Desde que aparecieron los anticipos del "Borges" oí comentarios indignados sobre su contenido. La principal objeción es que no debería publicarse lo que se dice entre amigos; hacerlo significa una traición. Tal vez esto se deba a que en nuestro medio no existe la costumbre de leer diarios de escritores. Son pocos los publicados en español y también hay pocas traducciones de los diarios más famosos: el de los Goncourt, el de Jules Renard, el de Paul Léautaud, el de Virginia Woolf, el Journal inutile, más reciente, de Paul Morand... El diario de un escritor es inevitablemente indiscreto, y ya se sabe que un escritor no suele ser indulgente con sus colegas (véase "El arte de injuriar"). En este diario, la literatura ocupa el lugar central. El modelo que Bioy Casares eligió es la "Vida del Dr. Johnson", contada por James Boswell, que recopiló los diálogos entre Johnson y sus amigos. Este clásico de la literatura inglesa es citado varias veces. ¿Habrá sospechado Borges que su amigo anotaba todas sus conversaciones? Pienso que sí, ya que en una ocasión le dijo que anotara en su cuaderno la anécdota que iba a contarle. Además, en "Guirnalda con amores" Bioy Casares incluye pensamientos y anécdotas tomadas de un "cuaderno de apuntes". ¿Pero Borges leía -le leían- los libros de Bioy posteriores a "El sueño de los héroes"?
En este diario hay pocas revelaciones que puedan ser consideradas escandalosas. Abundan, en cambio, los juicios literarios, demoledores en su mayoría -muchos de ellos injustos-, referidos al prestigio inmerecido de algunos escritores y a la vanidad inagotable de muchos de ellos, que sólo han dejado su nombre en este diario que los denigra. Tal vez encontremos una explicación sobre la conducta de Borges en un apunte de Bioy del 25/3/64c: "Silvina lo acusó de ser cruel con la que no quiere ni estima, [...] Reconoció Borges que para él la gente no contaba, no existía o existía como objetos incómodos, como baúles interpuestos en el camino."
En casa de los Bioy se comía tarde cuando empecé a frecuentarlos, a eso de las diez o diez y media de la noche. La mesa, de forma oblonga, era chica, y en ella no cabían cómodamente más de cuatro personas. Una vez que empezaban a comer, los dueños de casa hablaban muy poco. Bioy se limitaba a hacer una pregunta a Borges; Silvina Ocampo guardaba silencio, un poco por higiene (para que no le entrara aire en la boca) y otro poco por comodidad. Borges hablaba sin parar. Supongo que no le gustaba la comida, casi siempre la misma. Podía ser muy divertido contando con fingido asombro anécdotas sobre amigas suyas de las que había estado enamorado. Quizá lo hiciera por despecho -era rencoroso-, pero también porque lo fascinaba la tontería infinita de ciertas mujeres. Algunas de ellas eran escritoras, cuya obra escasa no justificaba sus pretensiones. También influía la misoginia de Borges, que no admiraba sin reservas a ninguna escritora. Ni Virginia Woolf se salvaba.
Borges y Bioy estaban poco interesados en los escritores de moda, pero solían espulgar los nuevos libros de amigos o supuestos amigos suyos como Eduardo Mallea, José Bianco, Manuel Peyrou, Estela Canto, Manuel Mujica Lainez y Victoria Ocampo, invariablemente execrada por su cuñado. Borges, por su parte, solía comentar obsesivamente la obra y la vida de algunos escritores argentinos: Leopoldo Lugones, Macedonio Fernández, Arturo Capdevila, Ricardo Rojas, Ricardo Molinari, Oliverio Girondo, Francisco Luis Bernárdez. Varias de estas anécdotas tenían que ver con la vida literaria porteña, sobre todo con la política literaria, que interesaba particularmente a Borges aunque no tanto a Bioy. Pero ambos coincidían en cuanto a la política nacional Es evidente que Bioy influyó en el gusto de Borges hacia los años 50, cuando este último se inclinó por un criterio más clásico, acorde con las literaturas francesa e inglesa del siglo XVIII. Lo barroco, lo desmesurado, lo oscuro fueron gradualmente descartados. Y si bien aceptaron el encargo de traducir Macbeth, no cejaron en su propósito de encontrar defectos en la obra de Shakespeare, ante la indignación de Silvina.
Un aspecto curioso son los juicios públicos y privados de Borges. Por compromiso o por debilidad, escribía un prólogo, una reseña o presentaba un libro de un autor al que elogiaba en forma desmedida. Manejaba la hipérbole con perfidia, haciendo que el elogio resultara sospechoso. Las desprevenidas víctimas solían ser amigas suyas casi desconocidas fuera de su círculo, pero me sorprendió que atacara ferozmente a Pedro Henríquez Ureña y que menospreciara la literatura de Alfonso Reyes. Un caso aparte es el de Victoria Ocampo. Borges y Bioy no se cansaban de ridiculizarla. Sin embargo, en un gesto de insólita justicia, al morir Victoria Ocampo Borges trazó una semblanza admirable en la que reconoció su altura moral y la importancia que tuvo en la vida intelectual argentina.
La fama y la ceguera lo alejaron de sus amigos. Borges ya no tuvo paciencia con Peyrou, cuya declinación se puede observar en las páginas de este diario. Tampoco soportó el alcoholismo de Haydée Lange ni el de Estela Canto. Se nota, asimismo, cierta hostilidad respecto de Silvina Ocampo. A medida que ella empieza a escribir con más libertad, Borges rechaza horrorizado las imaginativas perversiones de "La furia" y "Las invitadas". ¿O será que no toleraba la emancipación de su discípula? De todos modos, como sabía imponerse, Silvina utilizó a Borges para sus fines. Logró que escribiera un prólogo para la edición francesa de sus cuentos, otro prólogo para su traducción de los poemas de Emily Dickinson y el último para la selección de sus cuentos traducida por Daniel Balderston para la editorial Penguin.
Un detalle que hay que tener en cuenta es que Silvina elegía a la mayoría de los invitados. Borges se sentaba a la derecha de Bioy y el segundo invitado, a la izquierda de Silvina. Si Borges no estaba, el invitado se sentaba a la derecha del dueño de casa. El matrimonio Mallea, criticado por Bioy y por Borges, era amigo de Silvina, como lo eran José Bianco, Enrique Pezzoni, Juan José Hernández, Leda Valladares, Edgardo Cozarinsky, J. R. Wilcock, Manuel Mujica Lainez y Noemí Ulla. Casi todos habían escrito sobre Bioy o sobre Silvina o sobre ambos, como es el caso de algunos de los nombrados.
Pienso que los diálogos de estos amigos ilustres pueden resultar interesantes no sólo para quienes los conocieron y vivieron aquellos años, sino para los escritores más jóvenes, tal vez más libres de prejuicios, que aprenderán a juzgar un poema, el argumento de una novela y a comprender la importancia del estilo. © LA GACETA