01 Junio 2007 Seguir en 
En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se elegirán el domingo jefe de Gobierno y la mitad de los miembros de Legislatura. Y si en la primera vuelta ningún candidato obtiene el 50 % más uno de los votos se irá a ballottage. Desde la reforma constitucional de 1994, cuando se estableció la autonomía de la ciudad, ninguno de los comicios porteños ha tenido en el resto del país la trascendencia que alcanzaron estos. En Tucumán, por caso, la edición web de LA GACETA ha llegado a realizar una encuesta que logró altos niveles de participación. Ello se debe a las extraordinarias circunstancias de recomposición política que se están produciendo en el país desde la crisis de hace un lustro: los partidos tradicionales, especialmente los mayores, se hallan en graves dificultades debido al desprestigio de sus dirigentes y a la carencia de reformas modernizadoras. Por esa causa, tanto el Partido Justicialista como la Unión Cívica Radical carecen de candidatos bajo sus propias siglas, mientras que fracciones de sus respectivos padrones optan por diferentes organizaciones o alianzas. Tradicionalmente, el electorado porteño, siendo o no autónomo el distrito, fue el más independiente del Gobierno nacional y es, por cierto, el que mayor ingreso per cápita ostenta en el país
A esa realidad se agrega en esta ocasión la particular circunstancia de que el actual poder central desarrolla una estrategia hiperpresidencialista en el orden nacional, mediante la cooptación de gobernadores provinciales originariamente de la oposición, facilitada por un fuerte control del sistema de coparticipación federal. Ello le es más dificultoso en la ciudad autónoma, que dispone de recursos fiscales superiores.
Esa estrategia con tendencia hegemonista procura obtener el gobierno porteño, a la vez que el de la provincia de Buenos Aires, y configurar así en el área metropolitana el mayor poder por regiones. Son 18 los postulantes a gobernador porteño y 30 para las bancas legislativas, distribuidos en 22 listas.
Entre los primeros y con más posibilidades , según las encuestas, se encuentra el candidato del presidente Kirchner y de la primera dama, quienes lo promueven públicamente peticionando adhesiones. La naturaleza de la campaña electoral no solamente está alterada por las graves faltas de ética pública -dos ministros nacionales participan sin pedir licencias o renunciar a sus cargos - sino por procedimientos y acciones de elevada bastardía. Entre tantos testimonios de esa suciedad política figura el del juez federal que citó velozmente a uno de los candidatos opositores a declarar durante ambas vueltas electorales sobre un supuesto uso indebido de título universitario.
Las elecciones porteñas se han convertido por todo ello en un barómetro de tiempos inciertos que se observa en todo el país, y que desde hace meses mide el más alto nivel de alteración pública de que se tenga memoria, sin que las autoridades de aplicación se muestren capaces de mantener el orden normativo necesario.
La carencia virtual de partidos políticos en pleno funcionamiento, secuela evidente de la nula voluntad del Gobierno y del Congreso para promover la largamente prometida reforma política, parece ser ahora la causa del temor oficialista a que las elecciones porteñas puedan abrir, con su notoria influencia, cauces y alternativas que pongan límites al desbordado presidencialismo de los superpoderes. El costado negativo de las situaciones expuestas es, desafortunadamente, el fuerte centralismo, que resiente a la república federal.
A esa realidad se agrega en esta ocasión la particular circunstancia de que el actual poder central desarrolla una estrategia hiperpresidencialista en el orden nacional, mediante la cooptación de gobernadores provinciales originariamente de la oposición, facilitada por un fuerte control del sistema de coparticipación federal. Ello le es más dificultoso en la ciudad autónoma, que dispone de recursos fiscales superiores.
Esa estrategia con tendencia hegemonista procura obtener el gobierno porteño, a la vez que el de la provincia de Buenos Aires, y configurar así en el área metropolitana el mayor poder por regiones. Son 18 los postulantes a gobernador porteño y 30 para las bancas legislativas, distribuidos en 22 listas.
Entre los primeros y con más posibilidades , según las encuestas, se encuentra el candidato del presidente Kirchner y de la primera dama, quienes lo promueven públicamente peticionando adhesiones. La naturaleza de la campaña electoral no solamente está alterada por las graves faltas de ética pública -dos ministros nacionales participan sin pedir licencias o renunciar a sus cargos - sino por procedimientos y acciones de elevada bastardía. Entre tantos testimonios de esa suciedad política figura el del juez federal que citó velozmente a uno de los candidatos opositores a declarar durante ambas vueltas electorales sobre un supuesto uso indebido de título universitario.
Las elecciones porteñas se han convertido por todo ello en un barómetro de tiempos inciertos que se observa en todo el país, y que desde hace meses mide el más alto nivel de alteración pública de que se tenga memoria, sin que las autoridades de aplicación se muestren capaces de mantener el orden normativo necesario.
La carencia virtual de partidos políticos en pleno funcionamiento, secuela evidente de la nula voluntad del Gobierno y del Congreso para promover la largamente prometida reforma política, parece ser ahora la causa del temor oficialista a que las elecciones porteñas puedan abrir, con su notoria influencia, cauces y alternativas que pongan límites al desbordado presidencialismo de los superpoderes. El costado negativo de las situaciones expuestas es, desafortunadamente, el fuerte centralismo, que resiente a la república federal.







