Imagen de Borges

Por Jorge Estrella, para LA GACETA - Tucumán. Viejas heridas se han abierto y nuevos cuestionamientos se han disparado, a partir de la publicación del libro que registra las conversaciones entre dos grandes de la literatura argentina. Pero "Borges", de Adolfo Bioy Casares, también ha servido para recordar al genial autor de "Ficciones" no sólo como escritor, sino también como persona. Una que siempre fue coherente, según afirma Jorge Estrella, que lo conoció.

29 Abril 2007
No leí el volumen de los apuntes en que Bioy Casares registró -minuciosamente, me dicen amigos que sí lo leyeron- sus encuentros regulares con Borges.
Al parecer, surge desde allí una imagen que no enaltece precisamente a Borges: chismoso, defensor público de personas que luego denigraba en privado, grosero con frecuencia, Borges deja la impresión, en las memorias de Bioy, de habitar no sólo las alturas metafísicas que lo hicieron famoso en la literatura.
No puedo, pues, comentar las observaciones de Bioy. Pero sí puedo recordar algunas actitudes públicas de Jorge Luis Borges que acaso muestran su tamaño real y también la coherencia entre su vida y su obra.
Nuestro país es menesteroso de figuras ejemplares, esto es, hombres públicos cuyas conductas marquen alturas, comportamientos virtuosos o señales indicadoras de un rumbo grande a seguir. Los ejemplos de Favaloro e Illia son notables en este sentido. Recuerdo que Illia no cobraba su sueldo; lo entregaba para un hospital de su pago cordobés. Tómese, por ejemplo, a los gobernantes nacionales de los últimos 25 años del siglo pasado (un corte arbitrario, como otro cualquiera) y encuéntrese después a quien pueda razonablemente enorgullecerse de ser argentino habiendo tenido esos gobernantes. Aun aquellos claramente elegidos por la "voluntad popular", dejaron huellas de corrupción o mediocridad o incompetencia (usualmente todo ello reunido prolijamente).
Borges estuvo a contrapelo de esa historia que nos avergüenza. Recordaré aquí, a vuelo de pájaro, tres ejemplos.

1 - He comentado en estas mismas páginas un comportamiento suyo de 1976 (Cf. Borges en Chile, 15-04-90). Declinó una invitación a México y prefirió visitar Chile. Conversé con Borges una hora después de que lo designaron doctor honoris causa en la Universidad de Chile. Transcribo parcialmente ese diálogo:

-¿Se notó que no soy comunista?, me pregunta sonriente mientras se apoya en mi brazo y nos encaminamos hacia un recinto de la casa central de la universidad luego de la ceremonia donde habló...Le contesto que aquí muchos intelectuales no le perdonarán su anticomunismo.
-Aquí y en todas partes, me dice. Y agrega: -Hace unos meses recibí dos invitaciones. Una para México, la otra para Chile. Supe que si iba a México y decía allí algunas frivolidades que ellos esperaban, el Nobel de este año sería para mí. Escogí venir a Chile. Y, aunque parezca monótono, volver sobre lo que digo siempre.
Seguíamos caminando bajo el enorme patio cerrado, cuando detuvo ese andar incierto de ciego que tiene y me preguntó:
-¿Usted hace apuestas?
-No -le contesté perplejo.
-Es una lástima, porque le hubiera propuesto una: diez a uno que el Nobel que se está decidiendo estos días no es para mí. Y que el motivo es la defensa que acabo de hacer de Chile.

-¿No exagera, Borges?
-Si cree que exagero acepte mi apuesta.
-El azar no es mi fuerte.
-Tampoco el mío; por eso quiero apostarle.
Llegábamos al salón, perfumado por la antigua madera de sus muros.-Borges, entonces Usted parece andar buscando que no le den ese famoso premio.

Vuelve su rostro hacia mí y amaga esa sonrisa entre burlona y amable que tiene... En la ceremonia de la Universidad de Chile habló escuetamente, recordó a sus mayores que lucharon por la gesta de Maipú y en la guerra de la reconquista del sur. Y ese hablar como fuera del tiempo que da a sus palabras, extrañamente, el peso de lo histórico, la reverberación de un tiempo que en su misma hebra anuda aquel gigante que cruza los Andes y a este Borges enorme que habla en Chile. Llevado por ese curso que traza su decir, siento, como suelen sentirse ciertas ultimidades, que la historia me está rozando... Como pocas veces, siento orgullo de ser argentino.
Pocas semanas después de su estada en Chile, los diarios traían el nombre del premio Nobel de Literatura 1976. No era Borges. Y unos días después, un breve recuadro en El Mercurio destacaba las declaraciones de un jurado del Nobel. Pedía no ser identificado y confesaba que las declaraciones de Borges en Chile hicieron desistir al tribunal de concederle el premio.
Recordé una vez más esa especie de humilde altanería, de burlona amabilidad que deja en uno su decir. Me identifiqué con ese modo suyo, con esa cortesía desafiante, quizás porque estoy cierto -como tantos- que es el Nobel quien precisa a Borges, no al revés.

2 - Cuando las mayorías nacionales vibraban de entusiasmo por la ?recuperación? de Las Malvinas, Borges fue la única voz clara que advirtió a sus paisanos sobre el desatino de la empresa. Y se burló abiertamente de los militares responsables de iniciarla. Si el llamado ?pueblo argentino? hubiese atendido esa voz, o si esa voz hubiese sido multiplicada en ecos por otros intelectuales, quizás nuestro destino nacional hubiese sido diferente para mejor. Con un coraje que parecía inaudito, este hombre ciego que veía lejos predicaba en el desierto.

3 - Registro un último acto suyo ejemplar. En esa decadencia nacional de 1986 que lo vio morir, eligió irse de Argentina, ser enterrado en Suiza. Otro acto simbólico que pocos argentinos supieron apreciar.Rescato la congruencia que tienen estos comportamientos (a ellos podría sumar muchos más) con la obra de Borges. Esta es la expresión luminosa de lo mejor que pueden mostrar los argentinos: la defensa de la inteligencia sobre las pasiones subalternas; el ejercicio apasionado de un escepticismo saludable; la conciliación del coraje con la nobleza; la percepción del misterio de la vida que palpita tras el acto más inocente; la fe irracional en que vale la pena construir como si estuviésemos sobre roca, "aunque sepamos que es arena". (c) LA GACETA