Esperando el sacudón

Por Roberto Delgado, prosecretario de Redacción LA GACETA.

29 Mayo 2007
Tres episodios en los que intervinieron policías muestran aristas que deben trabajarse en la política de seguridad, sin esperar que haya episodios conmocionantes.

El oficio de Policía tiene un aura de poder y genera respeto, pero es una tarea dura y sometida a constantes sacudones. Cuando no es la crítica por la inseguridad en general son los errores pagados con sangre. No es fácil ser policía, y es peor si se trata de Tucumán, donde las reglas del trabajo no están claras, ni el Gobierno ayuda.
Los episodios de los últimos días muestran tres tendencias preocupantes. Una, la tragedia en la Policía Vial, donde un agente baleó a otro durante un juego, en medio de las tareas cotidianas. ¿Se puede jugar y hacer bromas en el trabajo? Sí, incluso en la Policía, pero no con armas ya que las carga el diablo. ¿Qué tensiones se liberan durante esos juegos de oficina? Un psicoanalista podría explicarlos, pero en la fuerza de seguridad no se hacen controles periódicos del estado mental de los agentes y sólo se los manda al médico cuando son muy notorias las alteraciones de tipo depresivo o maníaco. Por ello, las explicaciones que dio el jefe de Policía, Hugo Sánchez, resultaron inquietantes: dijo que el hecho de que haya unos 7.000 agentes en la fuerza excede las posibilidades de control. Ergo, cuantos más policías haya, más riesgos de accidentes de este tipo habrá.
Otro episodio fue el de Las Talitas, donde el robo del celular a una chiquilla de 13 años terminó con la muerte de uno de los asaltantes, también adolescente. El incidente es una repetición gravísima de una situación cotidiana en la periferia de la capital y en las poblaciones menos favorecidas por el desarrollo económico, castigadas por la falta de servicios y por la inseguridad constante. Basta recorrer esos lugares para tener una idea de los temores de la gente, que tiene las casas demasiado enrejadas para tratarse de vecindarios donde los chicos juegan en la vereda mientras los abuelos matean.
Es notoria en estos lugares la falta de presencia de policías de barrio. Lo que se incrementó, como en el resto de la provincia, es la capacidad reactiva y operativa de la Policía, es decir, la actividad de los agentes que salen a perseguir a los ladrones y asaltantes, y no la de los que previenen los delitos. La Policía comunitaria ha desaparecido de esos lugares.
Esto se vincula con el tercer episodio. En “La Bombilla”, zona de la seccional 6a, donde se había montado una experiencia piloto de Policía Comunitaria, un oficial que intentaba detener a un sospechoso de asalto recibió un cascotazo en la cabeza. Lo atacaron los mismos vecinos, en defensa del delincuente. O el experimento se montó mal, o fue dejado de lado. Este episodio muestra que la relación policía-vecinos es tan tensa como siempre.
No obstante -dirían los jefes de la fuerza- ahora han disminuido los robos en el centro. ¿Sabrán ellos a qué se debe? Porque desde los últimos tiempos de zozobra, cuando se prometieron reuniones entre los tres poderes para revisar leyes y mejorar la política de seguridad, nada se ha hecho. ¿Estarán esperando el próximo sacudón?


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