Borges, el libro de la polémica

Por María Eugenia Valentié, para LA GACETA - Tucumán. La obra que reúne los diálogos entre Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges se ha convertido en un disparador de posturas encontradas. A partir de esa publicación, LA GACETA Literaria aborda en este número distintas consideraciones sobre la obra y, también, sobre la vida del mayor escritor de la literatura argentina.

29 Abril 2007
En un tórrido y solitario verano en Tucumán, sólo interrumpido por inundaciones y vendavales, cuando mucha gente ya se había ido a las montañas o al mar, consideré que era el momento adecuado para comenzar a leer un libro de 1.663 páginas: "Borges", el libro que reúne los diarios en los que Bioy Casares registra sus conversaciones con su íntimo amigo (edición a cargo de Daniel Martino, albacea literario de Bioy; editorial Destino, Bogotá, 2006).
Mi admiración por Borges viene desde mi lejana adolescencia y continúa hasta hoy; y, quizás por eso, llegué a imaginar que todo lo que se refiriera a él debía ser perfecto. Cuando ya había comenzado la lectura me contaron que, conversando con Bioy Casares, se divertía hablando mal de los demás escritores, ridiculizando a esos autores menos dotados que él; que decía cosas muy desagradables de mujeres a las que había amado o con las que había escrito libros en colaboración. Por supuesto, todo eso me desconcertó.
Ocurre que yo pensaba que existía una relación muy estrecha entre inteligencia y bondad, entre razón y piedad. Tuve que recordar que científicos muy importantes utilizaban su talento para construir armas cada vez más mortíficas y que ejemplos de este tipo abundan en la historia humana, pasada y presente. Entonces, ¿por qué me parecía tan grave que Borges se burlara inclusive de sus amigos, si un genio no es necesariamente un santo?
Aparte de estas reflexiones, la lectura del libro me reconcilió con Borges, pues esa lectura fue un placer. Asistir a las conversaciones de dos personas muy inteligentes y agudas, con mucho sentido del humor, puede hacer olvidar rápidamente cualquier situación climática.Borges y Victoria Ocampo fueron dos personalidades muy fuertes que, evidentemente, debieron chocar varias veces. Borges la acusa de "mandona", pero no deja de publicar en "Sur", ni de visitarla en su casa. Cuando vuelve de sus reuniones, se dedica a criticar también a sus invitados, especialmente cuando son celebridades internacionales, como el poeta hindú Tagore. Se ensaña con Sábato presentándolo como un hombre que, careciendo de una obra, busca la publicidad, y cuenta de él que si en una reunión aparece un fotógrafo, corre a ponerse en primera fila. De Mujica Láinez dice que cuando va a Europa, con sus extravagantes chalecos y sus sombreritos, se cree que lo confunden con un lord inglés, y que, en cambio, los ingleses lo ven como un sudaca ridículo. En general, los escritores no le gustan; de Molinari dice que es un compadrito ignorante y, sin embargo, superior que Bernárdez; a Lugones le falta inspiración, etc, etc. La lista es muy larga; y entre los clásicos, el más agredido es Goethe.
Por supuesto, todo eso es parte de la charla de dos grandes amigos que se divierten con sus chistes y sus bromas, y dicen cosas que Borges pensaba que nunca se publicarían. También analizan la obra de los poetas ingleses y franceses, pero con un tono completamente distinto. Se comportan como serios críticos literarios, agudos y eruditos. A Borges le interesa la poética; Bioy es, sobre todo, un narrador. En sus diálogos se descubre el proceso del trabajo literario. Borges es muy estricto en el empleo de las palabras. Cuando leemos sus poemas, muchas veces sentimos el esplendor de la belleza, la revelación de sentidos secretos del mundo. Pero lo que vivimos como el resultado de una inspiración fulgurante se nos revela aquí como la consecuencia de un arduo trabajo. Busca las palabras, no sólo por su significado, sino también por su belleza, su sonido, el número de sus sílabas, su consonancia con otras palabras. Borges ciego escucha la música de sus versos.
Los dos amigos dedican una gran parte de su tiempo a obras en colaboración: la serie de Bustos Domecq, en la que los autores utilizan apellidos de sus antepasados para contar los casos policiales que, desde la cárcel, resuelve el inefable detective criollo: Don Isidro Parodi. También utilizaron el seudónimo de B. Suárez Lynch y otras veces usaban sus propios nombres. También hicieron juntos antologías y dirigieron para Emecé la colección "El Séptimo Círculo", que tanto añoramos los viejos lectores de novelas policiales. Toda esa gran obra tiene su origen en un sentimiento admirable y desinteresado: la amistad.
Borges comía varias noches durante la semana en casa de Bioy, pero Silvina Ocampo parecía intervenir muy poco en las conversaciones, aunque en el libro se hace mención a una violenta discusión con Borges, debido a sus constantes críticas a su hermana Victoria.
También aparecen otros invitados, cuyas palabras no se consignan. Es, además, mínimo el espacio dedicado a cuestiones de la vida personal, comparado con el tratamiento de los temas literarios. Sólo se citan acontecimientos muy importantes en la vida de ambos, pero sin comentarios. Esto se aplica totalmente a Bioy y, en menor medida, a Borges, cuya vida sentimental aparece en algunos párrafos: su frustrado romance con María Esther Vázquez, su casamiento con Elsa Astete y la aparición de María Kodama.
Un hallazgo importante para mí fue descubrir a la madre de Borges a través de las pocas frases que este libro recoge. Era una mujer inteligente, muy culta y abnegada, con sentido del humor y convicciones muy firmes. Creo que fue una influencia muy importante en la vida de Borges. Lo acompañó, mientras pudo, en sus viajes al exterior; y cuando él quedó ciego, ella se dedicó a leer libros que él deseaba conocer.
En su lejana adolescencia europea, Borges admiró a Marx y la Revolución Rusa y, en consecuencia, escribió unos versos rojos, de los cuales se arrepintió y que nunca más quiso reeditar. En política terminó afiliándose al Partido Conservador. Fue un liberal, en el sentido que abominaba todo gobierno que impidiera la libre expresión de las ideas. Pero en cuanto a la democracia, su posición era menos segura, pues la consideraba un abuso de la estadística. Detestaba a los peronistas y a los comunistas. En el primer caso, como no se trataba de una ideología estructurada, Borges criticaba a los intelectuales que obtenían prebendas de un gobierno que él consideraba corrupto. En el segundo, no distinguía matices entre los partidos de izquierda o de centro, de tal modo que hasta Illia era tildado de comunista; también Risieri Frondizi, rector de la Universidad de Buenos Aires, y su hermano Arturo, que fue presidente de la Argentina. En general, peronista y comunista eran adjetivos que, sin mucho pensarlo, Borges atribuía a personas que no le gustaban. En cambio, fue muy justo y valiente al oponerse a la guerra de las Malvinas, esa absurda aventura de un gobierno militar que ya no podía sostenerse y que causó la muerte de tantos jóvenes.
En una comida en casa de los Bioy, Silvina está contenta porque uno de sus libros se estaba traduciendo al inglés. Entonces, Borges le dice severamente: "No sé por qué te interesa tanto que tus libros se traduzcan." Bioy Casares escribe: "Tal vez tenga razón, pero es un poco cruel decir eso a Silvina... Sobre todo no parece bien recomendarle ese tipo de discretismo cuando los libros de uno fueron traducidos a todas las lenguas y cuando uno viaja de una a otra universidad para que lo doctoren honoris causa. Estas palabras pueden parecer una prueba de falta de afecto; no es así. Lo quiero a Borges como siempre... pero deploro su rigidez, fácilmente irritada y cruel con el prójimo."
En la década del 80 la presencia de María Kodama es cada vez mayor. Borges declara que María es lo mejor que le ha pasado en su vida. Viajan juntos a diversos países. Bioy se preocupa por la salud de Borges, que está en Ginebra con María.
El 12 de mayo de 1986, Bioy escribe: "Hoy hablé con Borges, que está en Ginebra. A eso de las nueve, cuando íbamos a tomar el desayuno, llamó el teléfono. Silvina atendió. Pronto entendí que hablaba con María Kodama. Silvina le preguntó: ?¿Cuándo vuelven??. María no contestó a esa pregunta. Silvina habló también con Borges y volvió a preguntar: ?¿Cuándo vuelven??. Me dio el teléfono y hablé con María. Le comuniqué noticias de poca importancia sobre derechos de autor (una cortesía, para no hablar de temas patéticos). Me dijo que Borges no estaba muy bien, que oía mal y que le hablara en voz alta. Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba. ?Regular, nomás?, respondió. ?Estoy deseando verte?, le dije. Con una voz extraña me contestó: ?No voy a volver nunca más?. La comunicación se cortó. Silvina me dijo: ?Estaba llorando?. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse". © LA GACETA

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