía a cargo del cerrojo y varios transeúntes que ven interrumpido el paso. El diálogo: “no se puede pasar porque están reunidos los gobernadores”, dice el policía. “Estos se juntan pa’ ver cómo van a choriá’ más y yo no puedo ir a laburá’”, reflexiona un irritado peatón en fluido dialecto tucumano. Más allá de la comprensible molestia que puede causarle a cualquier ciudadano la sorpresiva imposibilidad de concurrir al lugar al que pretendía llegar, es interesante analizar la expresión del damnificado por el operativo. En realidad, resulta dramático para cualquier sistema de gobierno la fuerza que ha cobrado entre la población la idea de que sus dirigentes se aprovechan de su posición de poder para sacar réditos personales. Una rápida encuesta en cualquier sector de la sociedad reflejará un profundo escepticismo por parte de los consultados acerca de la probidad de quienes ejercen cargos directivos. Y esta desconfianza no sólo afecta a los miembros de la clase política, que nunca pudieron recuperarse del explosivo “que se vayan todos” que merecieron a fines de 2001. Cualquier subalterno duda profundamente de la capacidad y de la honestidad de su jefe; los alumnos no confían en sus profesores; los clientes descreen de las virtudes del producto que enuncia el vendedor; un grueso porcentaje de la población le teme a la policía tanto o más que a los delincuentes; al ciudadano común le parece que la Justicia no es ciega; muchos dudan de la integridad moral de los periodistas. Y los ejemplos siguen.No es que al hombre común le falten elementos como para alimentar cada una de estas sensaciones y muchas otras más. La historia de nuestro país muestra una nefasta cadena de hechos de corrupción desde la época del virreinato (Jorge Lanata da ejemplos interesantes en el primer volumen de su libro “Argentinos”) hasta los días que corren.
“Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. La genial transcripción en clave de humor de la falta de coherencia que se identifica automáticamente con la actuación de muchos personajes públicos pertenece al inefable Groucho Marx. Y ya se sabe la importante cuota de verdad que encierran los chistes más ingeniosos. El problema para la salud del cuerpo social es que se ha instalado con raíces profundas en la conciencia colectiva la certeza de que la honestidad ha desaparecido, de que la observación de principios elementales es historia antigua y de que la lealtad y la coherencia han sido definitivamente reemplazadas por el oportunismo y la hipocresía. Sin embargo, esto no es totalmente cierto. Los principales beneficiarios de que se haya generalizado la sensación de desaliento ante lo que parece una realidad inmodificable son, precisamente, quienes no cumplen con la obligación de observar conductas intachables que les impone su condición de referentes.
Si el pensamiento generalizado -sobre todo entre los jóvenes- es que todo está perdido, la solución estará realmente fuera de nuestro alcance. Pero hay que tener presente que hay una gran mayoría que trabaja, estudia y cumple puntualmente todas sus obligaciones, aunque esto no merezca grandes titulares. Sobre este esfuerzo constante y silencioso se sostiene la esperanza de cambio.







